Stefanos y Artemis
En verdad fueron ocho botellas de vino. Pero pequeñas, porque Grecia ya no es el país de Dionisio y el vino es caro. En el bar Avli, el moderno punto de reunión de la juventud itacense después de las siete, no sonaba tango, por supuesto, pero tampoco Theodorakis ni música griega alguna. Como en cualquier bar del mundo, la selección iba de Queen a The Strokes. Una remembranza de la infancia oyendo MTV y VH1.
Allí, armando cigarrillos, Stefanos nos fue revelando los detalles de su vida. Se graduó hace años de físico y viene cada dos semanas a la isla a dar clases de matemáticas y ciencias, además de visitar a su madre y administrar la casa que arriendan por Airbnb. Después de la pandemia se fue a vivir con su pareja de Agrinio, a dos o tres horas de Ítaca, en tierra continental. Sin embargo, la graduación a la que más hace referencia a la hora de hablar de la situación de Grecia y de Ítaca es la del día en que se graduó de anarquista.
El día está grabado en la historia reciente del país. Fue el 6 de diciembre del 2008, cuando un policía mató a Alexandros Grigoropoulos, un estudiante de colegio como Stefanos. Entonces las protestas estallaron a lo largo del territorio. No solo por la brutalidad policial, por supuesto, la crisis económica global de ese año ya había afectado con fuerza a la nación y la frustración se acumulaba como dinamita esperando una chispa. Ese chispazo fue el asesinato de Alexandros. Su muerte afectó especialmente a los jóvenes griegos y en muchos pueblos los estudiantes protestaron frente a las estaciones de policía y se tomaron los colegios. Vathy no fue la excepción y Tomás y yo escuchamos con sorpresa que un evento en un barrio de Atenas afectó la aparentemente imperturbable calma de las paradisiacas y vacacionales Islas Jónicas.
Después, Stefanos vivió en Atenas, estudió en Creta y sirvió en el ejército a lo largo de las islas griegas. Quería viajar y experimentar la doctrina militar, para rechazarla.
¿Por qué volviste a Ítaca?, ¿qué tiene para hacer un físico aquí? Le preguntamos con cierta ingenuidad, víctimas del sesgo de las profesiones, como si un físico solo pudiera estar en la Nasa, en una universidad o en algún complejo ayudando a diseñar cohetes para volar a la luna o misiles para volar la Tierra. Al principio la respuesta fue sobria y simple: la madre y el estilo de vida.
¿El estilo de vida de quién?, le repusimos, casi acusándolo con la sensación de vacío que no nos había abandonado durante los primeros días en Ítaca. Ni siquiera aglomeraciones afuera de los templos, ni en las plazas, ni en lado alguno. Solo pequeños grupos en pocas cafeterías: ¿dónde estaba la gente?
De eso se trata, nos explicó Stefanos.
En invierno muchos itacenses se van porque se acaba el trabajo con el turismo y en la isla se está produciendo poco. Están dejando perder los olivos y las viñas. Por eso no hay mercado. Cada cual se encierra en su casa y no hay lugar ni razón de reunión. Vuelven en verano a vacacionar y a mover la industria turística.
Realmente, fue durante la pandemia que Stefanos volvió a establecerse en Ítaca. Muchos de los jóvenes itacenses volvieron por la contingencia. Durante ese tiempo, Stefanos y sus amigos intentaron “retomar la comunidad”. Caminar la isla. Reunirse. Pensar en qué puede ser de la isla además del turismo, cuando este falte o se acabe. Porque, lo saben, no va a durar para siempre. ¿Cómo es posible que ya no pesquemos? Pregunta Stefanos. Él pescaba cuando era niño, tal como los niños que Tomás y yo vimos con cañas esa tarde en la bahía, pero esa actividad lúdica no alimenta a la gente. Un pueblo de pescadores que ya no pesca. Olivos que no dan aceite. Viñas que no dan vino. Navegantes que recorren la isla en carro. Stefanos no sabe qué, pero algo quiere hacer al respecto.
A la conversación se une Artemis, la amiga de Stefanos que ha estado silenciosa. Bebemos mientras ella expresa su molestia con los que solo vienen locos por Odiseo. ¿Qué tiene que ver el antiguo patriarca con ellos?, ¿qué tiene que ver con la isla? Ni siquiera hay inversión en excavación arqueológica y en estudios serios sobre el asunto. En el norte hay una arrume de piedras y se dice que cerca debía estar la villa legendaria. ¿Pero eso qué cambia para la gente? Ellos, por lo demás, no tienen un contacto especial con esa cultura, solo es un buen producto. De Homero y sus poemas saben poco, acaso sobre una muerte que aparece en algún libro de escuela donde el héroe muere a manos de un hijo suyo que lo mata con su propia arma. Yo digo que eso viola las normas de la narrativa homérica y ella no se acuerda de la fuente, ¿qué importa al fin y al cabo?
Artemis nos habla de su trabajo, como para volver a la cuestión de las profesiones, las juventudes y sus territorios. Mientras Stefanos, el físico anarquista, da clases privadas de matemáticas y ciencias para jóvenes, Artemis tiene un trabajo como arquitecta. Su tesis, muy simbólica para el caso, fue en rehabilitación de ruinas. Para quienes construye, es algo que parece quitarle la sonrisa.
Stefanos nos llevó de vuelta en el pequeño carro de su madre. Nuestra casa quedaba al frente de la suya, en la calle Penélope. Esa noche decidió además mostrarnos el interior de su apartamento, el que había restaurado él mismo: el trabajo de la madera, la pintura, la cocina. Nos enseñó su biblioteca y entre ella su libro preferido: Homenaje a la Ítaca de la Resistencia de Lefteris Elefteratos, un relato sobre cómo los itacenses resistieron y combatieron a los nazis durante la segunda guerra mundial. “Aquí reconozco piedras en las que me he parado y hasta personas de las que conozco su familia, como el abuelo de Artemis”.
Es por esa noción de la Ítaca en resistencia que Stefanos se queda. Sonriente en su lucha silenciosa de crear un lugar en el que se pueda vivir y permanecer, una batalla cotidiana menos hollywoodesca que combatir a los nazis. No sea que un día, cuando no lleguen más los turistas, de nuevo solo queden en Ítaca las cabras, y todos tengan que irse a alguna barriada en Atenas a cambiar golpes o balas con la policía.