Rojas, verdes y amarillas
por OSCAR IVÁN MONTOYA LOAIZA • Fotografías Archivo LOS NIÑOS FILMS
Número 148 Marzo de 2026
Pepos es una película visionaria por sus procedimientos cinematográficos, precursora en su modelo de producción, única en su insólita mezcla de documental y ficción. Fue estrenada en 1984 en el Festival de Cine de Cartagena, para luego desaparecer durante casi cuarenta años, sin apenas dejar rastro. Es una película legendaria en la medida en que muy poca gente la conoce. Pepos es el retrato en colores estridentes de una generación aturdida y confusa, en perpetua huida de sus familias, de sus colegios, de sus improbables trabajos. Una especie de tribu urbana que tenía entre sus actividades favoritas consumir toda clase de sustancias estimulantes, entre las que privilegiaba las drogas psiquiátricas utilizadas con fines recreativos: mandrax, Nembutal, diazepam, Rubinol, mefedrona, benzodiazepina, metacualona, paroxetina, muchas veces en salvaje mixtura con alcohol, cocaína y marihuana, que derivaban en reacciones impredecibles, entre las que eran muy comunes los viajes sin regreso.
Su director Jorge Aldana, un cineasta en cierto modo anarquista, se inspiró en estos jóvenes empepados para realizar su película: “La hicimos porque ningún cineasta les había puesto atención a los jóvenes roqueros que deambulaban por la ciudad. Y decidimos partir de la historia de una amiga. En esa época hubo mucha gente loca que se quedaba en viajes y en cosas muy fuertes. Mi amiga acabó en una clínica psiquiátrica. Ella nos dio el impulso inicial. Fue la musa de la película”.
Pero más allá de un largo catálogo de pastillas, de malos viajes, o de comportamientos desquiciados, Pepos es importante en la historia de nuestro cine porque es una película reivindicativa de un estilo de vida, por más desastroso que parezca, que rehuyó la estética miserabilista de la época, para inaugurar un camino cinematográfico que en su momento ningún director supo seguir.
Lo único seguro es arriesgarse
A comienzos de los años ochenta, el panorama del cine colombiano era dominado por la comedia costumbrista, las adaptaciones literarias o el cine de denuncia social, y un poco en los márgenes, el cine de género aupado por el Grupo de Cali, y los documentales de Marta Rodríguez y Jorge Silva. Ya desde los años setenta, la juventud al garete, los bajos fondos y la exclusión social eran tópicos en los que había puesto su foco el cine colombiano, pero casi siempre para sacar partido económico a partir de la nefasta ley del sobreprecio, o como medio de denuncia contra el establecimiento político; pero, aparte de Agarrando pueblo (1977), la película de Luis Ospina y Carlos Mayolo, ningún cineasta colombiano había posado su mirada sobre los marginales con tanto humor, con tanta vitalidad, con tanta rebeldía como lo hizo Jorge Aldana, hasta el punto que un crítico describió a Pepos, por su espíritu anticonvencional, como una alcantarilla abierta en la carretera pavimentada del cine colombiano.
Según su productor y director de fotografía, el veterano cineasta Erwin Goggel, Pepos no tuvo presupuesto, prescindió de equipo de arte, sus actores fueron reclutados entre los pepisos que pululaban en las calles del barrio La Perseverancia y algunos amigos del medio artístico, no participó por voluntad propia en las convocatorias del antiguo Focine (Compañía del Fomento Cinematográfico) y entre sus objetivos nunca se propuso llegar a las salas comerciales: “Con el tiempo yo me he acostumbrado a mirar Pepos como una travesura juvenil, como una de esas pilatunas a las que se ve uno arrastrado sin saber muy bien cómo. Cuando conocí a Jorge, yo tenía una productora, Mugre al ojo, que entre su inventario tenía una Canon de Super 8 milímetros, y una Arriflex SR de 16 milímetros, y para el sonido, una grabadora Nagra IS y un micrófono Sennheiser 815. Esa fue la inversión de Mugre al ojo, y la plata que se puso en efectivo fue para el revelado y para inflar el material de Super 8 a 16 milímetros. No había para más”.
Estos dispositivos tecnológicos fueron los que permitieron, en parte, que el rodaje de Pepos llegara a buen fin. De acuerdo con Erwin Goggel, la Arriflex es un viejo armatoste comparada con cualquier artefacto contemporáneo, aunque, en su momento, era lo mejor que tenían a la mano, comenzando porque era liviana, casi una cámara de reportería, lo que permitía mucho movimiento, era poco ruidosa, compacta y posibilitaba las tomas al hombro, tan importantes en la segunda parte de la película, y que marcaron unos de los principales aportes estéticos de Pepos.
Me persigue la policía
Pepos está dividida en dos partes. La primera se desarrolla de día, con un par de escenas nocturnas, carece de diálogos, y a la manera de las películas antiguas, tiene unos intertítulos que van marcando la pauta de las andanzas de Viejo Loco y Guillo, un par de pepos de barrio, que no solo meten pepas, sino que jibarean y fuman marihuana, y entre baretos y pepas desvarían, en unas secuencias oníricas muy bien logradas con Simón Bolívar o con Carlos Marx buscando la traba en los callejones del barrio, o con los dos protagonistas como un par de angelitos en plena fuma, muy en el estilo iconoclasta de Luis Buñuel en La edad de oro y Viridiana. Todo esto acompañado por una poderosa banda sonora, uno de los aspectos más memorables de Pepos, que incluye varios temas de The Rolling Stones, Jethro Tull, Jimi Hendrix, The Police y Bob Dylan. Mención aparte merece The Clash con su legendario Police on my back, que le da el tono beligerante a la película, en un momento histórico en el que para la policía era mucho más fácil reprimir a cualquier consumidor callejero, que realmente perseguir a los grandes negociantes de droga. Las “fuerzas del orden”, falsas o reales, están muy presentes en Pepos, ya sea patrullando en las calles del barrio, repartiendo bolillo en medio de las requisas o reclutando jóvenes como carne de cañón.
La banda sonora se complementa con una versión de Very very well, el pegajoso tema de Carlos Román y La Sonora, y un blues original compuesto por Alexis Restrepo y Jaime Ruedas, el apellido no es una broma, que dice más o menos así: “Meto perico porque me parece rico / Hoy me chuteo, aunque te parezca muy feo / Meto pepas, aunque mi madre me diga que no / Fumo marihuana cuando me da la gana”.
Esta cualidad contestataria la reivindica Felipe Aljure, director de películas como La gente de la Universal (1993) y El colombian dream (2006), su segunda película, que es un alegato desde el arte por el consumo, aspecto que la hermana con Pepos: “Me parece que la mirada satanizante y policiva frente al consumo de drogas en Pepos tiene una mirada claramente más social, más humana. Más en una actitud de comprender que de juzgar. Y siendo este país, como lo hemos sido, productores y consumidores, me parece que es un comentario muy válido, en medio de esa guerra absurda contra las drogas”.
La segunda parte se desarrolla de noche, sobre todo en el centro de Bogotá, introduce otra fauna citadina, tiene sonido directo, aunque no diálogos propiamente dichos, sino una especie de voz en off que va acompañando la deriva de los dos personajes, otro par de adictos a las pepas en pleno viaje al fondo de la noche, que incluye un concierto de rock de la banda Ship y una memorable escena en un comedero popular, que puede ser considerada el momento más logrado y sustancial de la película. En pleno descontrol, después de salir del concierto, los peperos llegan al comedero y se cruzan con un travesti, interpretado por el cineasta Rodrigo Triana, con el que se enzarzan en una pelea, mientras se sigue escuchando la voz en off de uno de los personajes, montada encima de los diálogos casi inaudibles de los comensales, todo esto filmado en plano secuencia, con una cámara al hombro llena de energía, que no teme a los barridos, a los desenfoques, a los desencuadres, que explora con atrevimiento y sutileza el ambiente barriobajero, y que nos transmite la imagen de una Bogotá alucinada y caótica.
Sergio Wolf, cineasta argentino, durante algunos años director artístico del Bafici (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente), llevó a Pepos al festival en 2008, en una sección llamada Malditos Latinos, y destacaba por encima de la reivindicación del estilo de vida marginal, o el retrato agridulce de una generación, sus evidentes valores cinematográficos: “Me parece una película bastante, no sé si decir profética, pero sí que plantea cuestiones cinematográficas sobre el realismo, sobre la filmación en escenarios naturales, sobre los no actores, incluso sobre el descubrimiento de una dramaturgia entre lo documental y la ficción, que el cine latinoamericano encontró bastante después; yo diría que a partir de las primeras décadas del siglo XXI”.
Por supuesto que Pepos no es una obra maestra, y carece de cualquier tipo de glamur, tiene muchos defectos en su hechura, comenzando por los saltos de continuidad, o la falta de sincronización del sonido, o la iluminación que no existe en algunas secuencias, o que está perversamente utilizada en otras. Le faltó financiación, dirección de arte, luminotécnicos, dinero para costear una buena posproducción, pero le sobró instinto de sobreviviente para no perecer en la larga travesía del desierto que duró cuarenta años.
Su invisibilidad moldeó su mito
El primer inconveniente que tuvo Pepos para llegar a salas comerciales fueron los derechos de autor que pesaban sobre la exquisita banda sonora de la película que, sin ningún tipo de dudas, es uno de sus aspectos más destacables. Pagar los derechos de una sola de estas canciones estaba fuera de los alcances de la película, por lo que su exhibición se redujo a los escasos festivales locales de la época, alguna muestra especial, o un programa cinematográfico organizado por conocedores de la película, siempre con Jorge Aldana con los rollos de Pepos bajo el brazo, y comenzando el nuevo siglo, con una única copia digitalizada en un DVD.
Pepos, por su contenido underground, por su espíritu blasfemo, por su burla al establecimiento, y un poco por la voluntad de sus propios artífices, fue borrada del mapa. Durante muchos años se habló de Pepos como de una película maldita, de la que se afirmó que estaba protagonizada por actores a los que había que esperar cuatro o cinco horas a que se les pasara el viaje, y se decía, además, que su director Jorge Aldana no pudo ir a recoger el Catalina de Oro que ganó en Cartagena, porque para la fecha estaba recluido en una prisión en una ciudad del interior. Nunca nadie lo certificó. Nunca nadie lo desmintió. Fueron capas que se fueron sumando al aura mística de Pepos. No se encontraban copias en las videotecas, ni en los archivos de los coleccionistas, ni en los catálogos de los proveedores piratas.
No obstante, la película revivía de manera intermitente en una proyección velada, en un artículo en alguna revista especializada, en la declaración de algún crítico que la consideraba la “joya oculta del cine colombiano”, “la película con la mejor banda sonora del cine nacional”, o hasta algunos la catalogaban como “la mejor película del cine colombiano”. Entre el mito y la realidad, la película fue saliendo de las catacumbas, recomendada por los escasos espectadores que habían tenido la oportunidad de verla, y que recalcaban, más allá de su rareza o malditismo, una manera novedosa de producir los proyectos, una forma creativa de capturar los bajos fondos, un modo desparpajado de retratar una generación, como lo destacaba el crítico Pedro Adrián Zuluaga: “Este mundo marginal luce soberano, autosuficiente y ajeno a cualquier discurso de culpabilidad moral, explicación sociológica, mediación cinéfila o reclamo de redención”.
Las cicatrices del sobreviviente
Al mismo tiempo que la película cobraba un poco de visibilidad, el ecosistema audiovisual colombiano comenzó a interesarse por el tema de la restauración, un asunto que había estado un poco de lado, sobre todo por la escasez de tecnología, y por unos costos prohibitivos para proyectos de escaso músculo financiero como Pepos. Ante la restauración de trabajos como Rodrigo D (1990), de Víctor Gaviria; Nuestra película (1992), de Luis Ospina; y La gente de la Universal (1993), de Felipe Aljure, y de la importancia cada vez más manifiesta de conservar en buen estado los archivos audiovisuales, algunos fondos cinematográficos comenzaron a destinar recursos para proyectos de restauración, y entre ellos resultó ganador Pepos.
La película fue sometida a un proceso de restauración de imagen, sonido y color, y fue una tarea emprendida por los Niños Films, una productora de jóvenes cineastas que, entre sus servicios, ofrece el de restauración. Lo primero que hicieron fue buscar los negativos, ya que es la materia prima de la que se puede hacer el mejor trabajo de restauración, pero lamentablemente esos negativos se perdieron. Sucedía que muchas películas colombianas se mandaban a revelar a laboratorios en Estados Unidos, y a finales de los ochenta, cuando empezaron a quebrar, todos esos negativos quedaron huérfanos, muchos se vendieron a bibliotecas, pero a muchos otros se les perdió el rastro. Ante la imposibilidad de dar con el negativo, se apoyaron en dos positivos —copia que se utiliza para proyectar— en 16 milímetros con sonido óptico, que guardaba Jorge Aldana en un clóset, y fue a partir de la menos usada que se realizó la nueva copia digital en 2K, entre 2023 y 2024.
Algo para destacar de este proceso fue que se conservaron muchas de las magulladuras y heridas que había dejado el paso del tiempo en el celuloide, muy acorde con su espíritu punkero. Así lo explica César Jaimes, director de películas como Lapü (2019) y Carropasajero (2025), y que ejerció como productor de restauración en Pepos: “Hay incluso casos en los que el director rectifica cosas que quería corregir de la película original, y se limpian todos los rayones, o se quitan todas las manchas, o si hay algún pequeño salto en fotogramas se corrige también, nosotros, por el contrario, tomamos la decisión junto con Jorge de que se sintiera que la película también estaba rayada y sucia, de algún modo conservar las cicatrices del sobreviviente; entonces eso fue como una virtud muy importante de no querer meter al quirófano a esta película y que saliera ‘perfecta’, como si no hubiera pasado nada”.
Nuevos adictos
Producto de esta copia restaurada, la película se ha podido exhibir con más regularidad, llegando a nuevos públicos, en especial a través de los festivales, que han sido la piedra angular para mantener viva la llama de este film de culto. El Festival de Cartagena, el Midbo (Muestra Internacional de Bogotá), el Festival Mamut, y hasta El perro que ladra, el más importante festival de cine colombiano en Francia, tuvieron a Pepos en su programación de 2024.
Nadie escapó ileso de los años ochenta. Ni los más poderosos, ni los más rebeldes, ni los más rayados. Todos salieron maltrechos, zamarreados, o totalmente chamuscados. Los pepos, tal como los conocimos, se extinguieron a finales de la década, desbordados por drogas más corrosivas como el basuco, internados en manicomios, ocupando un lote en el cementerio, o rehabilitados como buenos ciudadanos, reconvertidos en policías. Para nuestra tranquilidad, la película perduró para dar cuenta de una época sangrienta, pero también fabulosa para el que la supo disfrutar a fondo. Parafraseando a uno de los pepos de la película, se podría afirmar que “si puedes recordar los ochenta, es que no los viviste de verdad”.
Etiquetas: cine colombiano , drogas , Edición 148 , Jorge E. Aldana , Óscar Iván Montoya Loaiza , Pepos , productora Niños Films
¡Comparte esta historia!


