Un recuerdo de infancia: son los primeros años de la década del ochenta. Tengo siete, ocho o nueve años, da lo mismo. Son las cinco de la mañana de cualquier día de la semana y aunque estoy muy tranquilo en la cama (mi jornada escolar comienza al mediodía), hace rato que mis ojos andan abiertos, el agite de la casa me hizo un madrugador. Tengo al lado uno de mis juguetes favoritos de siempre, un pequeño radio en el que muevo la perilla de las emisoras de aquí para allá, tratando de zafarme de los chirridos de la máquina de moler que salen de la cocina, mi mamá está haciendo las arepas. Mi papá hace rato está afuera, limpiando su camión Ford 56, parqueado frente a la casa, preparándolo todo para el siguiente viaje. De pronto, su voz se suma a mi banda sonora. A través de la ventana lo oigo saludarse con don Roberto y con don Félix, dos amigos suyos, también conductores como él, pero dedicados solo a la zona urbana. Ellos son los primeros en llegar para oírle los detalles de sus últimas aventuras de carretera. Unos minutos después, los nudillos de la mano derecha de mi padre golpean el vidrio que está sobre la cabecera de mi cama, la señal que antecede la orden que me obligará a soltarme de la cobija y, peor aún, a convertirme en un torpe mesero: “Dígale a su mamá que vaya haciendo tintico pa todos”.

Así, a regañadientes y todavía a oscuras, traslado entonces desde la cocina hasta la acera de la casa, en medio de un andar lento y tembloroso, dos, cuatro, seis pocillos blancos decorados con una pequeña rosa en cada lado, rebosantes de ese humeante líquido negro que tantas veces me quemó las manos. Dulces quemones que alivio con mi lengua porque es café hecho en aguapanela. Primero llevo los tintos para don Félix, don Roberto y mi papá. Después, dos o tres más para los otros vecinos que se unen a la tempranera conversa: Martín, el sastre; don Gerardo, el relojero y Machete, el mariguanero más famoso del barrio, trasnochador eterno hasta que lo mataron, y quien solía recibírmelo de rodillas y santiguarse tras beber el primer sorbo.
Estas son las primeras imágenes que guardo de mi relación con el café, ¿cuáles son las suyas? Anímese a responder porque muy probablemente esta sea la pregunta que le hagan de entrada nuestros nuevos emprendedores cafeteros cuando asista a un recorrido pensado para promover los cafés de origen. Actividades coordinadas y atendidas casi siempre por personas muy jóvenes que nunca se cansan de preguntar por qué si Colombia es el país de los cafés suaves, siempre hemos tomado uno de baja calidad —de muy baja calidad—, y la mayoría de las veces, mal preparado o en presentaciones muy básicas.
Las formas de lucha de esta nueva generación cafetera son muy variadas: algunos montan el “típico café”, ese lugar que la RAE define como el establecimiento donde se vende y toma café y otras consumiciones, pero siempre apostándole a que no sea tan típico, a que tenga una atmósfera prefabricada, con una promesa que haga sentir a los clientes como integrantes de una especie de movimiento. Unos sitios donde se describen a través de sugerentes nombres las novedosas presentaciones de sus cafés, calientes y fríos, así como la gran variedad de cocteles y postres.
Pero estos lugares muchas veces son apenas la punta del iceberg de toda una estrategia de comunicaciones que puede incluir recorridos temáticos, conferencias en vivo o virtuales, catas de café asociadas a marcas locales, cursos, concursos, incursiones espontáneas o sistemáticas en forma de youtubers o influencers, publicaciones físicas o en las redes sociales donde se cuentan datos biográficos del campesino que produjo el café o la historia de vida de algún empleado del proyecto o la del cliente más fiel e, incluso, la de la mascota de cualquiera de ellos.
Todo, apuntándole, como todos solemos hacerlo con nuestros trabajos, a poder patrocinarse un estilo de vida, que en su caso adquiere ciertos aires de activismo al soportarse en tres grandes premisas: reivindicar con nombre propio y de manera justa el trabajo de los campesinos que ad portas de la hecatombe ambiental se atreven a producir café orgánico o sin químicos. Liberarnos de ese símbolo de la vida acelerada, el café instantáneo, patentado según Wikipedia en 1881 por el francés Alphonse Allaís y perfeccionado y popularizado en 1938 por Nestlé. Y, por último, conseguir que como habitantes de un país cafetero, (del país cafetero por excelencia, según los narradores de fútbol o de ciclismo, los de aquí y los de afuera) nos familiaricemos, por fin y de una buena vez, con la variada oferta de sabores y recetas que puede protagonizar este famoso grano. En su jerga la palabra tinto es un anacronismo, lo suyo es el americano o el expreso, tampoco dicen café con leche sino latte.