Número 130 // Agosto 2022
Los nombres de tres poetas son recurrentes cuando se menciona la espada de Bolívar, dos de ellos la custodiaron en la clandestinidad a petición del M-19, uno estuvo involucrado en las comunicaciones de dicha guerrilla. Quizá la poesía, a fin de cuentas, tiene una utilidad: parece funcionar como una bodega de reliquias preciosas.



Poemas afilados

PRENSA LIBRE

Primero fue la paliza que lo dejo medio vivo:

culata y bolillo a veinte manos

entre insultos y carcajadas

(algunas llenas de dientes de oro

y todas rebosantes de escupitajos).

Luego los celosos fusiles del orden

tronaron a boquejarro

sobre el obrero en huelga.

El periodista

—allá donde hay noticias

allá estamos ojos abiertos, oídos despiertos —

presenció todo con lujo de detalles

y tomó las fotografías

que serían retocadas

mientras él redactaba el fatal accidente

con un estilo limpio y persuasivo

para que la SIP le otorgara la beca

de especialización en nuevas técnicas.

Nelson Osorio

LA MÚSICA

En el rincón

oscuro del café

la orquesta

es un extraño surtidor.

La música se riega

sobre las cabelleras.

Pasa largamente

por la nuca

de los borrachos dormidos.

Recorre las aristas de los cuadros

ambula por las patas

de los asientos

y de las mesas

y gesticulante

y quebrada

va pasando a rachas

por el aire turbio.

En mi plato

sube por el pastel desamparado

y lo recorre

como lo recorrería

una mosca.

Intonsamente

da vueltas en un botón

de mi d’orsey.

Luego —desbordada—

se expande en el ambiente.

Entonces todo es más amplio

y como sin orillas…

Por fin

desciende la marea

y quedan

cada vez más lejanas

más lejanas

unas islas de temblor

en el aire.

Luis Vidales

SON

Cuando tango la zampoña

cuando tango el sacabuche,

jamás pienso en quien me escuche

ni en quien me allane la moña.

Y así la zampoña taño,

pizzico así la vihuela

cantando mi cantinela

como trovero de antaño…

Yo no pienso en quien me escuche.

Yo no pienso en quien me loe

ni en quien el talón me roe

cuando tango el sacabuche,

cuando soplo en el oboe,

cuando tango la zampoña.

Ni en buscar el sortilegio

—con glisado tal o arpegio—

que embelese a daifa o doña,

cuando tango el sacabuche…

Cuando soplo en el oboe,

cuando soplo en la dulzaina,

no pienso en boina ni en vaina;

ni en Burdeos o en Borgoña

cuando tango la zampoña.

Cuando soplo en la dulzaina

y si percuto el adufe

no pienso en que vozne o bufe

ni el cretino ni el tontaina

ni el doctorado en Lovaina.

Cuando tango la zampoña,

si pizzico en la bandurria

no me importa ni la murria

que me enerva y emponzoña.

Cuando tango el sacabuche,

cuando raspo el bandolín

ni cuando froto el violín,

yo no pienso en quien me escuche.

Si resoplo en el fagote,

si taño la cornamusa,

cuando tango la zampoña,

cuando soplo en la ocarina

no pienso en daifa ni en doña

(si me alabe o me abomina,

si se enfada o se alborote…)

Si taño la cornamusa,

laude pido o doy excusa

jamás, ni a Apolo ni al zote

ni a la mismísima Musa

de alto copete o de moña,

ni a Luis de Góngora Argote,

si resoplo en el fagote,

cuando tango la zampoña.

León de Greiff