Número 128 // Abril 2022

Comida rápida

Por FELIPE CARRILLO
Ilustración de Titania

Sabía que era él antes de que llegara porque tronaba la tierra y el cielo sin nubes se llenaba de un masato de polvo que se me metía hasta la voz y no me daban ganas siquiera de decir ahí viene. Allá fue así siempre. Para llegar había que rodear la carretera porque no existía, pero el intento de carretera sí estaba ahí, abierto, con ese olor de orín que lo calaba todo y que destapaba el patrón en la carevaca.

Al patrón no le gustaba explicar las cosas. Cuando se bajaba de la camioneta apenas abría la parte de atrás y salía caminando hacia la casa como malencarado, levantando el serrín como si él fuera la carevaca. Venía cargado de tablas que no debían servir para nada, pero yo las iba sacando de a montoncitos, sudando y jadeando un poco mientras él se sentaba a mirarme desde la casa grande mientras gritaba cosas que yo ya estaba acostumbrado a no entender. Algo es algo pior es nada, pensaba yo.

Seguido, traía cada vez más tablas y a veces tejas y a veces alambres y a veces recipientes de plástico. Me decía que eran para marranos, y que los usara para levantar un entable. No me decía nada más y yo tenía que hacer lo que podía como podía porque ya antes el patrón me había amenazado por responder. Cuando Pedro, mi hijo, todavía vivía con nosotros, una vez tuvo un marrano chiquitico y de ahí aprendí cosas sobre ellos. Pedro llegó con Pomba que porque un hijo de los dueños de otra finca se había ido y no se lo podía quedar.

Al principio, zopenco, repasé que el patrón podía querer una cría de pombitas quién sabe con qué intención. Al marrano no lo deberían capar dos veces, me digo ahora para mí. Pomba era amigable, siempre que lo llamaba me perseguía como jadeando y roncando. Tenía la piel lanuda y tibia y a veces me quedaba dormido al lado de él, pero Pomba corría o soñaba que corría también durmiendo, y me despertaba de esos sueños de cuatro cobijas pesadas en los que me enterraba tempranito cuando apenas se escondía el sol. Pero Pedro decía que yo roncaba más que Pomba, que él era un minicerdo pero yo era un jabalí. A los bobos se nos aparece la Virgen, supongo.

Construir un corral con apenas lo que trajo el patrón no fue fácil. No había tablas suficientes para cerrar un pedazo, no había ni un pisquín o un yarumo siquiera para que les diera algo de sombra en los pocos sitios en los que se podía construir. Los plásticos no eran suficientes para encausar la lluvia y las tablas no eran suficientes para separar la comida. No había tubos bastantes para traer nada desde la casa mayor, y no había dónde echar el agua que yo podía acarrear. Ya tampoco estaba Pedro, y hasta Pomba había desaparecido.

Sobre qué hacer con los marranos cuando viniese el patrón algo me dijeron en el pueblo. Yo hice lo que a bien pude con lo que me dieron. Hice una marranera hecha de rocas de diferentes tamaños para que hicieran las veces de pared, las tablas que no se rompieron y hasta las rotas las puse en las partes altas de los bordes para que quedara algún resquicio de aire entre las piedras y el techo, el techo lo hice de cartones y bolsas de plástico y puse unas piedras encima para que el viento o la lluvia no se las llevaran. Adentro me cupieron solo dos separaciones, una para que entraran a comer y otra para que no estuvieran comiendo. Puse dos recipientes plásticos que se debían llenar cuando lloviera. Y eso fue. Con todo y lo difícil yo creo que podían caber al menos diez chanchos grandes, al menos veinte pombas jamonudos.

Fue ahí que acomodé los primeros gorrinos con los lechones y la marrana, fueron los nombres que me dijeron en el pueblo para darles según su tamaño. Diez en total, precisos. Los puercos crecen rápido y son blandos y limpios, sí, como pombas en crecimiento. Es que del cerdo hasta el rabo es bueno. De todos modos exigen muchos cuidados, y chillan sin mañana. El agua hay que cambiárselas varias veces al día aunque haya aguacero, la comida hay que repartírselas en dos tandas, a la madrugada y a la tarde, en espacios separados. Luego toca ir a limpiarles la corralera, sacarles las piedras, las mierdas, lo que haya.

En los primeros meses hubo mucha labor pero uno se acostumbra, los gorrinos se volvieron lechones y los lechones se volvieron porcinos y marranas. Yo les miraba los ojos y me parecían felices. El corral no era el mejor pero como pude lo fui ampliando.

Los cebones sonríen cuando lo miran a uno, yo a todos les decía pombas, para no enmarañarme, eran sus nombres de ellos y mientras pude intenté darles una comida de maíces y restos de las carnicerías en vez de la basura que venía en los costales.

Seguí ampliando el corral e intenté hacer otros como pude pero el patrón con su olor de leche rancia traía más animales que material. La primera camada también creció y de ahí salieron algunos verracos y otras marranas. Al primer verraco lo elegí por musculoso y por estar limpio de enfermedades, era un guarro al que se le veía fuerza además de en los jamones en los ojos, sin rasgaduras en las patas, activo pero no violento, un tocino cabal. Y todo eso lo aprendí en el pueblo, donde los berracos son otros, blanditos, borrachos y violentos. Se la pasan en celo y varias veces al día van a reclamar servicios, y como ya los conocen, las hembras los ven venir y se les ocultan; pero si no encuentran con quién, van y se meten con sus propias hijas, con sus hermanas, con sus nietas, y así pagan justos por pecadores. A los cochinos no se les puede dejar hacer eso, fue lo que me dijeron, porque luego se les deforma la salud entera y ya después no se curan nunca, y toca sacrificarlos.

A las marranas les aumenta el celo cuando hay un verraco cerca, y después de los ocho o nueves meses aguantan uno o dos servicios cada doce horas. Luego les salen unas camaditas de entre diez y doce crías a las que hay que tatuarles en la oreja izquierda el número de la camada, y en la derecha el número de lechón. Más o menos al mes se desteta y ya de ahí a seis meses están listos para vender.

Yo sí intenté hacer más corrales pero no di abasto, eso ya será cuando los cerdos vuelen, con el tiempo no eran solo las camadas que daban las marranas de acá sino las que traía el patrón, cada vez en peor estado, tocinos de cuerpos gordos y patas pequeñas, con unas deformidades que parecían como si otros cerdos les salieran en bultos debajo de la garganta, en el tronco, en cualquier parte, animales que ya solo parecían bolas de carne chillando, y sí que chillaban, hasta con los ojos, con las heridas cubiertas de una mancha blanquecina y verde y olorosa, como pudriéndose de yo no sé qué.

Luego era la comida. ¿Cómo iba a alimentar yo a esta tracalamanada de animales? Al patrón no le importaba. Al principio, porque los chanchos son competidores, los grandes se comían la comida de los chicos. Pero ya después el patrón mismo iba y les llevaba cosas de comer que no sé qué eran pero olían peor que la cochambre. Yo digo que no sé qué eran, pues ni maíces ni residuos de comida de otro lugar, ni desperdicios de otros animales, eran unas como bascosidades agriadas, tripas de algo, migajas de algo que ni de humano ni de cochino, que tanto se parecen. Cuando se iba el patrón esos animales se yantaban también entre ellos mismos, si veían a uno enfermo lo empezaban a morder hasta que se lo atoraban todo, sin importarles si sabía a gargajo nervudo o a embutido. En el pueblo decían que lo que el patrón les daba eran dizque vitaminas para hacerlos crecer, y luego esos animales no tenían tampoco agua, cada vez más secos y belicosos, no había forma de limpiarlos, de nada, eran bultos de carne achacosa con bultos de inmundicias apiladas.

No eches vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen, es lo que dice la Biblia. Ya el veterinario me había dicho que tal vez yo estaba enfermo de una palabra rara, y yo no le iba a parar bolas a eso hasta que las protuberancias empezaron a incomodarme también. Después de las protuberancias la carne se me empezó a reventar, la piel entera se me volvió masato y ya no sabía yo ni siquiera de dónde me salía ese olor pútrido que hacía alejar a la gente que se me acercaba dizque por oliscar como las marranas. Luego yo quise seguir trabajando pero también en mis ojos me estorbaban la vista esos huevos envenenados que me iban saliendo, y además de la cabeza me dolía el cuerpo y no era capaz de mantener el equilibrio ni siquiera era capaz de irme de ahí. Es que ya no sé si yo mismo me fui o fue que me llevaron pero un día amanecí lejos de la finca y había pasado más de una semana y me dijeron que había estado agitándome el cuerpo y como nauseando heces con sangre.

Pero volví luego. Supe que el patrón estaba dentro porque antes de llegar le vi la burbuja por la que había cambiado la carevaca. Luego me puse a ver sin hacer ruido si lo atisbaba pero solo se escuchaban los cerdos chillándose con ese mismo berrido agónico que antes me parecía contento. Qué me iba a escuchar nadie. Como no lo vi en la casa grande fui a las cochineras, y yo no sé qué pestilencia de huevo negro fermentándose se me metió detrás del cráneo desde antes de llegar pero me fui decidido allá con la escopeta que no fue necesaria porque la pudrición solita me desarmó.

Entendí que era el patrón porque esa era su ropa, pero la cara ya la tenía irreconocible, se le habían comido hasta el pelo o ya no se le veía nada en esa purulencia que era todavía él y que los pombitas se seguían zampando. Al caído caerle, fue lo que pensé, pero no hice nada.

Sí, fui yo el que les abrió la puerta a esos animales posesos; pero cuando llegué el patrón ya estaba muerto y los cochinos encerrados, usted me tiene que creer.

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