Número 136 // Septiembre 2023

Cementerio Universal, Henry Agudelo (1988). Archivo Fotográfico BPP.

Los muertos de nadie

Por MARÍA ALEJANDRA BUILES
Gestora Archivo Fotográfico BPP

En 1933 se inauguró el Cementerio Universal de Medellín. Después de mucho tiempo los pobres tenían su pedazo de tierra otorgada por el Estado para el descanso eterno, una alternativa para sepultar en un mismo lugar los muertos con mancha, los pecadores excluidos de la esfera social: los ateos, los homosexuales, los rechazados por los circuitos religiosos, un recinto funerario para los pobres sin linaje y sin identidad. Un terreno pensado al margen de los vivos, para albergar a los muertos de nadie.

Detrás de esa arquitectura funeraria planeada por el maestro Pedro Nel Gómez, los muertos desdichados de la ciudad se tomaron las bóvedas, las galerías, los sepulcros; con el paso de los años, ese camposanto se convirtió en el espacio en el que reposó el hedor de la violencia, la historia detrás del conflicto armado en Antioquia. Allí se resguardaron infinidad de restos, fragmentos de cuerpos sin identificar, pedazos de carne humana que quedaron al margen de la ritualidad cotidiana de la muerte y fueron a parar en fosas hondas en las que compartían terreno con una muchedumbre de difuntos desconocidos.

El Cementerio Universal empezó a conocerse como el de los N. N., en latín nomen nescio, es decir, “sin nombre”. Los anónimos del Universal configuraron un universo de signos y símbolos que develan la tragedia de una ciudad en guerra, cuerpos jóvenes, huesos trajinados entre el ir y venir de una fosa a otra, para terminar calcinados, desaparecidos, lejos de sus seres, ausentes. Cadáveres de nadie.

En los años ochenta, los ojos de Henry Agudelo siguieron de manera sigilosa la muerte en Medellín. En su paso frecuente por el Cementerio Universal encontró escenas escabrosas que quedaron perennes en su memoria, la cámara fue el medio para dejar un registro visual de lo inimaginable. La desgracia de morir, no ser reconocido y desaparecer en medio del fango de nichos o fosas. La desdicha de ser un muerto sin identidad.

La imagen en blanco y negro de una carretilla atestada de fémures, huesos rotos y un cráneo ultrajado que mira hacia el aparato que lo retrata, revelan la funesta esencia de la muerte a través del lente. Una carreta aislada, dispuesta en un potrero empastado, una imagen natural para los sepultureros, los panteoneros o los animeros, trabajo que a los ojos de muchos es espeluznante, pero que para ellos hace parte de su rutina laboral. Una foto que relata la realidad de muertos sin flores, sin rituales ni plegarias para subir al cielo. Un reposo eterno indigno y sin dolientes.

El destino de los restos acumulados en bóvedas era el mismo, ser polvo y olvido bajo tierra. Sin la suerte de ser reclamados por los deudos esos cuerpos se esfumaban. Después de reposar un rato en la carreta, la mezcla de huesos era depositada en una zanja vertical, honda y pantanosa, que tardaba horas en cavarse. El sepulturero voltea la carreta y los huesos caen en manada, unos sobre otros. “¿Cuántos desaparecidos se acompañarán en ese hueco?”, se pregunta Henry. El destino de cada fragmento de humano es el mismo, desaparecer. ¿Quién los busca? ¿A quién le duelen? Surgen las preguntas. Como diría Bécquer: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

En su moto, el Mono, como lo llamaban, desafió el entorno violento y se lanzó a disparar con su cámara los retratos más desgarradores, documentando cómo se consumía la vida de los jóvenes en los barrios de Medellín. Se inquietó por mirar la muerte con ojos de reportero después de convivir con ella todos los días. Retrató la frialdad de las lápidas, el hedor de los miasmas de personas perdidas en la morgue, la indiferencia frente a multitudes de muertos encostalados en los rincones del cementerio, las cicatrices y los meticulosos recortes de piel tatuada que servirían de evidencia para reconocer los cadáveres. Henry patrulló con su cámara por la ciudad dándole vida a la muerte.

El Cementerio Universal fue uno de los primeros espacios donde Henry le entregó su mirada aguzada a la muerte. En una amplia serie de fotografías dejó huella de un territorio fúnebre colmado de historias de violencia y desaparición forzada, de cuerpos sin identidad. Décadas después del registro de estas imágenes, el Cementerio Universal se convierte en un espacio de memoria, en una esperanza para las familias tener un vestigio de los muertos de nadie.