Con los tacos arriba

por FEDERICO MONTOYA URIBE • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 148 Marzo de 2026

Celina es dueña de su balón y lo lleva a todas partes en taconazos de punta. Se acostumbró desde chiquita, como también se acostumbró a jugar futbol en soledad, chutando contra una pared porque era la única que le devolvía la pelota. En el colegio nadie la escogía para los partidos: adelante no la ponían, porque le pegaba como niña, y no la dejaban ir al arco, porque era maniquebrada.

Desde entonces juega sola, es delantera, arquera, a veces lateral y, cuando toca, volante de marca, para dar codazos y patadas a quienes la intentan sacar de la cancha por ser “maricón”, “cacorro” o “cagón”. Ya no sueña con jugar un mundial ni con escuchar a miles corear su nombre tras un gol, sino con entrar a una tribuna con la amarilla puesta, los cachetes azules y los labios rojos, unirse a la masa que por noventa minutos se olvida de sus miedos.

Pero para ella parece imposible, porque sus miedos están ahí, sentados en un banquito de plástico sucio y chupando paleta. Todos cantan el himno con una mano en el corazón, se abrazan cuando celebran con sus hermanos de camiseta, pero en su caso el escudo no basta para hacer parte de la barra. Ella siempre es tratada como visitante.

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