Mono Trejos: el hombre de las mil fugas

por SERGIO MESA CÁRDENAS • Archivos de prensa

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

Néstor Trejos Marín tras las rejas. Revista Vea N° 4, 10 de noviembre de 1971.

En el segundo semestre de 2022 me propuse averiguar quién había sido el Mono Trejos. Lo primero que hice, como lo haría cualquier persona, fue digitar su alias en Google. Encontré cuatro resultados: una columna de Pascual Gaviria en el periódico El Espectador; una nota de El Colombiano sobre una fuga de 1972 —con el Cura—, una mención en un artículo del editor judicial Jorge Cardona en la revista Vice, y otra mención en un perfil de Ramón Cachaco, escrito por Juan Fernando Ramírez, en el periódico Universo Centro. Nada más. El hombre que durante casi dos décadas fue la figura más temida del hampa colombiana —cofundador de la banda de atracadores de bancos más recordada del país, “el hombre de las mil fugas”— cabía, medio siglo después, en cuatro notas.

Luego encontré su mención como el Mono Riascos en la novela El mundo de afuera, de Jorge Franco; en el libro del holandés Gerard Martin: Medellín, tragedia y resurrección: mafias, ciudad y Estado (1975-2013), donde menciona a Pablo Escobar Gaviria, de 21 años, como presunto cómplice del Mono Trejos y el Pote Zapata en el secuestro de Diego Echavarría Misas, por el hecho de Escobar haber usado años más tarde el alias de doctor Echavarría; y en el libro Guerras recicladas, de María Teresa Ronderos, donde le adjudican un millonario robo y una alianza con un criminal que sería de los fundadores del paramilitarismo. Estaba borrado.

Este libro nació de esa desproporción entre lo que el Mono Trejos fue y lo poco que quedaba de él. Ya lo había escrito Pascual Gaviria, casi como un epitafio: “El Mono Trejos es aire, tinta de expedientes, desmemoria de bandidos, fábula de túneles con cuchara”. Devolverle un cuerpo a ese aire me tomó cuatro años, entre 2022 y 2026, y se pareció más a una operación detectivesca que a un trabajo de escritorio.

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El hallazgo más generoso fue el archivo digital de El Tiempo —completo en Google News hasta 2007—, que me dejó navegar el mar de la crónica roja de los años cincuenta, sesenta y setenta y armar el rompecabezas de La Pesada: sus cabecillas, sus golpes, sus fugas, sus muertos. A él fui sumando otros. El radio-periódico Clarín de Medellín —“que dice lo que otros callan”—, conservado en el Archivo Histórico de Medellín. Los diarios El Colombiano, de Medellín, y El Espectador, cuyo enviado a Cartagena, Luis de Castro, hizo el cubrimiento más completo del “robo del siglo”. Y, en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, las colecciones de las revistas Vea y Cromos, encuadernadas en cuero, entre cuyas páginas de tinta roja y negra apareció un día el reportaje de tres páginas que fijaría para siempre la imagen del personaje: la entrevista que le hicieron en 1971. Hasta una radionovela lo había dramatizado —La ley contra el hampa, de Todelar—, cuyo episodio “La Pesada contra la mafia” pude escuchar gracias al archivo de Señal Memoria.

El Tiempo, jueves 1° de marzo de 1973, pág. 3-A.

Dos documentos que encontré fueron decisivos. Uno, la autobiografía de Darío Vásquez Alzate, el Alacrán —“El escape de Araracuara”—, que me dio el año fundacional de la banda: 1952. El otro, el expediente penal de su última captura, que conseguí a través de un periodista experto en archivos judiciales y que, con su ficha decadactilar, cerró la única duda que de verdad me importaba resolver: que aquel anciano detenido en El Dorado en 2014 era, sin ninguna duda, el mismo hombre. El último dato lo obtuve en enero de 2026, en la Registraduría de Copacabana: la fecha de su muerte, en Fusagasugá, en noviembre de 2021.

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“Señor Trejos Marín, queda usted detenido”, imagino yo que le dijo el agente de la Policía Aeroportuaria al hombre que durante más de medio siglo fue conocido en el mundo del hampa como el Mono Trejos.

Eran las 18:50 del domingo 30 de marzo de 2014. En el muelle internacional del aeropuerto El Dorado, en Bogotá, un adulto mayor a punto de cumplir 82 años hacía la fila de Migración Colombia con la naturalidad de un abuelo que viaja solo a Europa. El tiquete decía Tel Aviv, Israel, con escala en Fráncfort, Alemania. La maleta —de lona negra, marca Mario Hernández— iba a nombre de Néstor Trejos Marín, su verdadero nombre, el mismo que durante décadas había quedado sepultado bajo los pasaportes y las identidades falsas: Guillermo Uribe Gómez, Saúl Pollak Fontanes, Ernesto Trejos Marín, Guillermo Trejos.

Nadie en aquella fila podía sospechar quién era. El patrullero Ramírez —nombre protegido—, acompañado de su perro antinarcóticos, perfiló el equipaje: dos pares de zapatos con cuatro plantillas, un bolso negro marca Ahmik y tres portafolios marca Sense presentaban “un peso excesivo”. Lo requirió para una placa abdominal de rayos X, que el anciano autorizó sin alarmarse ni mostrarse inseguro, porque sabía que saldría negativa. No llevaba nada en el cuerpo.

La droga estaba en la maleta. A las 20:55, en la inspección, apareció el doble fondo: una sustancia pulverulenta de color y olor característicos, repartida entre los zapatos, las plantillas, el bolso y los tres portafolios, con un peso bruto de aproximadamente 14 655 gramos. Casi cinco kilos de cocaína. A las 21:00 quedó formalizada la detención de Néstor Trejos Marín, cédula 1201908, por fabricación, tráfico o porte de estupefacientes. Cuando le preguntaron a quién avisar, dio el nombre de su hermana, Beatriz, y un número de celular —al que llamé once años después, en diciembre de 2025, y estaba desactivado—.

Al día siguiente, ante el Juzgado 39 Penal Municipal con Funciones de Control de Garantías-URI Engativá, un juez le hizo la pregunta de rigor. Ante la evidencia hallada en flagrancia, la respuesta esperada era otra. El imputado se declaró inocente. “No se le escucha”, dijo el juez. Y Trejos Marín repitió: “¡Inocente, su señoría!”.

La escena del aeropuerto era el final. Esta investigación cuenta cómo llegó hasta allí: cómo un niño de una vereda de Caldas se convirtió en el ladrón de bancos más famoso de Colombia, cómo su fama sirvió de escudo a toda una generación de hampones y cómo, al cabo de 77 años de vida delictiva, terminó siendo un anciano anónimo que hacía fila por un plato de comida. Para entenderlo hay que volver al principio: 1932.

Ficha decadactilar del Mono Trejos. Archivo Fiscalía General de la Nación.

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Néstor Trejos Marín nació el 15 de mayo de 1932 en la vereda La Floresta, del municipio de Chinchiná, en el departamento de Caldas. Fue hijo de Carlos Trejos y Carmen Marín. Aunque nació en Chinchiná, fue registrado en Manizales, un detalle menor que con los años alimentaría uno de los muchos equívocos sobre su origen.

Porque con el Mono Trejos casi todo terminó envuelto en mito. Hay quienes lo hacen nacer en Medellín, lo que no es cierto. El dato verdadero —La Floresta, Chinchiná— aparece, casi al descuido, en una nota de la revista Vea sobre una de sus fugas, la del 7 de diciembre de 1972. Reconstruir su vida ha exigido separar, una y otra vez, lo apócrifo de lo comprobable: cruzar los archivos de El Colombiano, El Tiempo, las revistas Vea y Cromos y el radio-periódico Clarín de Medellín con los expedientes judiciales y con la memoria de quienes lo conocieron.

Empezó temprano. A los doce años, en 1944, delinquió por primera vez: se robó un carro y entró a la casa de menores de Manizales. Lo contaría él mismo, muchos años después, en la entrevista que le concedió a la revista Vea en 1971. Aquel gusto por los automóviles no fue un capricho de infancia. El oficio de chofer, aprendido de muchacho, sería más tarde su especialidad dentro del hampa: el hombre al volante que garantizaba la huida.

De su adolescencia queda poco en el papel. La prensa de la época atinó a llamarlo “el hombre de las mil fugas”, y en torno a ese apodo se formó una vida plagada de episodios peliculescos, difíciles de creer. Sus escapes de la cárcel La Ladera, en Medellín, quedaron descritos en los periódicos de los años sesenta y setenta; pero medio siglo después nadie los recuerda, y en internet apenas sobrevive una nota de El Colombiano de 1972, la de la fuga con el Cura. El resto —los golpes, las bandas, los alias— tuvo que ser desenterrado hoja por hoja.

Lo que sí está probado es el punto de partida. En 1952, a los veinte años, Néstor Trejos Marín dejó Manizales y bajó a Medellín. No iba solo ni a la deriva: llevaba ya un método, una reputación y, sobre todo, una invitación.

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Quien lo convidó fue Darío Vásquez Alzate, un caleño áspero al que llamaban el Alacrán —aunque él prefería ser llamado el Caleño, para despistar a los investigadores que lo buscaban en su ciudad—. Medio siglo después, en la autobiografía que publicó la revista universitaria Folios en diciembre de 2002 con el título “El escape de Araracuara”, el Alacrán recordaría que el joven manizaleño llegaba con credenciales: “Tenía una banda bien organizada en Manizales y hacía trabajitos en Bogotá: robos finos, bien planeados, sin disparos y sin muertos, donde no dejaba ni el polvero”.

En Medellín se juntaron los que serían el núcleo de la banda. El propio Alacrán hizo la lista: “Un mes después nos encontramos en Medellín Arturo Zapata, alias El Pote Zapata; Carlos Guarín, alias El Mono Guarín; El Mono Trejos; Gerardo Álvarez, alias El Sueco, y yo, que tenía el remoquete de El Alacrán”.

Alrededor de ese grupo fueron sumándose otros: Bernardo Restrepo Rico, Pistocho, un expolicía; Conrado López Ceballos, Mi General, de Campamento, Antioquia; José Belisario Escudero, el Completo; el Mono Caldas; Kennedy; José Luis Arango Escobar, el Teniente, y —por poco tiempo y de manera circunstancial— Ramón Antonio Aristizábal, Ramón Cachaco. El Pote Zapata, que ya arrastraba “tantos y tan malos antecedentes”, sería el socio más constante del Mono Trejos: juntos robarían durante más de dos décadas.

El salto de ser carteristas a asaltantes de bancos fue una decisión deliberada, casi un programa. El Alacrán lo resumió sin rodeos: “Todos estábamos aburridos de jalar carteras. Queríamos algo grande, formar una banda pa asaltar bancos y hacer negocios grandes que nos sacaran de pobres. Yo les dije que si teníamos güevas conseguíamos plata, y así fue”.

Desde ese momento empezaron a llamarse La Pesada. Y desde ese momento, también, quedó fundada en Medellín la escuela de hampa más influyente que tendría el país.

El Colombiano, miércoles 17 de noviembre de 1971, pág. 4.

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El primer golpe fue a una sucursal del Banco Popular, en el centro de Medellín, en 1952. “Dirigí la banda en el primer asalto al Banco Popular”, contó el Alacrán. “Nos llevamos cien mil pesos en 1952. Eso era mucha plata, pues uno compraba cinco riales de velita y cinco riales de coco por un centavo, y teníamos cien mil para cuatro”.

A ese primer golpe le siguieron otros más cuantiosos. El relato del Alacrán deja ver, de paso, el lugar que el Mono Trejos ocupaba en la banda:

“Después fue el Banco de Occidente y así fuimos coronando casi todos los bancos, joyerías, bodegas y negocios de Medellín, hasta que empezamos a trabajar en otras ciudades […]. Llegamos a ser la banda más buscada del país, y cada golpe era tan bien planeado que confundíamos a la policía. […] Lo que más les chocaba a los tombos era que nos llevábamos la plata sin hacer un solo disparo, y después, si había persecución, no nos alcanzaba un brujo mientras el Mono Trejos manejara, pues era un piloto muy hábil. Cada rato lo llamaban de Bogotá para que se encargara de la retirada en algún asalto”.

Ahí estaba definido su papel y su firma. El Mono Trejos era el volante: el hombre que hacía posible que un asalto terminara en fuga y no en tiroteo. Porque La Pesada, a diferencia de otras cuadrillas, manejó lo que el periodista y escritor Reinaldo Spitaletta llamó un “código de honor” que prohibía matar guardias y policías. El dinero, no la sangre, era el objetivo; y la limpieza del trabajo era su orgullo.

El método prosperó al ritmo de la ciudad. En los años siguientes, recordaría El Colombiano, en Medellín se llegaban a cometer hasta tres atracos por semana, sobre todo contra entidades que movían gruesas sumas; los hampones se movían en automóviles veloces y modernos, con metralletas, carabinas recortadas y pistolas con silenciador. La Pesada fue coronando, una tras otra, las plazas de la ciudad, y con el tiempo extendería su registro a blancos mayores: el Banco de Bogotá de Itagüí, en marzo de 1963; el Banco Comercial Antioqueño, en diciembre de 1964; la Suramericana de Seguros, en abril de 1969.

Pero para entonces la banda ya había desbordado a Medellín. Los contactos con asaltantes de Bogotá, Cali y Manizales, y las llamadas para que el Mono se encargara de la retirada en golpes lejanos, apuntaban todos hacia el mismo sitio. En 1958, La Pesada dio el salto a la capital. Y lo dio con estruendo en un famoso asalto al pagador de la aerolínea Avianca.

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El miércoles 16 de abril de 1958, La Pesada debutó en la capital. A media mañana, seis pistoleros enmascarados interceptaron en pleno centro la camioneta que llevaba los pagos quincenales de Avianca a los talleres del aeropuerto de Techo. El golpe funcionó porque conocían la rutina por dentro: los envíos salían siempre el día 15, por la carrera Séptima, con el pagador Carlos Arias Ceballos armado de revólver. Esa quincena, sin embargo, un daño en una máquina de contabilidad —que solo conocían unas pocas personas de Avianca— había retrasado el envío dos días y cambiado la ruta. Los asaltantes lo sabían.

El periódico El Tiempo cubrió el caso durante meses con alarma casi literaria. “Bogotá se está convirtiendo, vertiginosamente, en una pequeña Chicago de otros tiempos, con sus pistoleros y dramas diarios”, escribió el diario, que veía en aquel atraco el anuncio de una era: la de los asaltos a los bancos. Según la prensa de la época, los ladrones se llevaron una caja con setenta mil pesos y, para no perder tiempo, abandonaron otra con 49 mil. Trece años después, en la entrevista con Vea, el propio Mono recordaría la cifra a su manera —“nos llevamos ciento setenta mil y se quedó una maleta con otros ciento setenta mil”—, en una de esas discordancias entre la memoria del bandido y el registro de la prensa que acompañan toda su historia.

El de Avianca fue el primero de una racha. En pocas semanas, la misma banda asaltó al cajero de Comapan y al pagador de la Pasteurizadora San Luis, y regresó a Medellín para dar, el sábado 24 de mayo, un golpe sonado al club nocturno La Florida. Por ese asalto —consta en la Gaceta Judicial 2272 de la Corte Suprema del segundo semestre de 1964— el Mono Trejos fue capturado y condenado a seis años de presidio, y recluido en la cárcel La Ladera. En enero de 1959 volvió a caer en Bogotá, junto a Óscar Luque Peláez, el Mono Luque, señalados como responsables de una cadena de atracos en la capital.

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La Ladera, más que un castigo, fue una escuela y una agenda de contactos. Allí el Mono Trejos conoció a tres hombres que marcarían el resto de su vida delictiva: Jorge Martínez Yepes, el Cejón, de Angostura; Conrado López Ceballos, Mi General; y Raúl Antonio Loaiza, el Cura. Con ellos protagonizaría, en los años siguientes, secuestros, asaltos y fugas. La prisión no lo detuvo: por esos mismos años empezó su leyenda de evasor.

Para entonces, el Mono Trejos era un delincuente demasiado fichado en Colombia. Como muchos de su oficio, empezó a mirar hacia afuera. México, Venezuela y Costa Rica serían sus nuevos rumbos. Dejaría de ser nacional para volverse internacional.

Revista Vea N° 61, 13-19 de diciembre de 1972, pág. 13.

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El apodo venía del cine. Los hermanos Víctor y Alpiniano González Santamaría habían visto la película Rififí —la historia de un asaltante francés— más de cincuenta veces, hasta compenetrarse de tal modo con sus métodos que los trasladaron a sus propios robos. De ahí el remoquete que compartieron con el Mono Trejos en México: Los Rififí. El sistema era tan sistemático, escribió El Tiempo, que “las autoridades identificaron a sus actores plenamente con solo saber los sistemas utilizados”. Su gran innovación fue dejar de asaltar los locales bancarios para interceptar los vehículos blindados que transportaban los valores; cuando los custodios se negaban a abrir, volaban los blindados con dinamita.

Refugiado en México a finales de la década, el Mono Trejos puso al servicio de Los Rififí los métodos aprendidos en Colombia. La sociedad terminó mal. Cuando los hermanos González Santamaría repartieron el botín de un asalto, tumbaron al Mono, quien, en venganza, delató el paradero de la banda y regresó al país.

Antes de ese desenlace, el Mono Trejos había paseado su oficio por Centroamérica. En Costa Rica dejó rastro en dos asaltos: el del Banco de Costa Rica, en el Paseo de los Estudiantes, el 4 de enero de 1968, y el del Banco Crédito Agrícola de Cartago, en junio de 1970. El periódico La Nación de San José siguió el caso con inquietud —“Autoridades creen que la pandilla de asaltantes está en Costa Rica”— y describió, sin saberlo del todo, un retrato exacto del hombre que buscaban: “Este hombre es un colombiano especialista en atracos a bancos cuyo nombre, al parecer falso como una serie de apelativos que usa, es Ernesto Trejos Marín”.

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Cuando le faltaban pocos días para cumplir 36 años, el Mono Trejos volvió a refugiarse en Manizales, camuflado como chofer de bus urbano. Hasta allá lo siguieron los detectives de la “brigada de sangre” del DAS y lo capturaron la noche del jueves 9 de mayo de 1968. “El DAS capturó en Manizales a famoso hampón internacional”, tituló El Tiempo, que ya le atribuía un radio de acción enorme: “extendió sus actividades a Méjico, Costa Rica, Panamá, Venezuela, Ecuador, Perú y otros países”. Fue remitido a Bogotá, donde lo reclamaban más de quince despachos judiciales. No alcanzó a pasar cuatro días detenido: eludió a los guardias antes de abordar el vehículo que debía llevarlo a la capital y desapareció. Reapareció convertido en jefe de una banda nueva, Los Invisibles, y con ella dio un giro que definiría esta etapa de su vida: del asalto pasó al secuestro.

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El secuestro que lo marcó para siempre fue el de Diego Echavarría Misas. El 8 de agosto de 1971, cuando se dirigía a su castillo de El Poblado, fue plagiado el empresario y filántropo. El Mono Trejos había reorganizado a La Pesada —con el Pote Zapata y el Mono Guarín— para ese golpe. La familia se negó a pagar el rescate, que empezó en diez millones de pesos y bajó a seis, y Echavarría fue asesinado en cautiverio, en una casa abandonada de las laderas de Santa Elena. Fue un crimen que Colombia no perdonó: la víctima era un benefactor conocido, y su muerte convirtió al Mono en el hampón más odiado del país. El Mono Trejos, juzgado en ausencia y condenado en un Consejo Verbal de Guerra, terminaría absuelto en segunda instancia por el Tribunal Superior de Medellín. El secuestro de Echavarría sería después llevado a la ficción por el escritor Jorge Franco en su novela El mundo de afuera, donde el Mono aparece con el alias del Mono Riascos.

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Ni las rejas ni las fronteras lo retenían mucho tiempo. El 30 de marzo de 1971 fue recapturado en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, cuando descendía de un avión procedente de Ciudad de México. Para burlar a las autoridades llevaba una cédula falsa a nombre de Guillermo Uribe Gómez, número 1.201.908. Esa cédula le costó un nuevo proceso y una condena de seis años. Pero, sobre todo, dejó una huella que el tiempo volvería reveladora: ese mismo número sería el que, 43 años después, en 2014, coincidiría con las huellas dactilares tomadas en El Dorado y con la ficha de la Registraduría Nacional. Es la prueba de que el viejo detenido en el aeropuerto y el hampón internacional de 1971 eran, sin ninguna duda, el mismo hombre: Néstor Trejos Marín, Mono Trejos.

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La otra caída del Mono, en noviembre de 1971, fue casi doméstica. Toda su vida se mantuvo soltero —“es un absurdo tener una mujer siempre huyendo de la justicia”, diría—, pero no fue indiferente a las mujeres, y una aventura le costó la libertad. En noviembre de ese año, el F2 lo sorprendió desnudo y dormido en una casa del barrio Las Nieves, en Barranquilla, junto a su compañera. Era la madrugada del día en que pensaba volar a Nueva York: su maleta ya estaba en el aeropuerto, lista para embarcar. Camino de regreso a la cárcel La Ladera, fiel a su instinto, trató de sobornar a un agente de la Policía Militar. No lo logró. Y esa recaptura tuvo una consecuencia inesperada: puso al hampón más famoso de Colombia, por unas horas, frente a una grabadora.

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La revista Vea lo anunció como un trofeo. “Mono Trejos: entrevista exclusiva con el peligroso delincuente”, decía el aviso que El Tiempo publicó el 10 de noviembre de 1971. Ese día circuló la edición número 4 de la revista, con el último adiós al expresidente Guillermo León Valencia en la portada y, adentro, el reportaje que fijaría para siempre la imagen del Mono. Tenía 39 años y llevaba, según su propia cuenta, veintisiete delinquiendo. Lo habían recapturado en Barranquilla después de cinco meses de fuga, y un reportero de Vea consiguió acompañarlo, esposado, en el trayecto al aeropuerto de El Dorado para volar a Medellín.

El personaje que encontró desmentía la estampa del criminal. “Quien viera a Trejos en los campos del Jockey Club, con su cachucha y sus pantalones deportivos, no puede dudar en ningún momento que se trata de un influyente miembro de su junta directiva”, escribió el cronista: cabellos castaños, ojos azules, tez rozagante, atributos “capaces de acreditarlo también como una estrella del cine”. Hablaba pausado, sin negar nada, con una mezcla de timidez y desfachatez. En un momento del trayecto le apostó a uno de los detectives que en pocos meses estaría libre.

De su boca salió, esa tarde, el autorretrato que él quería dejar: el de un profesional del atraco que presumía de no haber matado nunca.

“—En el curso de los atracos en los que ha tomado parte, ¿ha matado a alguien?

—Nunca le he quitado la vida a un ser humano. La única finalidad de las armas, en mi estilo, es amedrentar”.

El de un ladrón con causa, casi un Robin Hood:

“—¿Cómo se definiría a sí mismo?

—Yo he sido siempre un hombre calmado. El único delito que me compete es el de gustarme la plata. […] Uno siempre tiene muchos gastos que hacer, mucha gente pobre a quien ayudar”.

Y el de un especialista que hablaba de su oficio con la frialdad de un relojero. Explicó que un banco no debía tomar más de cinco minutos, con la gente distribuida adentro y afuera; que los carros eran siempre robados y se cambiaban en un punto del recorrido; que el reparto se hacía por partes iguales, y que tumbar a un socio “se paga con la vida”. No trabajaba en pequeño:

“—Un ‘negocito’ por ahí de cien mil pesos, ¿vale la pena?

—Yo en esos negocios chiquitos no me meto. Hay que trabajar en grande. Negocio que no me pase del millón ya no me sirve”.

Recordó su debut —“eso fue en el año 58, cuando asaltamos al pagador de Avianca”—, negó los secuestros que le achacaban —“la mayoría es cuestión totalmente falsa”—, y se quejó de la prensa que, dijo, lo complicaba en todos los delitos: mientras él estuvo cuatro meses y medio encerrado en una casa de Medellín, los diarios lo situaban dando golpes en Cali y Bogotá. Sobre su vida de prófugo no se hacía ilusiones: “Es una vida horrible, hombre. Uno, en estas condiciones, a toda hora está esperando la muerte”. Y remató con una frase que resume su fatalismo de bandido: “Más cigarrillos en la cárcel que flores en el cementerio. Y si a mí me cogen, que me cojan vivo, pues de la única parte que no puedo escapar es del cementerio”.

El reportaje cerraba con una intuición que el tiempo confirmaría: “Con lo que cuenta el Mono Trejos de sus aventuras contra la ley, se podría escribir un libro, un gran best seller”. Aquella entrevista fue el punto más alto de su fama —el momento en que el hampón se volvió leyenda pública— y también, medio siglo después, una de las fuentes que permitirían reconstruir su vida. Antes de que el año terminara, el Mono ya había vuelto a demostrar que tenía razón en su apuesta con el detective.

*Este texto hace parte del libro El hombre de las mil fugas. Vida y leyenda del Mono Trejos: el ladrón de bancos que Colombia olvidó, que será publicado el primer semestre de 2027.

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