Número 139 // Mayo 2024

Más de doce millones de africanos fueron arrancados de su tierra y embarcados forzadamente al Nuevo Mundo. Dos millones de ellos perecieron en el Atlántico, mientras los de diez millones restantes llegaron a América para ser esclavizados. Las historias de estas personas aún siguen vivas en los empolvados manuscritos que resguardan las series Escribanos (registros notariales) y Mortuorias (testamentos y actas sucesorias) del Archivo Histórico de Antioquia. Gracias a un esfuerzo conjunto entre instituciones académicas esas infamias y tragedias están viendo la luz a través de la digitalización documental. Aquí, retazos de estas voces soterradas de una Antioquia negra.


Las dos Marías

Por FELIPE OSORIO VERGARA
Ilustración de Mónica Betancourt

La voz de esta raza africana tiene una melancolía y una ternura tan profundas, que se dijera que la informa y la inspira la nostalgia ancestral de esa libertad, de esos bosques y de esa patria, perdidos para siempre.

Tomás Carrasquilla en La Marquesa de Yolombó.

María Conga, de veinte años, y María Arará, de treinta, habían entrado a Medellín. No las esperaban calles de honor, ni tañer de campanas de bronce, ni mucho menos venias o misas cantadas, como sí recibían con solemnidad y lisonja a las gentes blancas recién venidas de la Península. A ellas, consideradas no más que bienes muebles, solo más caras que una recua de mulas o unas yuntas de bueyes, las aguardaba el rejo y el azote, el trabajo interminable, el desarraigo perpetuo y la violación sistemática de sus cuerpos. 

Ese día de junio de 1699 ambas mujeres fueron entregadas al alférez Juan de Toro Zapata, quien las había comprado por cuatrocientos pesos de oro de a veinte quilates, a un plazo fiado de diez meses. Las mujeres esclavizadas entrarían a engrosar los bienes de este personaje, poseedor de un alto estatus económico y social, a tal grado que era miembro del Cabildo de Medellín. Pero este solo era el fin de un largo viacrucis que había comenzado meses antes en las costas de la distante África Atlántica. 

María era de linaje congo, por lo que procedía de la zona centro occidental de África, territorio donde se asentaba el Reino del Congo. Su tocaya, en cambio, era de nación Arará, originaria de Benín, en aquel entonces Reino de Dahomey. Desde niñas, ambas debieron vivir con el terror de ser raptadas, pues la trata esclavista ya era un hecho en sus tierras. 

La historiadora Paola Vargas explica que, en el tráfico transatlántico, la demanda siempre fue europea, y que los líderes fueron, en ese orden, portugueses y brasílicos (blancos hijos de portugueses nacidos en América), ingleses, holandeses, franceses, daneses y españoles. Mientras que las grandes masas de personas africanas, a las cuales María Congo y María Arará pertenecían, participaron como esclavizados o como tripulantes subordinados en las embarcaciones. Mayoritariamente, a los reinos africanos se les negó tanto el acceso al oro y metales americanos, como a los navíos, por lo que participaron como subalternos del tráfico esclavista.

Aunque África tenía grandes ciudades, de la talla de Tombuctú, gran parte de las capturas de personas se daba en pequeñas aldeas desperdigadas en los meandros de los ríos, donde se vivía de la agricultura, la pesa, la herrería o el comercio. Hasta allí llegaban los captores en grupos que, como jinetes del Apocalipsis, lanzaban atarrayas para atrapar a sus víctimas, o también usaban lazos para apresarlas del cuello, cual si fueran ganado. Probablemente las dos Marías tuvieron un inicio como estos, y vieron a sus poblados ser asolados por la trata esclavista, mientras ellas mismas, amarradas de pies y manos, debieron despedirse para siempre de sus hogares.

Las naos de la muerte

Los captores, que podían ser europeos, africanos o mestizos de europeos y africanos, llevaban a los cautivos en largas filas, encadenados unos a otros, hasta la costa, donde eran vendidos. Los embarcaban en las bodegas de los bergantines europeos, bajo la cubierta, en fosas oscuras, donde, para evitar motines, se esposaban de dos en dos y se encadenaban con grilletes en los pies, apeñuscándolos en minúsculos espacios que impedían si quiera moverse. Las mujeres eran separadas de los hombres, y aún dentro del barco eran víctimas de violaciones por parte de marineros y capataces. 

La falta de higiene y salubridad, la deficiencia en la alimentación y las epidemias se cobraban la vida de muchas personas, cuyos cuerpos la tripulación lanzaba por la borda. La mortalidad dentro del barco era de alrededor del dieciséis por ciento que, en palabras castizas, se traduce en casi dos millones de africanos muertos en el océano Atlántico entre los siglos XVI y XIX, cifra aceptada y recogida en la Base de datos sobre el comercio transatlántico de esclavizados

Tras dos meses de viaje, el entrepuente del barco terminaba por ser un sofoco de miasmas, una hediondez de heces fecales, sudor, vómito, orina, sangre y restos de comida. Los tobillos y las muñecas se ulceraban por las cadenas, y eran foco de infección que, sumada a la disentería, el escorbuto y la viruela, diezmaba la carga. La melancolía por el desarraigo, la privación de la libertad y las fracturas familiares también se llevaba a muchos, que preferían sucumbir de hambre antes que ser esclavos. 

Además del agua, las raciones de comida se conformaban de casabe de yuca, gachas de harina de ñame, arroz o maíz, y de vez en cuando tasajos de carne salada y pescado seco, con algunas cucharadas de aceite de palma. Pronto, los esclavistas se dieron cuenta de que el desaseo, la quietud y la oscuridad aumentaban la mortalidad, por lo que buscaron estrategias para paliarlos: bañar con vinagre a los esclavizados, sacarlos por pequeños grupos a cubierta para que recibieran sol y aire, y obligarlos a bailar y cantar para desentumir sus músculos. 

Durante el viaje, se solían hacer escalas para reaprovisionarse en islas como Cabo Verde o Santa Helena, y ya en América, en Jamaica o islas caribeñas antes de retomar el viaje a Cartagena o Riohacha, en la Nueva Granada. 

La venta 

María Conga y María Arará fueron transportadas en el bergantín de Juan de Acero, nave que reportaba haber viajado con cuatro toneladas de peso. Llegaron a Riohacha a finales de 1698. Eran dos de las más de diez millones y medio de personas africanas que sobrevivieron el viaje y llegaron a los puertos de América durante la época virreinal. 

Como era costumbre, el barco debió revisarlo algún funcionario del puerto quien, tapado con trapos para el mal olor, verificaba las bodegas de la nave para certificar que no hubiese contrabando y daba el visto bueno para desembarco o, en caso de pestes, ordenaba dejarlo en cuarentena, anclado cerca de la costa. Puede imaginarse a las dos Marías amarradas, siendo empujadas para subir la escotilla y después para bajarse del barco directo al muelle. Agotadas, entumidas, aturdidas y encandelilladas por la luz solar. Sintiendo tierra firme tras largas semanas de mareos y zarandeos marítimos. De allí, serían llevadas a unos barracones, donde eran recibidas por otros esclavos con naranjas y limones para aliviar el escorbuto. 

Después, los esclavistas ordenaban asearlas y darles ropa. Se les dejaba varios días, mientras recuperaban fuerza y sus cuerpos se veían más robustos para la venta. En su estancia en los barracones se les marcaba con un hierro candente en un brazo, hombro, espalda o incluso mejilla, que indicaba la compañía que los había importado, que en este caso se hizo a través de la Compañía Real de Guinea. Luego, tan pronto los impuestos eran cancelados a la Real Hacienda, se marcaban de nuevo para sustentar su ingreso legal a la Nueva Granada. “Cuatro toneladas de negros trajo a esta ciudad Juan Acero en un bergantín, los cuales, con los demás, marqué con la marca en esta Real Contaduría de mi cargo”, certificó en octubre de 1698 Marcos Pereira Pimienta, juez oficial de la Real Hacienda en Riohacha.  

Previo a la venta, se les debió realizar el palmeo: una suerte de examen en donde se les desnudaba y se les revisaban sus ojos, boca, dientes, extremidades y genitales para tasar su valor. No faltaban las ocasiones en que se les aplicaba aceite de palma para hacer sus cuerpos más brillantes y atractivos para los compradores.

Ambas Marías fueron compradas el 2 de octubre de 1698 por Juan Sáenz de Pontón, que residía en la Ciudad de Nuestra Señora del Rosario y San Miguel de Tamalameque, cuyo nombre era más largo que la verdadera extensión del poblado, no más que una villa asentada en las márgenes inundables del Río Grande de la Magdalena. “Por lo que toca al asiento de negros, que está a cargo de la Compañía Real de Guinea hecha con su majestad católica, dos negras y dos negritos, almas en boca y costal de huesos que vendí al capitán Juan Sáenz y Pontón, vecino de la ciudad de Tamalameque, marcados con la marca al margen”, aseguraba Gaspar de Andrada, administrador de la Real Compañía de Guinea. 

La expresión “almas en boca y costal de huesos” hacía referencia a que el vendedor no se haría cargo de defectos o enfermedades ocultas en los sujetos esclavizados luego de su venta, “queriendo decir que […] su venta era perfecta, aunque el negro fuera a exhalar el último suspiro o tuviera el alma en su boca, a punto de escapársele, y sus huesos pronto a ser metidos en un costal para llevar al cementerio”, explica el antropólogo Humberto Triana en Salud y esclavitud (siglos XVI-XIX).

Sin embargo, quien resultó tener el alma a punto de fugársele de la boca fue el amo, Juan Sáenz, quien falleció semanas después. Por tanto, su hermano Manuel, que fue su albacea, se encargó de vender a las dos Marías para recoger el dinero en metálico, posiblemente para gastos de la sucesión y posterior repartición de la herencia.

Página de la escritura de compraventa de las dos Marías. En el margen superior izquierdo, la marca GR, correspondiente a la Compañía de Guinea, y en el margen inferior izquierdo la marca real. Foto: Jacqueline Gutiérrez.

El remonte de la cordillera

La venta de las dos mujeres “bozales”, palabra que se utilizaba entonces para nombrar a los esclavizados nacidos y capturados en África, estuvo en manos del mercader Juan Frenes de Castro, oriundo de la villa de Medellín, quien fue apoderado el 7 de enero de 1699 por Manuel Sáenz para llevarlas hasta Antioquia y concertar la transacción. Cabe resaltar que en esos tiempos coloniales se recurría a los comerciantes para encargarlos de estos procesos, obviamente bajo jugosas comisiones, pues eran quienes mejor conocían los caminos y tenían contactos que facilitaban los negocios.

El transporte de las dos Marías debió realizarse desde Tamalameque buscando conectar con el tortuoso camino del Espíritu Santo, que unía Cartagena con Santa Fe de Antioquia, atravesando Mompox y bordeando el río Cauca. Era una travesía que, de acuerdo con la historiadora Paola Vargas, “según la época del año podía tomar incluso más tiempo que el mismo viaje transatlántico”. Eran zonas de ciénaga, donde el río Magdalena inundaba la depresión momposina y La Mojana, y era menester el uso de canoas. Ya en Antioquia, había que luchar contra la manigua del piedemonte de la cordillera Central y estar vigilantes a los grupos de salteadores. De Cáceres, se partía hasta Sabanalarga, luego a Sacaojal (hoy Olaya), para finalmente alcanzar Santa Fe de Antioquia, y de ahí seguir a Medellín. 

Era junio de 1699 cuando el calor del Cauca y el Tonusco anunciaba la cercanía de Santa Fe de Antioquia; era la última escala. En la capital provincial, el mercader Frenes hizo avalar el poder con el gobernador Francisco Fernández de Heredia y con el escribano Bernardo Sarrazola. Posiblemente, descansaron un par de días antes de tomar el Camino del Virrey, que conectaba con Medellín.

Las dos mujeres que, tras varios meses de ser compañeras de penurias debieron haber empezado a entenderse, bien en español o bien con algunas palabras en sus lenguas maternas, entraron a Medellín a mediados de junio. Era el fin de un viaje, pero el comienzo de otro: destino desventurado que las haría librarse de las manos de un amo, para caer en las de otro, y entrar de lleno al sistema esclavista antioqueño. 

“El dicho Juan Frenes otorga que vende realmente y con efecto al dicho regidor Juan de Toro Zapata, vecino de esta Villa, […] las dos negras esclavas llamadas María Conga, de edad de veinte años, y la otra María Arará, de treinta años al parecer; con todas sus tachas, malas o buenas, sujetas a servidumbre, sanas de sus miembros y de ojos claros, almas en boca y como huesos en costal, al fiado plazo […] de cuatrocientos pesos de oro de a veinte quilates”, redactó el 24 de julio de 1699 el alcalde de Medellín, Lorenzo Zapata Gómez de Múnera, ante los dos interesados y los tres fiadores de Toro.

El documento de escritura, resguardado en la serie Escribanos del Archivo Histórico de Antioquia, no revela qué pasó después del 24 de julio de 1699, cuando se asentó la compraventa a Juan de Toro, que afirmó que días atrás había recibido a satisfacción a las esclavizadas, pero puede inferirse que terminaron en el servicio doméstico de la casa de su amo, o cuidando de los hijos de este, como nodrizas. O quizá trabajando de sol a sol en los huertos y campos de maíz y frijol en alguna hacienda del amo; o, si la suerte no estuvo de su lado, serían enviadas a algún campamento minero a mazamorrear al río. Podían estar sometidas a violencia sexual, pues la esclavitud se perpetuaba por vía materna, así que, si el amo las violaba y resultaban embarazadas, el hijo sería esclavo.

Pero el rastro de una de estas dos mujeres no se pierde aquí. En el testamento de Juan de Toro Zapata, dado en la villa de Medellín el 13 de julio de 1716 y que se encuentra en el Archivo Histórico Judicial de Medellín, figura en su lista de bienes una “negra llamada María, de más de cincuenta años”, además de siete esclavos más. Esa edad hace pensar que, tal vez, podría tratarse de María Arará.

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Nunca se podrán saber los nombres africanos de estas dos mujeres, pues la primera muestra de violencia simbólica se manifestó con la asignación del nombre en español, María, negándoles su identidad, su origen y su cultura. Ellas, que llegaron forzadamente a esta tierra, son solo dos voces en la gran polifonía de relatos sepultados entre miles de expedientes coloniales, que son como cápsulas del tiempo o portales al pasado de una Antioquia engullida por el aparato virreinal hispánico. La historiadora Paola Vargas señala que en el periodo colonial provincias esclavistas como Cartagena, Popayán y Antioquia tuvieron una población constante de más del setenta por ciento de personas negras e, incluso, durante el siglo XVI este porcentaje ascendió hasta el noventa por ciento.

Los retazos de vidas africanas y afrodescendientes en Antioquia, como los de las Marías, son el corazón de una memoria colectiva que se ha querido negar, ocultar bajo el tapete, esconder detrás de rancios discursos regionalistas y de la falsa “raza antioqueña”, pero que es un secreto a voces, o en palabras coloniales, “público y notorio”: Antioquia es y ha sido negra.

Archivo vivo: voces libres entre grilletes y látigos

Muchas de estas expresiones rituales han llegado a nosotros gracias a las culturas cimarronas y mulatas que resistieron en palenques el régimen colonial y las imposiciones de la iglesia católica. Fueron legadas a sus hijos, de generación en generación. Por ejemplo, el bullerengue, baile cantado que, con su cadencia sonora, sus letras pegadizas y sus tambores, recuerda los orígenes africanos que aún perduran en Colombia. Sin embargo, de muchas de las muestras culturales africanas que llegaron a América solo nos queda lo registrado en archivos, escritos desde la mirada de los esclavistas colonizadores.

Archivos como el Histórico de Antioquia (AHA), ubicado en el Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe, alberga manuscritos desde 1568 hasta 2018, y conserva, entre caligrafías cortesanas, procesales y humanísticas diluidas en papeles artesanales hechos con trapos y algodones, las voces de una Antioquia negra. Pero estos viejos y empolvados legajos, guardados por siglos, y gracias a la Biblioteca Británica, con apoyo de la Fundación Arcadia, están viendo la luz a través de la digitalización.

La idea del proyecto surgió hace tres años, cuando la historiadora Paola Vargas, realizaba su investigación posdoctoral en la Universidad de Edimburgo, sobre la diáspora africana en Antioquia. El historiador Jorge Yepes la invitó a revisar las series Escribanos y Mortuorias, pues allí había documentación poco estudiada que daba cuenta de la trata de esclavos, su vida cotidiana y las genealogías africanas y europeas en el departamento.

Atendiendo al potencial de la documentación, se unieron Diana Paton, directora del departamento de historia de la Universidad de Edimburgo; Bethan Fisk, profesora en historia de la América Latina colonial e historia afrocolombiana de la Universidad de Bristol; y José Luis Vargas, profesional en gestión documental del AHA, para aplicar al Programa de Archivos en Peligro, el cual busca preservar el patrimonio cultural a través de la digitalización de archivos y su difusión gratuita en línea.

Desde agosto de 2023, en una salita del primer piso del Rafael Uribe Uribe, el equipo de digitalización se ha encargado de leer los arabescos y serifas, entender las rúbricas y firmas, catalogar, clasificar, inventariar, fotografiar y revisar decenas de miles de folios que van de 1606 a 1750.

Los historiadores Whiston Pérez y Kelly López se ocupan de la catalogación, donde contrastan los archivos con los inventarios documentales, mientras que su conocimiento en paleografía hispánica les permite obtener más datos de los manuscritos para su descripción. Jacqueline Gutiérrez, por su parte, fotografía, página a página, cada expediente. De este equipo, también formó parte la historiadora Victoria Orozco, que catalogó la serie Escribanos durante los tres primeros meses del proyecto.

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Antioquia es un departamento diverso, pero que, por mucho tiempo, solo ha resaltado su identidad de montaña, blanco-mestiza, católica y de herencia española. Gracias a esta digitalización, cualquier persona podrá acceder a esta documentación y rastrear sus orígenes afro. Además, dará voz a los relatos de estos sujetos que, por siglos, han sido excluidos de la memoria oficial; un ejercicio que, desde lo documental, busca la reparación histórica con esta población.