Desmadre
Camilo Jiménez Estrada
—
En esta novela de formación –que se mueve siempre en un incierto equilibrio entre la fantasía y el testimonio– asistimos al progresivo hundimiento de un joven que, desde el final de la niñez y el principio de la pubertad, percibe su ciudad como un lugar hostil, enemigo de su timidez y cruel con su inseguridad. El adolescente incómodo, incapaz de manifestar abiertamente la felicidad de sus amores o la tristeza de sus pérdidas, se refugia en el alcohol, las drogas, “la pelea y el bochinche”, como una forma de no arrinconarse en la soledad y el silencio. Al lado de estas salidas químicas y violentas, encuentra otros abrigos que se disputan una existencia dividida: la lectura, la música, la amistad y el auxilio inquebrantable de una hermana. En este libro sincero, al mismo tiempo duro y tierno, el narrador hace un retrato de la Medellín de los últimos tres decenios del siglo pasado, mientras busca y, a lo mejor, encuentra un espacio en el que la vida no lo lleve al abismo definitivo al que parece destinado.
Me despierto en una cama extraña. A mi lado, una mujer que se parece a Sonia Braga. Quién sabe de qué burdel, de qué fiesta me habrá recogido. Yo me quedo con las dudas y me voy sin hacer ruido. Bultos sin forma humana roncan tirados en los muebles y el piso de una sala decorada sin esmero. Mi cabeza estalla. Tomo agua de la llave, mucha; miro por la ventana y no reconozco las casas, ni entiendo muy bien los sonidos. Es un barrio popular, eso sí es claro por la música que sale de varios parlantes, por la callecita que alcanzo a ver a través de una ventana recortada en la cocina, por la casa misma en la que me encuentro, pequeña y con algunas partes en obra negra. Reviso mis bolsillos y no tengo un maldito peso. Yo, que siempre encaleto unos billeticos que me han salvado más de una vez del sacrificio de caminar durante horas enguayabado, o me dieron una cerveza más, un cigarrillo inesperado cuando más lo necesité.
Salgo a la calle y veo el movimiento normal de un barrio, gente barriendo la entrada de su casa, un vendedor que grita o canta o las dos al mismo tiempo, chandosos paticorticos corriendo y ladrando, niños jugando fútbol unas casas más arriba. Volteo en la esquina y se despeja la vista, el centro de Medellín está allá abajo. Estoy en La Toma, El Salvador o algún otro barrio arriba del centro de la ciudad.
Dos o tres cuadras más allá veo una especie de calle principal, es más ancha, pasan más carros, incluso buses. Necesito llegar al centro y ahí ver qué hacer para llegar a la casa o para seguir la fiesta, lo que se atraviese. Va a estar dura la caminada con el sol de la mañana, el guayabo, la bulla, el movimiento, pero no hay nada qué hacer. Voy bajando por la vía que parece principal y noto que estoy en La Milagrosa por los buses que vienen bajando. Le hago señas a varios para que me dejen montar por la puerta de atrás y ninguno acepta. Sigo bajando por la acera más o menos amplia de esa vía que va de los barrios al centro. Hay movimiento en la calle, los barrios populares son casi siempre bullosos. Un bus se detiene a recoger a unas señoras con paquetes y el conductor acepta con una seña que me suba por la puerta de atrás. Le agradezco en voz alta la gentileza y me siento en la última banca, la de atrás. Hay pocos pasajeros: una señora y una niña de diez años están en una banca adelante; dos sillas detrás de ellas va un señor pasados los sesenta con un traje café muy gastado; están las dos señoras que se montaron conmigo y que llevan unos bultos como de ropa o telas. Miro por la ventana, el viento en la cara me sienta bien. Suena un triste vallenato del Binomio de Oro: “Quiéééén fuiste tú para mí…”. Me llegan imágenes de la noche anterior, está fresco el aire de la mañana, me despejo un poco. Y mi buena suerte no termina aquí, en este momento sereno: entre el mugre del piso, tres puestos delante del mío alcanzo a ver algo que ¿será? No puede ser. Me acerco. ¿En serio? Me acerco más y sí, midiós protege a sus borrachitos como dicen mis tías: hay un billete de cinco mil pesos arrugado debajo de una de las bancas de la parte de atrás del bus. Es una clara señal de la magnanimidad del universo, así que me bajo en el centro, me como una empanada y una Coca-Cola y camino un rato. Voy recuperando el tono poco a poco; quizá no deba irme para la casa todavía, ¿por qué no me tomo una cervecita? Me voy acercando al Guanábano, un bar que abrió hace un par de años, los dueños son amigos de Rodri desde hace mucho tiempo y fui con él, Mauricio y otros amigos un par de veces. Tiene una barra amplia y cómoda, buena música, tragos a precio amigo: es todo lo que preciso en esta tarde de sábado enguayabada y sedienta. El Guanábano es una especie de garaje doble que se extiende desde la carrera Girardot unos cuarenta o cincuenta metros hacia el fondo. Tiene una docena de mesas, la barra atrás a la derecha y, al fondo, una pequeña cocina, un depósito, dos baños y un mezzanine. Desde la puerta miro hacia adentro y no hay nadie en las mesas, solo en la barra está una de las socias, Gloria Uribe, La Mona o Minnie, como le dicen los más amigos. La he visto el par de veces que he estado en el bar; tiene fama de ruda, casi siempre está mal encarada, dicen que mantiene un bate debajo de la barra y lo usa a la menor provocación. A mí no me consta, y yo desde esos años he actuado no por lo que oigo, sino por lo que sé o creo saber. Para mí esas historias son parte del mito que hace más simpático el lugar. Entro.
Me siento en la barra. Nos saludamos sin sonreír, ella limpia un vaso, yo le pido una cerveza. Suena quizás… ¿BB King? ¿O habré fabricado en la imaginación de la memoria este momento perfecto? La tarde fresca, el bar a media luz, la música de blues cansada, la cerveza helada que baja por la garganta y alivia todos los males del cuerpo. Bajo la mirada hacia la barra, que es un gran tablón, y veo que una pequeña cucaracha sale de una de las grietas de la madera. El bichito camina frenético buscando un refugio, duda, rehace el camino, vuelve y arranca y, al final, después de su carrera loca de doce segundos, se mete en otra ranura. Yo levanto la vista al mismo tiempo que Gloria, que también vio toda la escena, y nos miramos sin decir nada un par de segundos.
—Me gusta este bar —digo y le doy un trago a la cerveza. Nos reímos. Y nos hacemos amigos desde ese momento hasta el día de hoy.



