A la mano de Dios

Por JORGE IVÁN AGUDELO
Ilustración de Sara Rodas Correa

Para Juliana, por monitorear, desde prudente distancia, el despelote.


La fiesta, que, como dijo un poeta, es cualquier cosa menos diversión, se había extendido desde finales de septiembre hasta principios de enero. Sin embargo, esos cinco meses, lejos de asustarlo o erigirse como una advertencia santa, le causaban, desde su conquistada vigilia, una especie de intriga por los pequeños, irregulares altibajos, dignos algunos, de la suma y la confusión de tanto día y tanta noche. Recuerda, por ejemplo, que un jueves, con cierta inocencia y, al tiempo, toda la claridad, dejó la casa de la que hacía poco menos de un año era su novia, y en la cual, entregados a las mieses del amor, se blindaron contra la pandemia y demás ruidos del mundo. Antes de llegar a su apartamento le pidió al taxista que parara en una licorera y compró dos botellas de whisky; para celebrar, pensó como disculpándose, el fin de su prolongada, y ya dolorosa abstinencia. Al primer golpe de vista, más allá del polvo acumulado en su ausencia, todo parecía igual y extrañamente dispuesto para lo que sería, a los ojos de todos, una ingesta peligrosa, desmedida, patética. Contento de estar solo, en lugar conocido, lejos del reino de la sobriedad y el veganismo, se sirvió el primer trago. Huelga decir que le supo a cielo y lo animó a buscar el número del jíbaro.

El viernes en la mañana ya se había metido cuatro gramos de perico e iba por la mitad de la tercera botella, esta vez, un whisky barato, irlandés según la etiqueta, pero, lo más probable, destilado en Bello. Empezaba a descubrir, haciendo de la necesidad virtud, el arte de redactar correos con un prístino tono grecocaldense; cosas como: me dirijo a usted, dilecto gerente de personal… Poco antes del mediodía tuvo la oportunidad de probar su voz hablando con su asistente y, más tarde, con el director general. Levemente alicorada podía confundirse, si se esmeraba en vocalizar, con la de un baladista de los setenta. Por último, y de importancia capital para su recién iniciada carrera de malabarista de los días hábiles, es menester hacer referencia a la cancelación, vía telefónica y sin mucho aspaviento, de su relación amorosa. Libre entonces de lo que en tono displicente empezó a llamar jugar a la casita, aprovechó el confinamiento obligado para confundir su vida laboral, los entuertos de la oficina —resueltos o no, por esas fechas, desde una pantalla—, con el vicio, reiterado golpecito en la cabeza; un poco, en principio, juego puro, que terminaría por romperlo y, después de los temblores, las fiebres altas, los nacidos, las arcadas, la sangre, obligarlo a recogerse y volver, paciente, a armar una vida ligeramente presentable.

Así las cosas, transitó entre el mundo del trabajo, que, cada tanto, le exigía sacar la cabeza de la bruma e improvisar una respuesta, una idea, una mentira, y el cerrado ámbito del consumo y el desvarío, que más temprano que tarde precisaría una dedicación exclusiva. Luego, pasada la debacle, disfrutando, antes de padecer su muy merecido desempleo, adoptaría la postura del que regresa de la tierra de los muertos y se siente con el deber moral de comentar, entre sabio y paródico, al que oír quisiera, su intransferible experiencia: lo que me perdió no fue el trago ni la coca, fue intentar mantener la farsa de la sobriedad. Y, entre citas lapidarias desgranadas frente a amigos que, al saberlo sobrio, empezaron de a poco a hacer presencia y preguntar cómo había sido la cosa, se dio a la tarea de rescatar las instantáneas que no se consumieron entre el contrapunto de pase, trago, trago, pase, pase, trago, trago, pase; algunas, inclusive, se dejaban contemplar con un dejo de ternura o una risa solidaria.

Era eso, lo anecdótico, o nada, porque desde hacía años se había desembarazado de las preguntas incontestables que, no obstante, aún gozaban del prestigio de lo oculto y esencial. ¿Qué encontraba, o, por lo menos, qué buscaba en esa violencia autoinfringida con plena dedicación y sistematicidad? Pura vanidad, el solo tanteo de los motivos, la dorada píldora de la causa primera, dedicarse a salvar lo errático, lo extraño, lo coincidente…, recordar, para aludir a un caso concreto, que una somera conciencia lo agarró tirado en mitad de la sala, al lado de un tercio de botella y El cuarteto para el fin de los tiempos sonando a lo que daba el computador. Al final de lo que debió ser también esa tarde, con una botella recién destapada, acostado en las mismas baldosas cantando a pulmón herido Tú eres la reina. ¿Qué extraños meandros tuvo que salvar pasar de la composición de la guerra, el apocalipsis de Messiaen, al canto enamorado del Cacique de La Junta?

Nada, pues, que envidiarle al encuentro fortuito sobre una mesa de disección de una máquina de coser y un paraguas, cacareado por tanto poeta surrealista, pero él no iba en pos ni del sentido ni de la esquiva belleza de lo forzoso, de lo inimaginable. Solo se complacía con la aparición de algún detalle perdido por las extensas horas en que permanecía despierto, con un pie en el mundo y otro en la caldera. De los retazos de conversaciones, lo pedido por internet a la licorera y a la farmacia, las sombras de diversa consistencia, los jíbaros jugando con nuestros sudores, el tornasolado brillo de la escama de pescado, las transcripciones ininteligibles de párrafos completos, la roca de polvo que se deshace en las yemas de los dedos, la morosa pornografía, de todo lo indiferenciable, quedó, para la modesta gloria del sobreviviente, una historia reina, pulida ante distintos auditorios, con leves modificaciones, intensidad y complejidad.

En un pequeño claro en medio del tupido consumo se enteró de la muerte de Maradona. Leyó algunos artículos, vio antologías de jugadas maestras, dejó rodar un documental, mientras, acostado, se tomaba cada tanto un trago lento del pico de la botella y, como por no dejar, barría con el dedo índice la tabla de picar para frotarse la nariz con una untada de perico. Dando vueltas en su celular por las redes sociales, entre comentarios amorosos que despedían al ídolo y otros que enjuiciaban sus descalabros, encontró y guardó en el álbum de su teléfono la foto de una bolsita de coca decorada con las franjas celestes de la camiseta de la selección argentina, por supuesto, el número 10 bien visible. Después, leyó y releyó una nota donde el Diego, además de ser el Cebollita, el Pelusa, el barrilete cósmico, también, y mejor aún, tenía, era, un duende: “Maradona tenía duende, como Sánchez Mejías lo tenía, como lo tenía Chaplin, como el duende de Camarón, como el de Charlie Parker, como el de Kurt Cobain, como el de Muhammad Ali. Hay algo negro, algo gitano y moro en el duende, algo judío, algo que solo puede darse en el arte de los pueblos y las clases oprimidas. El duende es una categoría estética plenamente plebeya. El duende es la vida que se afirma con una intensidad, una profundidad extraordinaria, justo en el contacto con lo que más la amenaza. Como si la vida se afirmase con más intensidad y belleza todavía en el morir mismo. Por eso hay algo trágico en esas vidas, algo ambiguo, algo ambivalente, como una presencia y un combate continuo con la muerte, del que emerge, de tanto en tanto, el duende. De ahí también la relación de estas vidas, muchas veces, con las drogas, una relación que se entiende tan mal”.

El duende es la categoría que se afirma con intensidad, repite de memoria, como si fuera un salmo, las palabras esenciales para entrar a una logia hermética a la que, desde siempre, cree pertenecer, cuando debe mitificar su estado de fiesta y exceso. Se levanta, busca su libreta, un lapicero, apoya el celular contra la almohada, se toma un trago largo, separa y distribuye, del centro a una esquina de la tabla, una gruesa raya de droga, se inclina, arrastra su nariz en una inhalación profunda y desaparece el camino; tira el cuerpo hacia atrás, mira al techo, baja la cabeza, empuña el lapicero, acerca la libreta y, por último, activa el celular. Empieza, al fin, a trascribir con pulso seguro: “Maradona tiene duende”.

El chorro de luz de la lámpara de piso contra la cara; en la televisión, a blanco y negro, cuatro vaqueros se reparten un mazo de cartas; desde el computador, asoma por momentos, tímido, un piano. ¿Esto es el mundo?, parece preguntar después de censar el espacio, con los ojos muy abiertos. Busca la hora en su celular, las tres de la mañana. ¿En qué momento se dormiría? Se detiene en la tabla que no ha dejado de estar a su diestra, intenta recordar cuándo sirvió, picó, distribuyó por la madera y se metió el último gramo. Además de la evidencia, aterradora sin duda, de que ya perico no le queda, está el vértigo de la hora. El margen es escaso. Otra vez, recién llegado, por lo menos así, de forma tan suicida e irrestricta, después de años de una aparente buena vecindad, a los dominios de la diosa blanca, ha ido agregando nombres a sus contactos, apodos mejor, teléfonos de algunos jíbaros recomendados por viejos amigos periqueros, y cuando la droga amenaza con terminarse, ha sabido, paciente, barajar opciones de compra. Pero, conociendo los tiempos de cada uno de los expendedores que tiene a la mano, sabe que es muy improbable que le lleven, así sea ripio de cemento, antes de que empiece a salir el sol. En todo caso les escribe, mide a la luz de la lámpara lo que queda de la botella, se toma un trago necesario, busca el teléfono de la licorera, pero antes de llamar descarga el celular en la mesita de noche. Se levanta, empieza a vestirse, se da cuenta de que la correa ya no le sirve, piensa en abrirle un nuevo hueco con un cuchillo o un clavo, pero recoge un tenis del suelo en la esquina del clóset, le saca un cordón y se amarra el bluyín. Era más grande el muerto, dice. Se ríe de su flacura de gato enfermo, se calza sin medias, termina de abotonarse la chaqueta y se da cuenta de que no se puso primero una camiseta o una camisa, no corrige nada, levanta un par de libros, la sábana, y como no encuentra un tapabocas, descuelga una bufanda y le da dos vueltas sobre la nuca, cubriéndose nariz y mentón. Saca varios billetes del cajón del escritorio, se los guarda en el bolsillo derecho al lado del celular y, con las llaves en una mano y la botella en la otra, sale del edificio en busca, a pasos largos, de la calle principal. Ni un alma, ni un carro. No se sorprende. Desde hace dos días han decretado el toque de queda por el aumento de los casos de covid-19.

Después de caminar unas veinte cuadras, de indicarles su destino a dos taxistas que arrancaron raudos luego de mirarlo como a un delincuente, por fin uno acepta llevarlo al Barrio a comprar droga. Vamos a ver cómo está eso por allá; me voy a meter por la parte de arriba, le dijo el muchacho mirándolo por el retrovisor. Me parece, como querás, le respondió él, se tomó un trago, bajó la ventana y sacó la cabeza. Mirando calles, parqueaderos y mangas, se le ocurrió que hacía por lo menos diez años no pasaba por el Barrio, ni a comprar droga, ni a nada. A medida que avanzaban, la ciudad, a intervalos de luz y de oscuridad, se va revelando como en un sueño. ¿Cuánto tiempo llevaba encerrado? Sintió el impulso de bajarse y continuar a pie, pero, en vez de eso, buscó en su celular la foto de la bolsita de perico con la camiseta del 10 argentino, se arrimó a la silla del conductor y le preguntó, como lo haría un feligrés de la religión maradoniana, si de pronto había visto esa belleza. El otro, que no había visto nada, aprovechó para decirle que él no consumía pero que podían buscar.

Ya a las puertas del Barrio, con el carro apenas en marcha, desfilaron entre una verbena. Pequeños corrillos de muchachos bajo los quicios de puertas o en plena calle, músicas cruzadas, un puesto de perros, motos, bicicletas, uno que otro carro fino, clientes. En una esquina, como avispas, tres, cuatro, cinco pelados se recostaron contra su ventanilla y le hablaron al tiempo, haciendo listas: roquitas de veinte, de treinta, de cincuenta, perico de coco, tusi, cripa, ketamina… Ante tanta variedad se sintió un clásico, o, para ser más justos, un anacronismo, como si se hubiera abierto un boquete y estuviera aterrizando en un presente ajeno, en otro barrio. Los interrumpió para preguntarles por el perico de Maradona. ¿El qué?, replicaron. El perico de Maradona, les repitió mostrándoles la foto en el celular. Se acercaron, miraron y negaron con la cabeza. Volvieron a ofrecer su arsenal, pero él ya estaba diciéndole al taxista que siguiera, que, si no le molestaba, buscaran otra plaza. Eso hicieron, entraron y salieron al Barrio profundo por calles que empezaban a repetirse, desorientados a veces, creyendo abordar los mismos rostros, después de frenar, volvían a la marcha. En ninguna parte les dieron razón de la coca conmemorativa. El chofer, que había dado prueba de toda la paciencia, le explicó, mientras él cabeceaba, que eso no existía, que si quería otra cosa la compraban rápido y lo devolvía, que ya estaban dando mucha boleta. Eso hicieron. Como si tomara otro aire, se acomodó en la silla y le indicó al taxista, con una seguridad nueva, una ruta por la que no habían pasado.

Frente a la puerta de una casa amarilla al final de un callejón, diez años más viejo, Checho, su primer jíbaro, se mece en una butaca. Cuando el taxi frena, descuelga los pies, toca tierra, pero no se inmuta. Él se baja, camina despacio, el otro le merma al tango, acomoda el radio en el borde de la ventana y levanta la cara. A la orden, dice. Dame cuatro escamas, hombre Checho. Al oír su nombre, de manera casi imperceptible, entrecierra un poco los ojos para fijar su atención y buscar una cara que coincida con la del hombre que, al filo de la madrugada, tembloroso, le extiende unos billetes. Reconoce, más flaco, más pálido, ensimismado como un adicto que empieza a entrar, sin atenuantes, en su territorio, a un cliente asiduo de muchos fines de semana, ni muy encalambrado por la fiesta ni tímido ante la noche del Barrio. Profesional, sin ningún devaneo sobre los años en que se vieron como mínimo cuatro veces al mes, el jíbaro se levanta parsimonioso y, como si la tuviera contada, lista desde siempre, le entrega la droga, recibe los billetes, no repara en ellos, busca el radio y se sienta otra vez.

Con la venia del taxista, después de macerar contra la palma de la mano un poco de coca, haciendo una pinza con el índice y el anular, se lleva dos, tres veces, puñaditos de droga a las fosas nasales e inhala con fuerza. Como si un ramalazo de lucidez lo devolviera completo al mundo y esa conciencia lo obligara a ser otro, se acomoda en la silla y, ceremonioso, le da las gracias al taxista y se disculpa por insistir tanto en una búsqueda sin sentido. Por fin en el apartamento, se toma el último trago de la botella, cuenta los billetes que le quedan, en el bolsillo, en el cajón, llama a la licorera y pide un whisky.

Así quisiera, es poco lo que puede contar de los días y las noches siguientes. Sabe que Andrés, un exalumno, que al salir de sus clases y de la adolescencia, se hizo primero su escudero y después su amigo, lo visitó, bebió con él y promovió, para luego aguantar, esa confusa perorata pasolinesca donde pasaba al banquillo a la burguesía y descabezaba, una y otra vez, con juicios sumarios, inapelables dignidades. Lo otro es misterio o un poco de lo mismo. Tiempo tendido que hace ridículo cualquier intento de rescatar, por pura voluntad, algo de la laguna. Si saltando del pantano, una imagen, alguna secuencia, se imponen y exigen ser contempladas en toda su rareza, es dable buscar desde allí un evento que haga las veces de una posible síntesis.

De todo lo relatado, cerrando la caldera, ni imagen, ni secuencia; más bien una limpia epifanía. Frente a la ventana, con la botella a la mano, espera, ansioso, a dos muchachos que, ante la ausencia de jíbaros y su poca fuerza para ir al Barrio, quedaron, no con él, con un buen amigo de la infancia, de pasar por una plata para comprarle un par de gramos. Habían llegado haciendo bulla en una moto destartalada. El parrillero le preguntó que cuántos mientras le estiraba la mano. Ante los billetes y su respuesta vaga, resignada, le dio un golpecito al otro en el hombro indicándole que arrancara, mientras decía para todo el vecindario, pillemos a ver qué se puede conseguir, en todo caso estamos en toque de queda. De eso hacía más de una hora. En su desespero le había escrito a su amigo al celular un par de veces. El hombre buscó calmarlo diciéndole que los pelados eran firmes, que llegaban, que no se preocupara. Los jíbaros juegan con nuestras ansias, nuestros sudores, repetía como una letanía, sin reparar ya en el sentido, y, cuando, repitiendo, repitiendo, se despegó de la ventana para servir hielo, oyó, por fin, la moto. Dejó el vaso en la cocina, bajó a la carrera. Sin mirarlo, el muchacho le estiró el puño cerrado, él acercó la palma de su mano y cuando sintió las bolsitas de la droga cerró los dedos. Así quedamos, se despidieron y aceleraron.

Entró, recogió al paso la botella de la mesa, en el corredor se tomó un trago, la descargó en el escritorio al lado de la tabla en la que soltó cinco gramos con la efigie del Diego, el Cebollita, el Pelusa, el barrilete cósmico, el duende.