Número 131 // Octubre 2022

Fantasma sin énfasis

Por LUIS MIGUEL RIVAS
Ilustraciones de Cachorro

No sé de dónde surgió la falaz idea de que los fantasmas son una especie de adolescentes empalagosos que viven en función de asustar a la gente para divertirse o para incomodar. Cualquiera que haya tenido el más mínimo contacto con la cotidianidad de los fantasmas podrá dar fe de la seriedad con que transcurren sus jornadas, dedicadas más a la juiciosa repetición de tareas y rutinas ejercidas por las personas en las que otrora estuvieron encarnados, que a la dilapidación del tiempo —y en esto muestran una extraña inconsciencia de su eternidad— en pueriles ociosidades. Sirva esta historia para aclarar esas falacias y vindicar la dignidad de unos seres cargados con pesadas responsabilidades y tribulaciones, que merecen toda nuestra consideración y respeto.

La vida en la deteriorada mansión del expresidente Goyonechea —que tantas veces habrán visto los usuarios del colectivo 85 al pasar por el amplio descampado contiguo a la terminal de transportes— era, en el momento en que acaecieron los sucesos que paso a referir, una clara prueba del ambiente severo y laborioso en el que transcurre la vida de los espíritus. En dicha mansión, morada del virrey Alcántara en los Tiempos de la Colonia, del general Beriátegui después de la Independencia y del presidente Goyonechea en los tiempos de la República, vivieron y murieron no solo varias generaciones de una misma estirpe, como suele suceder en las casas de los clásicos relatos de fantasmas, sino sucesivas generaciones de familias diferentes. Lo que hacía del ambiente fantasmal del recinto una miscelánea de presencias heterogéneas con maneras, lenguajes, atuendos y costumbres disímiles, congregadas en un armónico ambiente de cosmopolitismo pluritemporal y unidas ya no por extintos lazos de sangre, sino por siglos de convivencia etérea.

Entre los espíritus ilustres que habitaban la casa podrían mencionarse a Matilde del Perpetuo Socorro Alcántara, hija menor del virrey Alcántara, asesinada en 1750 por su primo Rodrigo de la Calle en un ataque de celos; Wenceslao Batista, duque de Cardonia, sobrino de la virreina, retrasado mental, ahogado misteriosamente en la alberca del patio en 1763; el licenciado Dudamel Beriátegui, acuchillado en el sótano por su hermano, el general Campo Elías Beriátegui, prócer de la patria, por sospechas de alta traición en 1815; Juanita Beriátegui, hija menor del general, víctima de una sífilis contraída en los lupanares del puerto en 1823; Marina Valdetierra de Goyonechea, esposa del presidente Vespasiano Goyonechea, muerta por tuberculosis en 1874, y Baldomero González, profesor de filosofía, hermano medio del doctor Goyonechea, cuyo cadáver fue encontrado en su estudio sobre un amarillento volumen de Representación del universo y concepto del ser, de Tadeus Wolsheberg, tras sufrir un ataque de apoplejía en 1879.

Este último, protagonista de nuestra historia, ya en vida era un ser casi ausente, sumido en complejas disquisiciones desprovistas de cualquier vibración anímica, que lo mantenían encerrado en sus habitaciones. Abstraído del mundo, pasó de la vida a la muerte sin notar cambios relevantes, salvo el incómodo desgarramiento del alma al salir del cuerpo, y una vez en el nivel etéreo retomó sus estudios en el punto en que los había interrumpido sin percatarse de las condiciones de su nueva realidad e indiferente a la calidad de sus nuevos compañeros. Los demás fantasmas tampoco le prestaron mucha atención, dada su apocada presencia, limitándose a ofrecerle un desmañado saludo de bienvenida para continuar con la custodia de sus respectivos secretos y tesoros, la expiación de sus culpas y el arrastrar de sus cadenas invisibles.

Durante los primeros ciento cincuenta años de su muerte, el licenciado González mantuvo su discreta existencia sin más interrupciones que eventuales paseos por los pasillos de la casa para despejar la mente, y esporádicas incursiones de algún inquilino curioso —generalmente el integrante más díscolo de alguna de las familias que arrendaban la casa por cortas temporadas, antes de huir despavoridas— que se atrevía a llegar hasta la clausurada habitación del fondo del corredor, en el segundo piso. Por lo general, el audaz impertinente daba una mirada temerosa al recinto oscuro y empolvado y aun sin percibir el espíritu de Baldomero, salía raudo y satisfecho de su propia valentía. Cuando se trataba de una persona perceptiva, bastaban unos pasos dentro de la habitación y el solo presentimiento de la existencia fantasmal para que brotara el grito aterrorizado y la consecuente huida al borde del desmayo. Esas escandalosas expresiones de terror molestaban y desconcentraban sobremanera a Baldomero, quien siempre hizo lo posible por evitarlas. De alguna manera lo logró y habría continuado sin complicaciones durante dos o tres eternidades más, si no hubiera aparecido la mujer melancólica aquella tarde de otoño.

Afuera el viento dispersaba las hojas de los árboles y en la habitación Baldomero se concentraba en un párrafo especialmente abstruso del tomo III del Foedus Cognitionis Humanae, de Lucio Moribaius, cuando se escuchó el chirrido de la puerta y apareció la figura rubia y macilenta de la mujer, metida en una pijama ancha de flores estampadas, con una vela encendida en la mano. Baldomero levantó la cabeza y esperó que la advenediza curioseara a satisfacción, o merodeara hasta percibirlo antes de salir horrorizada. Pero la mujer no mostró curiosidad. Y aunque pareció percatarse de su presencia no dio señales de miedo. Por el contrario, avanzó sin inmutarse, con pasos desganados, hasta llegar a la cama recostada en la pared lateral, y se dejó caer en ella. Sorprendido, Baldomero esperó pensando que, si bien no había sucumbido al miedo, se cansaría de la soledad y el silencio inquietantes del lugar y al cabo de un rato se marcharía. Pero transcurrió la tarde y pasó la noche sin que la mujer se levantara de la cama ni diera muestras de actividad, a no ser algunos cambios de posición sobre el colchón.

Al día siguiente permanecía allí, y al llegar la segunda noche todavía no daba muestras de querer abandonar la habitación. Incómodo, sin poder concentrarse en sus investigaciones, Baldomero decidió, por primera vez, recurrir a métodos inusuales. Se movió agitadamente por la habitación, levantando todo el viento que le fue posible hasta crear un torbellino que hizo caer las porcelanas ajadas de las repisas carcomidas y puso a pendular los cuadros colgados en las paredes. Pero la mujer apenas giró la cabeza, miró con indiferencia el movimiento de las cosas, sostuvo por un instante la mirada en el punto exacto donde él se encontraba, y volvió a su quietud melancólica.

Una semana después todavía no se había ido. A duras penas se levantaba para recoger los platos de comida que alguien dejaba en la puerta y que iba acumulando casi sin tocarlos sobre la mesita de noche. Sus únicos movimientos y sonidos palpables eran las convulsiones del pecho que coronaban eventuales raptos de llanto. No hacía nada más. Parecía querer consumirse en la quietud y si no fuera por la evidencia de su materialidad se la habría podido confundir con un fantasma más. Algunas veces pasaba por la habitación un médico que trataba de darle medicamentos o convencerla de algo con palabras que Baldomero no comprendía y que ella desestimaba.

A pesar de sus bajas vibraciones, el cuerpo de la mujer emitía una radiación que inundaba la atmósfera y se adhería al aura fantasmal de Baldomero impregnándola de cierta pesadez de sentimientos y emociones, ecos de una memoria lejana que le hacían sentirse extraño de sí mismo. Ese hecho había disminuido notablemente su capacidad de aplicación a los estudios. Desesperado, pensó que debía tomar medidas radicales. Solo que no sabía cuáles.

Ella misma le dio una idea la mañana en que el médico entró a la habitación y empezó a reconvenirla. La mujer escuchó al doctor con gesto huraño durante un rato y de un momento a otro, con inusual enjundia, se lanzó sobre el hombre y lo sacó a empujones. Baldomero observó la escena asombrado y permaneció pensativo el resto del día. Al caer la tarde, cuando la mujer se incorporó para trasladar el plato de comida intacto desde la puerta hasta la ringlera de la mesita de noche, se abalanzó sobre ella con todas sus fuerzas, aplicando la energía en dirección a la puerta. Pero pasó de largo a través de su cuerpo. Incrédulo, volvió a intentarlo con igual resultado. Luego de varios enviones infructuosos fue a recogerse en un rincón del cuarto y permaneció meditabundo, atribulado, tratando de digerir la repentina revelación de un hecho con el que había vivido durante un siglo y medio sin prestarle atención: no tenía cuerpo. Pensó profunda y largamente en el asunto y los pensamientos lo llevaron a comprobaciones aún más graves: si no tenía cuerpo no era una persona. Si no era una persona no podía ser otra cosa que una “no persona”. Una “no persona” que sin embargo sentía que existía. Pensó más y más hasta llegar a la cruda y categórica conclusión de que su existencia no era más que el producto de una simple opinión subjetiva. Este descubrimiento lo desmoralizó.

A partir de ese día renunció a los pensamientos voluntarios y despojó de cualquier énfasis la idea de su propia existencia con el objetivo de comprobar si “él” era “algo” más allá de su particular convencimiento. Abandonó los libros y se dedicó a gravitar sin ningún esfuerzo ni intención, impregnándose cada vez más de la energía vegetativa de la mujer de la cama.

La completa entrega al abandono difuminó día a día su presencia fantasmal. Una tarde, el aura despojada de voluntad en que se había convertido fue arrastrada por el viento a través del corredor central de la casa y en el trayecto se encontró con el licenciado Dudamel Beriátegui que venía quejándose de sus puñaladas, en dirección contraria. Baldomero se dispuso con desgano para el rutinario saludo, pero Beriátegui no solo siguió de largo sin verlo, sino que cruzó a través de él con un temblor y luego huyó aterrado, como si lo persiguieran para volverle a matar. En otra ocasión flotaba desprevenido por los alrededores del patio trasero cuando Wenceslao Batista, duque de Cardonia, emergió de la alberca y luego de mirar un rato hacia el sitio por donde pasaba Baldomero, se desató en gritos histéricos preguntando a quién pertenecía la sombra que lo acechaba y qué quería de él.

Los fantasmas de la casa convocaron a una reunión para hablar de las cosas extraordinarias que estaban sucediendo, y Baldomero, que había decidido no volver a salir de la habitación, escuchó pegado a la pared, junto a la mujer que yacía mirando al techo. Dudamel Beriátegui y el duque de Cardonia dieron cuenta de lo ocurrido en el corredor y junto a la alberca; pero, además, la señora Marina Valdetierra de Goyenechea habló de una presencia misteriosa que solía deambular por la cocina, y Juanita Beriátegui dijo haber sentido en varias ocasiones una corriente de aire enrarecido que se movía por los alrededores de la sala principal y le producía escalofríos. Baldomero se sorprendió porque no recordaba haber visitado la cocina ni la sala en los últimos días. Entonces empezó a oír un murmullo de risitas burlonas a sus espaldas. Al girar se encontró con un corrillo de presencias transparentes, de una invisibilidad mucho más sutil que la de los demás habitantes de la casa, que cuchicheaban entre ellas y lo miraban con sorna. Reconoció a varios espectros de los que había oído hablar o sobre los que había leído, pero a los que nunca había visto en persona: Fernando de Espronceda, suicidado en la buhardilla en 1867; la marquesa Jacinta de Arteaga, muerta de pena moral después de la decapitación de su prometido en 1794; Arturo Villanueva, próspero comerciante, atacado repentinamente por una inexplicable melancolía que lo llevó a la muerte en 1876, y junto a ellos, otros dos seres sin señales particulares, de los que nunca había tenido noticias. El desprecio con que lo miraron no excluía, sin embargo, cierta sonrisa de complicidad, y en ese gesto Baldomero comprendió su nueva condición: había entrado en un segundo nivel de la inmaterialidad, el mundo de los fantasmas de los fantasmas. Pero no pudo corroborar el descubrimiento ni aclarar dudas con sus nuevos compañeros porque estos abandonaron la habitación entre risas socarronas, sin la delicadeza de una despedida.

Más que un cambio ostensible el nuevo estado suponía una variación en la calidad de las percepciones. Seguía en la habitación, al lado de la mujer, solo que ahora la veía desde una lejanía que no era espacial. Una distancia de sensación. Notó que en ese nuevo nivel los pensamientos eran más livianos e informes. Pero seguían siendo pensamientos, y aún le pesaban y le apremió la urgencia de ser todavía menos; o dejar de ser todavía más.

Buscó con mayor asiduidad la cercanía de la mujer, con la esperanza de que su aura desalentada lo contagiara de una mayor inexistencia. Se abrió por completo a la energía que de ella emanaba y gravitó a su alrededor durante largas jornadas, atento a cada pestañeo, a cada precario movimiento, a cada leve sollozo, buscando las claves de la absoluta lasitud.

Una noche volvieron a aparecer en la habitación, sin anunciarse ni saludar, Arturo Villanueva, la marquesa Jacinta de Arteaga y Fernando de Espronceda. Por la algarabía y el aspecto desmañado parecían venir de alguna fiesta. Se movieron por el cuarto como Pedro por su casa, persiguiéndose y bromeando, indiferentes a la presencia de los habitantes del lugar. Baldomero, molesto, pero con tono educado, los instó al silencio y pidió respeto para con él y su compañera, pero los advenedizos siguieron su juerga como si no existiera. En principio adjudicó el desaire a la grosería que parecía característica en los fantasmas del segundo nivel. Pero luego de que, harto de la barahúnda, se les plantó en frente y los interpeló con dureza sin recibir indicio alguno de haber sido escuchado cayó en la cuenta de que no lo percibían. Cuando se cansaron y salieron a seguir su fiesta en otra parte, él permaneció quieto al lado de la cama, en medio de un silencio nuevo y una tranquilidad extraña que lo inquietó. Miró a la mujer para comprobar si había notado algo, pero ella había vuelto la cara hacia la pared. Entonces miró hacia el techo y vio flotar, ceñidas a las viejas barandas de madera, un grupo de siluetas traslúcidas, delectables apenas por las ondas de aire que desplazaban al moverse. Bajaron haciendo círculos y lo rodearon hasta confundirlo en su aura imperceptible. En ese extraño ritual reconoció la bienvenida a un tercer nivel de insustancialidad. Permaneció una temporada en esa instancia. Pero aún en ese limbo impersonal siguió sintiéndose a sí mismo y no cejó en sus propósitos de disolución.

Después del mundo de los fantasmas de los fantasmas de los fantasmas habitó el de los fantasmas de los fantasmas de los fantasmas de los fantasmas y por esa vía continúo desdibujándose sin pausa hasta llegar a un estado tal de imperceptibilidad que incluso dejó de ser percibido por la mujer de la habitación.

Empezó a sentirse casi nada, y eso lo llenó de optimismo. La idea de un tal Baldomero González se disgregó hasta convertirse en una vaga intuición, apenas el bosquejo de una generalidad.

Entonces ocurrió el cataclismo. Una explosión abrupta zarandeó el espacio en ondas violentas, con una estridencia apocalíptica que él recibió complacido. Pero pasado el estruendo y reinstaurados el silencio y la quietud, se descubrió todavía allí. La explosión había detonado en los estratos más bajos de la materia con una fuerza descomunal que repercutió capa por capa hasta llegar a los niveles de silencio casi blindado en los que él levitaba. Se asomó a través de las capas y vio la habitación, la cama y el cuerpo rígido, estrictamente material, de la mujer melancólica. Vio a la familia reunida alrededor de la cama y al médico junto al cuerpo dando palabras de consuelo.

Había muerto de manera contundente. La cantidad de abulia y desgano concentrados en su espíritu eran de tal peso y consistencia que al liberarse de los amarres del cuerpo se había desplomado en la muerte como un colosal meteorito, ocasionando una explosión cataclísmica que removió los cimientos del mundo espiritual. Baldomero vio entrar en el mundo etéreo a la recién nacida fantasma y no le fue difícil prever que esa poderosa corriente de desaliento pasaría pronto al segundo nivel de invisibilidad y luego a la instancia de los fantasmas de los fantasmas de los fantasmas, y seguiría desvaneciéndose hasta que al cabo de quién sabe cuánto tiempo llegaría al nivel de las ideas apenas intuidas, de los suspiros, donde él se mantenía sin disolverse.

En medio de los últimos ecos de la onda explosiva vio formarse en el aire un pensamiento de bordes difusos que al principio atribuyó a un capricho del espacio y luego reconoció surgido de su propia sustancia. Ese pensamiento decía que alguien llegaría para acompañarlo en el camino incierto de la inasequible disolución. Se puso a esperarla.

No se sabe si llegó o si él aún espera, porque a partir de ese momento la historia se pierde en la zona encriptada de los archivos evanescentes del mundo fantasmal. Nada conocemos sobre el desenlace de esa energía triste que un día se materializó en el cuerpo de una mujer, ni de aquella que en un momento recibió el nombre de Baldomero González. La información a la que tenemos acceso apenas nos permite dar cuenta de la vida en los primeros niveles, donde los fantasmas siguieron trajinando, indiferentes a preocupaciones metafísicas, ocupados con sus funciones, sus rituales y sus particulares tribulaciones. Habría que escribir un tomo para adentrarse en la historia de cada uno. Por ahora basta recordar que, por más liviana que su presencia aparezca ante nuestros ojos, la existencia de ningún fantasma está exenta de graves complicaciones y pesadas responsabilidades.

*Este texto hace parte del libro Malabarista nervioso publicado este año por Planeta.