Archivo restaurado

Universo Centro 047
Julio 2013

Mercado, Plaza Mayor. Pastor Restrepo. 1880.

De los toldos a los centros comerciales

Por ORLANDO RAMÍREZ CASAS
Fotografías del Archivo Biblioteca Pública Piloto

En mi niñez había en el país algo así como 22 departamentos, y varias intendencias y comisarías que se denominaban “territorios nacionales”. Antes de yo nacer, un tío que se había ido para el Meta y radicado en Villavicencio, que quedaba por allá en la selva, regresó a Medellín tuberculoso para internarse en el Hospital La María en el barrio Castilla, en el noroccidente de la ciudad, donde murió por los días en que inauguraban el Cementerio Universal cercano a ese hospital. Su tumba estuvo marcada con el #3 y se la llevó el ensanche por falta de dolientes, porque mi abuela Valentina Restrepo y sus otros hijos vivían en el barrio Buenos Aires, en el extremo oriental, y eso quedaba muy lejos para estar visitando sus restos. No lo incineraron, porque en ese entonces no había hornos de cremación, pero tampoco lo enterraron en el Cementerio de San Lorenzo, el de los pobres, porque no era cuestión de pasear un cadáver infectado con el bacilo de Koch esparciendo contaminación por todos lados.

Valentina Restrepo, mujer pobre, provenía de los Restrepo ricos. Todos los Restrepo, incluidos los descendientes de esclavos que tomaron el apellido de sus amos, debían su “estirpe” al extremeño don Alonso López de Restrepo, que llegó a América en 1646, siendo muy joven, y se radicó con su primo Marcos en el Valle de Aburrá, donde en 1675, cuando la regente española doña Mariana de Austria la declaró “Villa de Medellín”, ya eran personajes distinguidos e influyentes. ¿Por qué Alonso y Marcos López de Restrepo, par de jóvenes aventureros, se radicaron aquí y no en Santa Fe de Antioquia? Porque eran pobres. No tan pobres que no tuvieran con qué comprar un pedazo de tierra, pero sí como para no poder comprarlo cerca del poblado donde estaba la civilización. Entre su terruño y el poblado central había un trecho que debían recorrer en mula por una trocha, y tardaban su buen tiempo y no la hora y cuarto que se tarda un automóvil hoy en día por la vía del Túnel de Occidente. No sé cuánto tiempo gastaban en ese recorrido para ir a comprar las cosas de mercado que no se conseguían en su finca, pero sé que de Santa Bárbara a Medellín, dos siglos después, los arrieros “se gastaban seis jornadas madrugando desde las 4 am y parando después de las 6 pm. Y eran muchas leguas de camino a pie, con mulas cargadas y ajustando cabezales, sobrecinchas, enjalmas, pretales, baticolas, reatas y retrancos, que no es lo mismo que viajar sin estorbos. Una legua, con sus 5.572 metros, está más cerca de las tres millas que son 5.556, que de los seis kilómetros. Pero ellos no medían la distancia por leguas sino por ‘tabacos de camino’, es decir el recorrido mientras fumaban un tabaco…”

Plaza de Flórez. Gabriel Carvajal Pérez. 1958.

El concepto de pasaje, aplicado al comercio, apareció en los años sesenta. El terreno de lo que quizás había sido una amplia casa, como muchas, con solar al fondo capaz de albergar vacas, animales de corral, caballeriza y cochera, fue loteado y dividido en locales comerciales con dos puertas de acceso comunes a todos ellos, una por Junín y otra por Maracaibo. Varios comerciantes se quebraron en ese lugar antes de que la ciudad desarrollara la cultura de recorrer ese tipo de establecimientos para hacer sus compras, al punto que algunos denominaron al pasaje Junín- Maracaibo “el túnel de la quiebra”, tomando el nombre del túnel que daba paso al ferrocarril de Puerto Berrío.

Mucho tardaron esos negocios en volverse rentables, y fue ese nuestro primer centro comercial aunque no cumpliera con los parámetros que hoy aplicamos para tal denominación. Para merecer el nombre de centro comercial tuvo que unirse con los que fueron construidos posteriormente en lo que era el Club Unión.

En 1972 se construyó el que tal vez fue el primer centro comercial de Colombia: el Centro Comercial San Diego. Hoy en día un local allí vale una millonada, pero por entonces muchos comerciantes perdieron sus ahorros mientras la gente adquiría la costumbre de comprar en ese tipo de negocios; era gente que todavía viajaba al puerto libre de impuestos que era la isla de San Andrés con el propósito de broncearse y traer un equipaje compuesto por electrodomésticos y otros artículos comprados a bajo precio.

Entonces hicieron su aparición los llamados sanandrecitos que los contrabandistas establecieron para ofrecer las gangas de San Andrés sin necesidad de viaje. Los sanandrecitos proliferaron, y muchas casas y negocios comerciales de Guayaquil fueron subdivididos y acondicionados en locales más pequeños, que se unieron, de manera informal, por pasadizos y puertas de acceso, para conformar lo que hoy en día se conoce como “El Hueco”. Dicen los que saben que allí se consigue de todo, y muchas señoras de postín hacen sus compras en esos puestos porque, según sus cuentas, obtienen un ahorro considerable, aunque no todo el mundo se le mide a ese sistema de compras abigarradas. Mientras tanto, el Centro Comercial San Diego adquirió vuelo como lugar de compras para quienes preferían pagar un poco más por la comodidad de transitar frente a las vitrinas y la facilidad de sentarse a descansar. La idea de las compras o el simple vitrineo como un plan familiar y un ritual social comenzaba a consolidarse.

Gabriel Carvajal Pérez.

Fue ese el momento en que surgió el concepto actual de lo que es un centro comercial. Alguien calculaba, no sé con qué bases, que hay más de 250 en Medellín, pero la cifra oficial, según Fenalco, es de cincuenta centros afiliados. Bajar al centro de la ciudad dejó de ser una costumbre y una obligación, y ahora el centro comercial es el santuario de peregrinaje para muchos medellinenses, donde no solo van de compras sino también a comer, a lolear, a afilar el ojo y las ganas.

Naturalmente, lolear viene de Lola, que quizás fue alguna señora de esas que mucho miran y por todo preguntan pero, a la hora de la verdad, no compran nada. Ese apodo debió ser acuñado por las vendedoras de los almacenes que también se inventaron el apellido de la familia Miranda. Aunque, también se me ocurre, lo de lolear pudo venir de las jovencitas atractivas y sexis, como la Lolita de Nabokov, que se pasean por los centros comerciales. Porque los centros comerciales son también pasarela de modas y sustitutos de los bazares parroquiales y las procesiones de Semana Santa a los que los muchachos de mi época íbamos a conseguir novia. Hay que ir a El Tesoro, a Oviedo, al Santa Fe, a Unicentro, a Los Molinos, para ver la pléyade de estrellitas criollas que parecen sacadas de portadas de revista. Los comerciantes opinan que el loleo es un gancho y que detrás del loleo viene la venta: “los loleadores lo mínimo que compran es un helado y un cucurucho de crispetas”.

Es curioso ver cómo algunos terrenos cambian de vocación. Los que fueron grandes teatros para la exhibición de películas se han convertido en lugares de oración para las sectas evangélicas; los espacios de la silletería fueron reemplazados por sillas plásticas fáciles de apilar, y el telón de proyecciones se transformó en el púlpito de los pastores que predican la conversión.

Así mismo, varios centros comerciales y almacenes de grandes superficies han sido construidos en lo que anteriormente eran fábricas textileras, como Tejicondor, que hoy alberga a Makro, Carrefour y Home Center; como Fatelares, frente a la Plaza de Mercado Minoritaria, donde acaba de construirse un nuevo centro; como Vicuña, donde se construyó el de Los Molinos; y como Everfit, donde acaba de abrirse el Centro Comercial Florida.

Los Molinos fue un centro comercial que marcó otra revolución. Hasta ese momento, los centros comerciales se construían en lugares estratégicos donde pudiera llegar la gente de altos ingresos, que era la que solía comprar en ellos. Los Molinos quedaba lejos de las viviendas de altos estratos, y estaba más próximo a los barrios Las Mercedes y Las Violetas que a Laureles. En Laureles estaba Unicentro, ¿para qué caminar más? Pero se construyó sin estrecheces ni economías, con el propósito de hacerlo, más que un lugar de compras, un sitio agradable de paseo, un punto de encuentro, y arrancó de una; desde un principio sus comerciantes mordieron el éxito, y esto marcó una pauta.

El concepto pegó, y acaba de inaugurarse el Centro Comercial Florida, lejos de las viviendas de estrato seis. ¿Qué hace un centro comercial moderno en ese lugar? ¡Llenar un vacío! La populosa concentración poblacional del noroccidente está empezando a colmar los comercios de un centro construido con gusto arquitectónico y variedad de servicios. Se está convirtiendo en lugar de moda para el loleo, y la gente va allí a desayunar, a tomar el algo, a cine, a ver a otros y a dejarse ver.

En las ciudades intermedias los centros comerciales se han transformado en una especie de graduación citadina, y los pueblos olvidan el marco de la plaza cuando levantan su Multiplex; en las grandes ciudades es la forma en que la clase media recién conformada pasea un rato en el escenario de los comerciales de televisión. Para unos es el entretenimiento bajo el orden y las reglas de los comerciantes; para otros es sencillo entretenimiento.

Centro comercial San Diego. Gabriel Carvajal Pérez. 1975.