Yo no nací sino para amar
por PAULA ANDREA MARÍN COLORADO • Ilustración de Hansel Obando
Número 148 Marzo de 2026
Es julio de 1868. Eusebio Liborio viaja de Bogotá a Tocaima (Cundinamarca) para tomar posesión de una hacienda familiar que su mamá Blasina había heredado del abuelo Miguel: La Ceiba. Allí, planea hacer el montaje de un establecimiento de añil. Lleva meses escuchando a Miguel Antonio, su hermano mayor, y a amigos de la familia hablar del éxito del añil en el exterior, especialmente en Londres, a donde le han dicho que es fácil exportarlo. A sus 23 años, Eusebio debe tomar la primera decisión importante de su vida: definir su profesión u oficio. Eusebio no solo piensa en su familia, sino en la mujer de la que está profundamente enamorado: Susana. Si el establecimiento de añil fracasa, no se podrá casar con ella, defraudará a su familia, los dejará en la ruina y no podrá sobrevivir sin el amor de su amada.
Eusebio ha leído varios de los manuales y artículos de prensa que se han publicado, en los que se explica el proceso de cultivo y extracción del añil. Los libros no tienen gráficos ni ilustraciones, pero las descripciones son muy detalladas. Cuando va a llevar las cartas para Bogotá habla con los hombres en el pueblo y todos le dan consejos para el negocio. Dónde conseguir gente de confianza para sembrar el añil, para construir el tanque, para instalar la bomba de agua. Eusebio debe encargarse de fabricar los ladrillos para hacer el tanque, al tiempo que coordina la siembra del añil y la consecución de la bomba de agua que lo surtirá con la suficiente cantidad y presión. A medida que pasa el tiempo no puede ocultar más su desesperación en las cartas a su hermana Margarita, porque el negocio exige más gastos de los que había previsto. A la falta de cálculo presupuestal se suma la inexperiencia y dificultades en el trato con albañiles y jornaleros en la hacienda, la incertidumbre del clima y la llegada de las plagas; se necesita un equilibrio entre la lluvia y el sol para que el añil pueda crecer bien, un factor incontrolable. A todo lo anterior se suma otro reto: exportar el añil a Londres.
En noviembre de 1869 Eusebio recoge la primera cosecha de añil; en julio de 1870 despacha su primera remesa para Europa y en enero de 1871 ya ha exportado varias cajas a Londres, pero las ventas no han sido tan altas como esperaba, así que empieza a vender el añil en Bogotá a un alemán que se encarga de exportarlo. Para junio de 1871, Eusebio comienza a fraguar el plan de vender el establecimiento: “Estoi convencido ya que en este negocio no se gana sino mui poca cosa que luego vendrá a perderse en un fuerte verano”, le escribe a su hermana el 17 de junio de 1871. Para septiembre del mismo año, le explica a su hermana que hacer el avalúo del establecimiento es difícil, pues “esta empresa de añil es calificada de mala por muchos de los que hasta ahora poco la creían tan buena”. Para julio de 1872, Eusebio, si bien se encuentra aún en La Ceiba, ya no menciona nada sobre el añil en sus cartas; sus angustias han desaparecido. Está feliz porque está preparando su matrimonio con Susana, con quien vivirá en la hacienda desde 1873.
El desenlace de la aventura de Eusebio Liborio no es excepcional. El boom del cultivo del añil en Colombia fue efímero: duró menos de una década. A partir de 1850 los países europeos aumentaron su demanda de productos agrícolas y mineros, provenientes de Latinoamérica. En Colombia, esa demanda se concentró en el cacao, el tabaco y la quina, el producto más exportado en el país durante el siglo XIX. A finales del siglo, el café los desplaza a todos. A mediados de la década de 1860, descendió el cultivo del tabaco y se encontraron oportunidades para la producción y exportación del añil en las regiones de Ambalema y Honda (cerca de Tocaima), pero en la década de 1870 la producción se arruinó porque en Prusia inventaron los colorantes artificiales y Bengala se restableció como principal abastecedor de añil para el mercado inglés. A diferencia del tabaco y la quina, el añil requería una inversión de capital significativa y suponía un riesgo de inversión mayor, pues se necesitaba procesar el producto del cultivo y este agotaba muy pronto la productividad de la tierra. Según afirma Carolina Sastoque, en su artículo «Tabaco, quina y añil en el siglo XIX. Bonanzas efímeras», “solo comerciantes y terratenientes de reconocida trayectoria contaban con la acumulación de capital para iniciar tal negocio”. Eusebio Liborio Caro Tobar no encajaba en ninguna de estas posiciones.
Los Caro Tobar no eran una familia muy acaudalada. Desde que llegó a Colombia el primer Caro, proveniente de España, a finales del siglo XVIII, generación tras generación, los hombres habían ocupado distintos cargos como funcionarios públicos (sobre todo, en Hacienda), primero de la Corona española y luego de la república. Con la Independencia, fue Nicolasa Ibáñez, abuela de Margarita, Eusebio Liborio y Miguel Antonio, quien había intercedido por su esposo, Antonio José Caro, ante Simón Bolívar, para que obtuviera un cargo en el gobierno de la nueva república. Luego de su distanciamiento de Bolívar, Nicolasa fue muy cercana a Francisco de Paula Santander, quien también otorgó a su esposo un cargo como funcionario público. Es con José Eusebio Caro (padre de los hermanos Caro Tobar), que los hombres Caro empezarán a ocupar cargos ya no solo como funcionarios públicos, sino también como políticos en el Congreso (adscritos al Partido Conservador) y que se empezarán a desempeñar como escritores públicos (fundadores y redactores de periódicos, y autores de libros), como lo será Miguel Antonio, quien también ocupó el cargo de presidente de la república. Cuando José Eusebio se casa con Blasina Tobar, ella aporta el capital económico a una familia que solo lo tenía en términos sociales, culturales y políticos.
Las cartas entre los hermanos acompañan los esfuerzos de Eusebio; junto a ellos, hay otros temas importantes, como la salud. Hay una insistencia en el cuidado que Eusebio debe procurarse para no causar sufrimiento a su familia. Según Beatriz Castro (en el libro Historia de la vida cotidiana en Colombia), el periodo 1855-1872 fue una época en la que los ciudadanos padecieron de mucha ansiedad, no solamente por las guerras civiles, sino por las pestes, epidemias (de viruela, sarampión, tosferina, disentería y gripe) y por la mortandad de mujeres y niños durante los partos; la mortalidad infantil era del sesenta por ciento. Ante esta cercanía constante de la experiencia de muerte, la religión católica se convirtió en un refugio. La presencia del credo católico es muy enfática en las cartas entre los hermanos Caro; la virtud cristiana que más se menciona en ellas es la resignación, la “conformidad con la que se deben llevar las muchas amarguras de que está llena la vida” (carta de Eusebio a Margarita, 26 de agosto de 1871). Eusebio se siente menos apto para lograr esta resignación y le escribe a su hermana: “Yo soy malo y tú una santa” (carta del 28 de enero de 1869).
Las cartas entre Margarita y Eusebio no se leen solamente como cartas entre hermanos, sino entre dos seres que han construido una amistad, es decir, un tipo de relación excepcional entre hombres y mujeres en la época (a las mujeres les restringían mucho las relaciones con los hombres, pues se temía por la pérdida de su “virtud”), a través de la cual podemos acceder a su mundo emocional. La complicidad entre Eusebio y Margarita es clara en las cartas desde su niñez, cuando él estaba internado en el colegio; en una de las cartas, le pide a Margarita que interceda por él ante su mamá para que lo saque de interno, porque está muy aburrido de estar encerrado. De esta complicidad y grado de intimidad alcanzado en el vínculo entre los hermanos se desprende otro tema muy importante en las cartas: la relación afectiva que cada uno de ellos estaba comenzando con quienes luego serían sus cónyuges: Susana de Narváez Guerra y Carlos Holguín Mallarino.
Sus nombres no aparecen en las cartas (solo alusiones a ese “él” y a esa “Ella”), sino hasta que el compromiso de matrimonio es oficial en ambas parejas. Susana le había pedido a Eusebio que no le escribiera, porque, al parecer, esto le producía demasiada ansiedad; ella sufría por no ver a Eusebio y manifestaba celos. Por su parte, Eusebio también sufría, no solo por no tener noticias de Susana (que le solicitaba frecuentemente a Margarita), sino por no tener el patrimonio suficiente para casarse con ella: “Espero nuestro matrimonio como una salvación para mí. ¿Que qué me ha faltado para realizarlo? Dinero” (carta a Margarita del 24 de junio de 1871). En mayo de 1870, tras la aprobación de la propuesta de matrimonio por parte de Susana y de sus padres, la familia Caro Tobar la acepta como futura esposa de Eusebio; luego de esto, su hermano Miguel Antonio comienza a visitar la casa de los Narváez Guerra y terminará casándose, en 1872 (un año antes del matrimonio de Eusebio), con la hermana menor de Susana: Ana de Narváez.
El matrimonio católico era un mandato para los hombres y, sobre todo, para las mujeres de la clase social de los hermanos Caro Tobar. Sin esposo, a las mujeres les era difícil gozar de autonomía económica y social; toda su formación tenía como única finalidad la de “cautivar un marido”, según leemos en los manuales de comportamiento de la época.
Margarita se preocupaba porque su hermano, siendo tan joven y sin tener aún un oficio o patrimonio claros estuviera pensando en casarse, guiado por los consejos de un corazón que se sentía enamorado por primera vez. Eusebio expresará durante toda su correspondencia cómo las cartas de Margarita siempre son un consuelo para su alma y lo mucho que extraña verla: “Cada carta tuya me hace una impresión tal, que no podría esplicártela. Cuando veo que ya se acaba casi siempre lloro de aflicción al ver que tú me estás pensando i que me hablas i yo no puedo verte i abrazarte” (carta a Margarita del 14 de marzo de 1869). Lo mismo le sucede a Margarita: “Dulcificas mis disgustos y mis tristezas” (carta a Eusebio del 17 de septiembre de 1873). Cada uno desea ser el mejor amigo del otro y no hacer más pesada “su carga”:
Mi amor por ti, amor que no se funda únicamente en la sangre que corre igual por nuestras venas, y que hace que todos los hermanos, a no ser excepciones monstruosas, se quieran instintivamente, sino también en la simpatía de nuestros sentimientos, en la amistad que hace nacer la estimación, y sobre todo en la extremada ternura y la confianza que tú me has inspirado desde que éramos niños. (Carta de Margarita a Eusebio del 2 de enero de 1870).
Lo que más anhelan es verse para poder hablar muy largamente; las cartas se quedan cortas para sustituir una verdadera conversación, además porque debían ser muy cautelosos con lo que se contaba en ellas, no solo debido al temor de que las palabras llegaran a destinatarios distintos (las cartas se leían en voz alta a familiares y amigos cercanos), sino por el imperativo de no preocupar en demasía a los seres queridos. Margarita le envía a Eusebio, además de las cartas, libros, periódicos y diccionarios para ayudar a paliar un poco la soledad y el aislamiento del hermano. Ambos cumplen con una tarea que, por lo general, se atribuye como propia de las mujeres: una función terapéutica de regulación de la vida emocional del otro. “Hay veces que me dan deseos de contarte ideas que no le contaría ni a mi confesor”, le escribe Margarita a su hermano (carta del 21 de septiembre de 1870).
Esta regulación emocional era un lujo en un contexto en el que hablar abiertamente de las emociones no estaba bien visto; la expresión de las emociones estaba limitada para ambos sexos, aunque especialmente para las mujeres, pese a que históricamente se haya relacionado a la mujer con esta capacidad, pues sobre ellas se ejercía —y se ejerce— mayor vigilancia sobre su comportamiento.
En el best seller de la época —que sigue editándose en la actualidad—, el Manual de urbanidad y buenas maneras de Carreño, se afirma: “Los gritos descompasados de dolor, de la sorpresa o del miedo, los saltos o demás demostraciones de alegría y el entusiasmo, los arranques de ira son enteramente características de las personas vulgares y mal educadas”. La expresión de las emociones que muestran vulnerabilidad, como el amor, tal como lo hace Eusebio en sus cartas, la podemos entender como liberación por escrito de aquella expresión que en persona no podía hacer. Sin embargo, lo interesante en el caso de Eusebio es que la expresión exaltada de los sentimientos, que vemos en sus cartas, sobre todo, los de desasosiego, miedo a la locura, pero también amor y alegría máxima, parecen ser un rasgo de su personalidad, tanto escritural como comportamental: “Yo no nací sino para amar”, le escribe a su mamá Blasina (10 de julio de 1870), y luego a su hermana: “Yo sin afectos no podría vivir, como no podría vivir un árbol sin agua” (carta a Margarita, s.f.). Eusebio parece identificarse con su padre José Eusebio Caro, el mayor exponente del romanticismo en Colombia:
¡Me he acordado mucho de papá! Me parecía cuando estaba llorando i sentía una dicha tan grande, que él me miraba desde el Cielo i que me bendecía. Nunca como ahora había podido estimar, ni graduar en todo su valor el profundo sentimiento que a él lo dominaba i que espresó tan bien en su [poema] “Lágrima de felicidad”. (Carta a Margarita del 14 de mayo de 1870).
Eusebio, a quien le gustaba cantar, tocar la cítara y practicar la ebanistería, se sentía “incapaz de hacer nada útil” y se sentía avergonzado cuando se comparaba con su cuñado Carlos Holguín (congresista, luego director del Partido Conservador y más tarde presidente de la república) y con Miguel Antonio. Esta situación expresa las presiones a las que también ha estado sometida la masculinidad dentro del sistema patriarcal.
Margarita es menos expresiva frente a sus emociones y amonesta a Eusebio por sus continuas pesadumbres, quizá también porque temía que la desazón del hermano por la falta de su amada afectara el patrimonio familiar que estaba en juego; sin embargo, en junio de 1869, le expresa que por fin lo entiende y que ya no reconvendrá más su actitud, pues ella misma ha experimentado el sufrimiento por amor, cuando su familia se opone a su matrimonio con Carlos Holguín; si antes instaba a Eusebio a que no pensara en amores tan pronto, siendo tan joven (aunque era mayor que ella) y, más aún, sabiendo que era la primera vez que se enamoraba, a partir de ese momento, será más comprensiva con su situación. Sin embargo, después de casada vuelve al tono serio de reconvención, aunque prudente, para que el hermano sea más ordenado con la economía del negocio, con el orden en el gasto.
Para un hombre —y no solo de la clase social de Eusebio—, el matrimonio demandaba tener un oficio o profesión consolidada socialmente, desde la cual pudiera ofrecerse un futuro estable a la futura esposa (y su familia). No era, pues, suficiente, con ser de la élite social, cultural y política para ser un “buen partido”, sino también demostrar suficiencia económica, como no era el caso, en un principio, de Eusebio frente a Susana, menos habiendo escogido la vía del añil. Margarita, por su parte, debía cuidar muy bien su decisión de con quién casarse, pues de ello dependía no solo su futuro, sino también el de su familia.
Esta relación epistolar entre Margarita y Eusebio Caro Tobar se cuenta a través de las cartas conservadas en el Fondo Holguín y Caro, del Instituto Caro y Cuervo (Bogotá), que apenas ahora empieza a ser explorado, y nos permite cuestionar los prejuicios sobre las relaciones de género en el siglo XIX colombiano. Si bien hubo un régimen emocional que impelía a hombres y mujeres a constreñir la expresión de sus sentimientos, Margarita y Eusebio —como todos los hombres y mujeres de todas las épocas— encontraron formas de negociar con él. En la identidad masculina de Eusebio confluyen el hombre sensible y el hombre productivo; en Margarita, la exigencia de ser el “ángel del hogar” y la mujer práctica que puede sostener el orden y la economía familiar.
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