“¿Cómo se pueden pelear por un trapo?, ¡qué bobada hacerse matar por una tela en un partido! ¡Esos que van y sostienen un trapo y cantan todo un partido en las tribunas populares son solo vándalos!”. Nadie es ajeno a estas expresiones que se oyen con frecuencia en los programas deportivos cuando hay un tropel en una tribuna, en una carretera, en las afueras de un estadio. La conclusión es la misma: “El fútbol es solo un deporte, como puede pasar esto o aquello”. Pero sabemos que alrededor del fútbol se juegan mucho más que los puntos y las barras pueden ser parche, religión, colectivo y propósito para miles de jóvenes que se sienten excluidos de todos los juegos.
Pero no quiero aburrirlos con intentos sociológicos ni mucho menos iniciar un adoctrinamiento de amor por el fútbol, volvamos a las frases iniciales: ¿cómo se pueden pelear por un trapo?, ¡qué bobada hacerse matar por una tela en un partido! Acá me detendré. Quiero enfocarme en las palabras trapo y tela como lenguaje de nuestra cotidianidad y elementos identitarios de una persona o un espacio, como es el caso del trapo de la cocina para una mamá, el trapito que se le enrolla al bebé para que pueda dormir, esa camiseta vieja que ya casi es trapo y que nadie quiere sacar de su clóset, o el señor del trapo rojo, ese oficio del rebusque que por estas épocas decembrinas es tan común en las calles.
Asimismo, el trapo en el fútbol es la materialización de la pasión y el amor que se tienen por los colores de un equipo, una mística que se construye muchos días antes de verla exhibida en una tribuna durante un partido. “Esta noche por ejemplo lo que van a ver en la tribuna es una preparación de días. Elegimos qué trapos van según el momento del equipo, por ejemplo, hoy ponemos: ‘Vamos todos juntos’, pero cuando el equipo va mal se saca: ‘Esto es Nacional y aquí se deja la vida’”, me cuenta CIE, uno de los líderes de la barra Los del Sur y coordinador del combo Los de trapos, quien llegó al estadio en 1998 con un trapo que decía “CIE presente”, realizado en una clase de arte en el Colegio Isolda Echavarría, de ahí su apodo.
Estamos sentados en una tienda del barrio, donde me recibió CIE, en toda una esquina rodeada de muros pintados con escudos, banderas y rostros de ídolos del Atlético Nacional, y aceras pintadas de verde y blanco por una muchachada que, con sus camisetas o sin ellas, refleja en su piel el amor por su equipo. Me paro y camino hacia los furgones donde suben los instrumentos musicales, las banderas y las tulas. Hoy en la noche más de doscientos trapos vestirán la tribuna Sur del estadio Atanasio Girardot, en el partido de ida de la semifinal de la Copa Colombia. Pasadas tres horas desde que llegué a la tienda, por fin se escucha el grito por parte de Betón, uno de los más activos en organizar el camión de los trapos, donde vamos Muto, el fotógrafo, y yo: “Nos vamosss”.
Desde que salimos, una caravana de motos y carros conducidos por hombres con camisetas verdes y blancas irrumpe por las calles. Dentro del camión se da el primer pitazo para iniciar el partido de la noche, todo lo que pasa ahí marca el ritmo de la fiesta popular que trae un clásico a la ciudad. Voy sentado sobre las banderas, al lado de Betón, que está recostado en el fondo del volco mirando hacia afuera, barrista desde los once años -tiene treinta-, va sin camisa, lleva tatuado, desde su pecho hasta el brazo, el nombre del combo al que pertenece, Los de trapos. Usa las láminas de aluminio del furgón como bombo para animar a los otros hinchas que están con nosotros y darles ritmo a los cánticos durante el recorrido hasta el estadio. “Vamos, muchachos, el partido se comienza a ganar desde acá, con nuestra voz, vamos, cantemos con fuerza”. Como si fuera una ola que regresa a la playa con más fuerza, los cánticos y saltos en el viaje son cada vez más intensos, y más cuando la ronda de arengas y cantos llega a uno en particular que les sale desde lo más profundo del estómago y les hace marcar las venas de la garganta, cerrar los ojos y mover las manos con tanta fuerza que parece que se fueran a desprender del cuerpo: “Somos de Los de trapos, somos el corazón de toda la barra, la que pega los trapos y no pide nada, la que arma la fiesta en el gallinero, la que sacó bandera en el Pascual Guerrero, somos Los de trapos…”.