Número 134 // Mayo 2023

Antígona bajo el agua

Por CAROLINA LONDOÑO QUICENO
Ilustración de Tobías Arboleda

Para llegar a mi facultad siempre preferí la ruta que pasaba por la piscina. Cuando en la mañana tenía clase de seis entraba a la universidad faltando un cuarto, hacía una pequeña parada y sacaba un cigarrillo del bolso. Era mi pequeño ritual. La soledad era casi absoluta y en ese silencio me gustaba contemplar la imperturbabilidad del agua. A esa hora todavía estaba limpia y no tenía las escupas de quienes nadaban desde las siete.

En las tardes, si tenía un espacio entre clases, me sentaba en un muro alto desde donde podía verlo todo. La piscina olímpica era cruzada de lado a lado por los nadadores en estilo libre. Sus cabezas, cubiertas por gorros oscuros, salían del agua para respirar y luego se sumergían en medio de los brazos que hacían grandes círculos dirigidos desde los hombros. Había un segundo en el que las manos, en su punto más alto, parecían flechas elevadas hacia el sol. Las piernas hacían lo suyo impulsando los cuerpos y dejaban un rastro de espuma blanca que se diluía rápido. Veía todo como una fiesta de extremidades conectadas por esos movimientos repetitivos pero realizados en tiempos distintos. El agua que las recibía se agitaba como un gran animal azul.

Entonces sacaba otro cigarrillo y, sin afán, esperaba a que fueran las cuatro y media de la tarde. En su partida el sol cubría todo de un manto dorado, y en el espejo del agua intentaban reflejarse las nubes y los árboles altos que había detrás de la malla, aunque los nadadores en su paso deformaran sus figuras.

De niña iba a clases de natación. Todos los sábados, de ocho de la mañana hasta el mediodía, estaba nadando. No recuerdo haber tenido amigas. Tampoco recuerdo a mis entrenadores. Pero sí el ardor en los ojos, la piel tostada y reseca por el cloro. Las voces que se hacían murmullo cuando me hundía para hacer los ejercicios de respiración. El miedo de abrir los ojos. El miedo de cruzar la piscina entera. El miedo a la piscina. Por un tiempo tuve una idea mortal en la cabeza. Creía que en el suelo, justo en la mitad, había un hueco gigante que me succionaría. Por eso nadaba rápido de un lado al otro. Recuerdo mi esfuerzo inútil por respirar cada diez brazadas en vez de cinco, a mi pequeña yo esquelética intentando dominar esa masa enorme, siempre con la sensación de que el hueco me jalaría hacia abajo y me ahogaría.

Llegó un punto en el que me cansé de ir a entrenar. Tenía doce años y pensaba que había cosas más importantes que estar nadando. Cuando me propusieron pasar al grupo de entrenamiento profesional, dije que no. Mamá estaba decepcionada. ¿Vas a dejar tirados siete años? Sí, ma. Ella quería una hija deportista, una nadadora al menos, ya que no tuvo un hijo para meterlo a un equipo de fútbol. Cuando crecí me decían que tenía una espalda envidiable, como de nadadora, que si hacía deporte. Y yo había preferido callar el recuerdo y hacer como si esas horas de entrenamiento no hubiesen existido, aunque en mi cuerpo permaneciera la tensión de mi empeine para hacer de manera correcta el estilo pecho, o de mis manos en punta preparadas para entrar con precisión en el agua al dar una brazada.

Por esos días en que decidí dejar la natación, encontré en la biblioteca del colegio un libro morado de hojas amarillas, letra pequeña y que olía a cajón. Me lo llevé a escondidas a mi casa y en las noches, cuando papá y mamá dormían, yo encendía la lámpara del nochero y me quedaba leyendo en un susurro. Terminaba el libro y lo volvía a empezar. Poco a poco fui aprendiendo los diálogos de los personajes. Luego no solo los leía, sino que intentaba interpretarlos. Ponía la cobija extendida en el piso de la habitación, de manera que amortiguara el sonido de mis pasos. Ahora yo era Antígona, condenada al encierro por enterrar a su hermano, y que prefirió morir ahorcada antes que cumplir su castigo. Me paraba sobre una silla y con cinta pegaba una bufanda delgada en el techo. La lámpara, detrás de mí, reflejaba la forma de mi cuerpo y la de la tela colgante en una de las paredes. La bufanda, hecha sombra, parecía una cuerda. Imaginaba el momento en que Antígona se suicidaba, porque la obra no lo mostraba. Era un mensajero el que llega donde el rey Creonte para relatarle la funesta noticia. Yo dejaba caer las manos como muertas y ladeaba la cabeza para que la sombra de la bufanda tocara la sombra de la curva de mi cuello, y pareciera que yo pendía. Me contorsionaba ante la falta del aire. Pasados unos minutos llegaba la muerte. Entonces me balanceaba con la punta de los pies hasta quedar en completa quietud.

Nunca volví a meterme en una piscina. Me desagradaba la sensación de pensar en mi piel áspera por el cloro, del agua metida en mi nariz, de los ojos irritados a pesar de las gafas, de mis pulmones contraídos implorando aire. Pensaba que, si me metía, todos los recuerdos de mis clases de natación, por alguna remanencia corporal, volverían de golpe, más vívidos, más difíciles de eludir. Sin embargo, aquí estaba. Lejos. Muy adentro seguía sintiendo algo de escozor.

Una tarde decidí mirar más de cerca la piscina. No fui al muro, sino que me paré frente a la malla. Mi visión se interrumpió por la cercanía de los rombos de alambre, pero a través de ellos podía seguir observando a los nadadores. El sol me pegaba en la espalda. Me agarré de la malla con las manos y me quemé ligeramente. No sabía por qué, pero sentía que debía someterme a ese calor, a ese sol ardiente, al piso que también calentaba las suelas de mis tenis. Cuatro meses habían pasado desde que comencé a observar la piscina. No había un porqué claro. Si buscara en mi inconsciente quizá lo encontraría. ¿Qué esperaba, qué buscaba? Había un pequeño dolor que buscaba abrirse paso.

Volví a recordarme siendo una niña, sintiéndome tan vulnerable en esa masa de agua que creía inequívocamente tan infinita. La piscina recibiría la lluvia sin desbordarse o crecer furiosamente. Si hacía mucho sol no se secaría, la rellenarían para compensar su capacidad. El cloro pintaba la piscina de una falsa limpieza y ocultaba el sudor de los bañistas que se creían frescos, y que no nadaban por un impulso vital del cuerpo que se mueve para no ahogarse. Ahí estaban campantes con sus gorritos y sus gafas, y el resorte elástico en el tobillo con el número del casillero donde dejaron sus bolsos.

El estremecimiento se convirtió en rabia. Mi miedo de toda la vida no tenía nada que lo justificara. La piscina seguía al frente. Sentí ganas de escupirla, de orinar, de golpearla así se me fueran los puños. Apreté con más fuerza el alambre, acerqué del todo mi frente a él y me forcé a mirarla sin parpadear. Los ojos se me aguaron, luego del esfuerzo por mantenerse abiertos, temblaban. Dejé de identificar la forma de las cosas. Los colores se mezclaron hasta llegar al blanco, y la luz que todavía percibía adquirió figuras geométricas que se deformaban con el movimiento pequeño y repetitivo de mis párpados. Me pregunté a dónde iban estas figuras cuando abría los ojos, si eran reales o las estaba imaginando, como este artificio de no ver aun viendo, del agua como un animal muerto en cuatro paredes, de las veces que me colgué de la bufanda-sombra fingiendo una muerte que deseaba, pero de la que siempre escapaba porque también quería vivir. No soporté más el ardor y cerré y abrí los ojos varias veces. Tenía la mandíbula contraída y las manos tiesas de estar sujeta a la malla. La solté y vi las marcas delgadas sobre mis palmas. Las sacudí, las apreté, sobé una contra la otra, y me fui antes de que cerraran la piscina.