Gallinas
por IGNACIO PIEDRAHÍTA • Ilustración de Señor Ok
Número 150 Agosto-Septiembre de 2026
Para Rebeca, el corral de gallinas felices no era tan feliz. Sus compañeras le picoteaban la crisma y la hacían aparte. No la dejaban dormir con ellas en los travesaños ni usar los cómodos nidos para poner. A la hora del maíz la relegaban a comer de última, cuando el grano estaba sucio y revuelto. Todo esto porque no tenía la belleza de las otras. Era menudita y de cuello corto, como si le faltara una vértebra. Su cresta era enana y escurrida, y su plumaje más bien pálido y desparejo. En vez de hacerla destacar, su colorido la emborronaba. Y quizá la odiaban por eso, por no llevar en alto los rasgos de la especie.
Así que Rebeca se vio obligada a idear un mundo a su conveniencia. Su técnica más frecuente era cavar bajo las mallas a primera hora de la mañana y salir a pastar por fuera, de modo que las otras, al verla, la seguían. Y luego, cuando ya estaban todas fuera, Rebeca volaba por encima de la malla y quedaba sola dentro, donde comía hasta hartarse sin ser molestada. Mientras tanto, la multitud de gallinas, encandiladas por el sol de mediodía, enceguecidas por una libertad no buscada, confundían el camino de regreso.
Aunque estaba claro que Rebeca no actuaba por ambición o codicia, sino por necesidad, el desorden que provocaba iba en aumento. Intentaron adiestrarla con sombrerazos y taparon los agujeros con piedras, pero ella lo hacía para sobrevivir, de modo que obedecer no era una opción. Hasta que un día no hubo más paciencia: se la regalaron a Leo, el ayudante, para el almuerzo.
Pero Leo estaba demasiado encariñado con Rebeca como para matarla. Un día que fue a trabajar en la finca me la ofreció, y él mismo sugirió que la dejáramos en una perrera amplia que nunca se usó. Fui a recogerla un viernes en la tarde a su casa, a un kilómetro largo de camino hacia la montaña. La encontré amarrada de una pata, debajo de un pedazo de teja rota. Esa precariedad hizo que la adoptara con más cariño. La puse en un costal y me la eché al hombro. Bambú la olisqueaba y le gruñía a través del saco durante el recorrido, mientras ella se balanceaba y daba tumbos contra mi espalda.
Al llegar a casa, ya en plena noche, la saqué del costal directamente al corral. Le puse agua, un puñado de maíz y me fui a dormir. Le dije a mi pareja que al otro día se la presentaba. Pero no fue necesario. Apenas despuntó el día, lo primero que vimos al abrir los ojos fue a Rebeca paseándose por el prado, como si nada. Fui a ver y la malla estaba intacta, no había ningún rastro de fuga. De todos modos, aseguré la parte baja y la puse de nuevo dentro. Era fácil atraparla, pues aunque había crecido en un corral amplio, era una gallina de cautiverio y seguía siendo mansa.
Pero no habíamos terminado de desayunar cuando la vimos pasar de nuevo, picoteando bichos de tierra sin preocupación alguna. Fui y reforcé otra vez la seguridad del gallinero, pero ella se salía una y otra vez, favorecida por su astucia y por ese cuerpo esquelético. Decidimos entonces dejarla suelta: ¿qué falta hacía encerrarla? La dejamos que viviera sola y tranquila, a voluntad, ahora que el corral había quedado atrás. Le habían dicho que era una gallina, pero era más valiente que cualquiera. Había estado cerca de la muerte y ahora se merecía un paraíso.
Leo vino después y me preguntó por el sabor de los huevos de Rebeca. Me encogí de hombros, pues hasta el momento no sabíamos dónde ponía. Dedicamos un buen rato a buscar el nido y lo encontramos en el borde del bosque. Ponía su huevito diario y ya tenía siete, justo la semana que llevaba en casa. Hacía rato no probábamos huevos así: tenían la clara espesa y la yema, de un amarillo intenso. Ahora sí, Rebeca parecía feliz, y nosotros también.
Unos amigos que nos visitaron dijeron que Rebeca disfrutaría más la vida con un gallo a su lado. Nos quedamos pensando. Había un detalle: ella nunca había aprendido a dormir en el árbol al que le pusimos una escalera, de modo que las noches a la intemperie no solo eran frías sino riesgosas. En cualquier momento podría pasar por allí una zarigüeya y dar cuenta de su magro cuerpo. Más tardé yo en decirle a Leo que me avisara si se enteraba de un gallo para la venta, que él en aparecer con un hermoso pollo blanco, adornado con un collar de plumas rojas.
De inmediato se hicieron amigos, a su manera: ella lo picoteaba, le decía cuándo comer y lo trataba como si fuera su criado. Él esperaba a que ella se acomodara sobre el pasto y vigilaba hasta que oscurecía, antes de acurrucarse a su lado. Por ese papel de segundón, llamamos al pollo Sancho, como el escudero de don Quijote. Un ayudante dudoso, como en la novela, porque parte de su docilidad se debía a que todavía era un pollo.
Su canto se fue templando con los días, mientras crecía en tamaño y en belleza, y la pobre Rebeca parecía cada vez más poca cosa a su lado. Y, pese a haber crecido juntos, llegó el día en que las hormonas lo desbordaron. Cuando el cuerpo se lo ordenó, la correteó hasta pisarla, que es como le dicen al amor entre las aves de corral. Ella lo toleró al principio, pero con el transcurrir de las semanas el vigor del gallito fue creciendo hasta que Rebeca dejó de consentirlo. Hubo refriegas y la pareja se distanció. Ya no se les veía juntos todo el día, aunque siempre durmieran pegados uno al otro.
Un día nos inquietó que Sancho desapareciera a media mañana. Al amanecer cantaba en nuestra ventana hasta que me hacía levantar a ponerle el maíz; más tarde, se acicalaba y desaparecía por el pastizal. Lo seguí sigilosamente y descubrí sus aventuras secretas: pasaba el día con las gallinas de la finca vecina, calmando sus urgencias y desgarrándose la garganta como dueño y señor del redil. Rebeca nos hizo ver que para ella era el equilibrio perfecto: estaba sola y tranquila en el día, pero acompañada en la noche. Nobleza de su parte, Sancho nunca faltaba a la cita nocturna.
Pero pronto, para nuestro pesar, me di cuenta de que comenzaron a encerrar a las gallinas vecinas. Seguramente no querían que un gallo fecundara sus huevos y ellas se ocuparan en empollar en vez de poner. El mensaje era claro: debíamos retener a Sancho de alguna manera. Pero él había crecido en el campo y atraparlo no fue fácil. Me acerqué a cogerlo y, como tenía raza de gallo de pelea, saltó, espueleó y me hizo un corte en la mejilla. Volví a casa con la dignidad herida.
Un atardecer lo esperé cuando venía de su excursión. Pensé que llegaba ya a acostarse, pero comió y salió de nuevo. ¿Acaso creía que estaba en un hotel? Esta vez fui más sagaz. Bambú le montó una encerrona y yo me le fui con decisión hasta reducirlo. Me miraba de reojo mientras intentaba en vano picotearme. Sentí bajo mis manos sus delicados huesos del cuello. Lo amarré de una pata a un árbol mientras ajustaba la malla del viejo gallinero.
Pero ¿cómo dejar a Sancho encerrado y a Rebeca libre? Para ser justos, los encerramos a los dos. Rebeca me miró de lado, no tanto con rabia como con una decepción teñida de sarcasmo. Por mi parte, envalentonado por haber vencido a Sancho en franca lid, reforcé con toda mi inteligencia el enmallado para que la escapista no pudiera salir. Me justificaba pensando que Rebeca se había vuelto orgullosa. Era hora de que entendiera que toda libertad tiene límites. Ella respondió sin una sola palabra, pero de manera contundente: cerró su cloaca con una llave más fuerte que la mía y no volvió a poner.
Por pura soberbia, comencé a comprar huevos. Al llegar con la canasta cada ocho días, Rebeca me miraba tras las rejas que yo tan astutamente había dispuesto, como diciéndome que en casa ya los animales éramos cuatro: ellos dos, el perro y un asno. Los huevos de supermercado eran flácidos, pálidos y simplones. Pero yo no estaba dispuesto a ceder. Admiraba su búsqueda de libertad a toda costa, aunque me parecía que debía darle una lección.
Mi pareja se quejó de que la finca se había vuelto triste, con Sancho y Rebeca confinados. No se armaban los cacareos y los escándalos de antes, cuando Bambú los correteaba con mi soterrada complacencia. El gallinero nos quedaba tan lejos que hasta nos olvidábamos de ellos. El canto de Sancho se confundía con el de otros gallos de la vereda o simplemente no lo oíamos. Aunque nos despertara, nos hacía falta su potente llamado en la madrugada. Llegó el día en que, según acordamos, dejé la puerta abierta después de llevarles el maíz.
Solo esperábamos que Rebeca volviera a poner. Buscábamos a diario el nido escondido, aunque sin éxito. Cuando veía a Sancho solo y cantando, me convencía de que su pareja andaba cerca y me agazapaba frente al bosque para seguirle el rastro. Esperaba eternidades, hasta que oía los cacareos de Rebeca a mis espaldas, sin haber visto de dónde salía. Perdí la esperanza. Quizá ya no volvería a poner nunca más. Pero no era orgullo lo que había en ella, sino una pequeña cobranza. Dos semanas después me dejó ver el nido con once huevos enormes para su cuerpo enclenque. De nuevo nos encontrábamos a la pareja en los lugares menos pensados y nos arrancaban una sonrisa con sus peleas por culebritas que a veces devoraban.
Alguien nos sugirió que trajéramos un par de pollas jóvenes para que Sancho tuviera con quién entretenerse en casa antes de que se volara de nuevo. Le pedí a Leo que las comprara en la plaza del pueblo, y un domingo se apareció con ellas. Al verlas salir de la caja de cartón donde las traía, me sorprendió que fueran tres.
—Me encimaron el pollo negro —se adelantó a explicar.
—¿Y no va a haber problema con Sancho?
—No, porque van a crecer juntos.
Desconfié, pero ya estaban allí.
Llamamos a la polla roja Sonia, a la amarilla Julieta y al pollo Raskólnikov, como el personaje de Crimen y castigo. Mientras se acostumbraban a su nueva casa, tuvimos la mala idea de ponerlos a todos en el mismo corral. Las pollas entraron en pánico. Una de ellas se escapó volando, la otra, solo alcanzó a sacar la cabeza por donde pudo, mientras el gallo la montaba de prisa y sin compasión, picoteándole la nuca. En su arrebato de lujuria, por poco no se lleva por delante al mismo Raskólnikov.
Dejé las pollas adentro y al abusador afuera, y él, con solo verlas allí, pasaba más tiempo en casa. Cuando se hicieron mayorcitas, las dejé salir y Sancho estableció, ahora sí, su propio harén. Rebeca seguía siendo la reina, pero ahora con más independencia. Aun cuando las pollas la sobrepasaron en tamaño, ella siempre comía primero. Seguía durmiendo con Sancho, aunque liberada de sus apetitos mañaneros. Apenas aclaraba, el gallo se iba al pie del árbol donde ellas dormían y, al bajar, las ponía a su servicio.
Volvió la armonía a la finca. Nosotros comíamos huevos de campo, Rebeca estaba libre todo el día en su dichosa soledad y Sancho satisfacía sus necesidades sexuales, que no lo dejaban en paz. Pero ese equilibrio duró poco. Tal como estaba cantado, Raskólnikov creció y se convirtió en competencia de Sancho. Para mantenerlo a raya y recordarle quién era allí el mandamás, el gallo picoteaba y aterrorizaba al joven sin descanso. Un día las cosas cambiaron, para peor. Raskólnikov, desbordado por el instinto, no se contuvo y pisó a una de las pollas. Confió en que Sancho estaba distraído y, quizá, en la rapidez con que ocurre el amor entre gallos y gallinas. Pero Sancho lo vio a lo lejos y se vino a toda carrera, lleno de ira. Cogió al pollo en pleno acto, con los ojos aún brotados de placer, y le dio una tunda inolvidable que partió su vida en dos.
Desde ese día Raskólnikov fue un paria, un desterrado. No solo no podía acercarse al grupo, sino que, para comer, tenía que hacerlo a hurtadillas, asustado y de prisa. Vivía con miedo y pasaba casi todo el tiempo en el bosque, sin la compañía de sus iguales, en una soledad obligada que lo fue entristeciendo. Al final de la novela, Raskólnikov no escapa al castigo: lo espera el exilio en Siberia. Algo parecido le había ocurrido al pollo, excluido de los suyos como la pena mayor. Entonces empezó a rondarme la idea. Recordé la sensación de los débiles huesos del cogote de Sancho entre mis manos, y comencé a sentir que hacerlo era una necesidad.
—¿Acaso no compramos pechugas en el mercado? —le dije a mi pareja, que se había mostrado en contra.
Para entonces ya había aprendido a atrapar las gallinas sin corretearlas. Me les acercaba en la noche y las encandilaba con una linterna. Así hice con Raskólnikov y lo puse dentro de un guacal de madera, con agua y nada más. Abrí la puerta de su prisión en la mañana, lo tomé suavemente y sentí que me guiaba la mano de tantos seres humanos que habían sobrevivido de otros animales antes que yo.
Mi pareja trajo una olla con agua hirviendo. Lo sumergimos ya exánime para quitarle las plumas. Lo cocinamos y lo comimos, agradecidos. Mientras tanto, afuera, una de las pollas pasó con una tropa de pollitos a su alrededor. Sancho cantaba como un padre orgulloso y Rebeca se daba la buena vida entre el pastizal, como una verdadera matriarca de su estirpe.


