Archivo restaurado

Latina Stereo 30 años de Salsa y sabor
Octubre de 2015

El gran solista de Latina Stereo

Por ALFONSO BUITRAGO LONDOÑO

¡Cualquiera resbala y cae! —dicen en coro en la emisora Latina Stereo cuando pregunto por una canción de la Sonora Matancera que identifique hoy al locutor Orlando Patiño Valencia, el “matanceromanoloco” más conocido de Medellín. Él sonríe sentado frente al micrófono y repite con tono de estar anunciando la canción en su programa Una hora con los solistas de la Sonora Matancera, que se emite de lunes a viernes a las dos de la tarde.

—Cualquiera resbalaaa… y cae… —dice, y las cuerdas vocales gorgotean en su garganta.

Pamela Henríquez, una de las locutoras y quien también hace el control de sonido del programa de Orlando, sonríe con respeto y Kco Builes, uno de los propietarios de la emisora, suelta una carcajada.

La vida de Orlando Patiño está tan ligada a la Sonora Matancera —de sus 65 años, 42 los ha dedicado a la difusión de la música del conjunto cubano—, que uno podría hacerle un breve perfil a partir de un puñado de canciones matanceras. El grupo de Matanzas incluso lo premió con un bautizo de honor que quedó grabado en su historia musical.

Puede sonar exagerado y pretencioso decir que la influencia ha sido mutua —el mito musical de la Sonora se extiende a lo largo de 91 años y su repertorio cuenta con miles de canciones grabadas en estudio, radio y presentaciones en vivo—, pero lo cierto es que la Sonora permanece y revive cada día en Medellín en la voz de Orlando Patiño.

Antes de salir para Latina Stereo, nos encontramos en una cafetería-bar ubicada en la esquina de la calle Miranda con la carrera Cúcuta, en el sector conocido como la Estación Villa, muy cerca de la Plaza Minorista. A una cuadra de esa esquina queda el edificio donde Orlando ha vivido los últimos 32 años. El bar no tiene un nombre visible, pero Patiño lo bautizó La esquina del movimiento, como el título de otra canción famosa de la Sonora Matancera, cantada por el barranquillero Nelson Pinedo.

Son las once de la mañana de un viernes de finales de abril. En la Estación Villa se ven carros estacionados en la calle y a los mecánicos engrasándose debajo de ellos. En las seis mesas que tiene el bar no hay nadie sentado.

—Patiño, ¡papacito! —le dice una mujer gorda y muy maquillada que se acerca a saludarlo.

Él lleva una camisa blanca con rayas negras, pantalón gris y zapatos de cuero café oscuro. Sobre la camisa sobresale una cadena de cuentas plateadas y doradas con una medallita ovalada con un padrenuestro inscrito. En cada muñeca lleva un reloj —más tarde me dirá, en broma, que en uno ve la hora local y en el otro la hora en China—, y en una mano una manicartera de cuero. Su postura se ha ido encorvando —luego me mostrará su cédula donde dice que medía 1,72 metros—, y el peso de los años se le ve arrumado en una incipiente joroba. En el rostro blanco, enmarcada por las cejas pobladas y el bigote canoso que le cubre el labio superior, sobresale una nariz abultada y rojiza. El pelo negro, con visos blancos, está húmedo y peinado hacia atrás. No puedo dejar de pensar que bien podría ser el cantante de una orquesta tropical de los años setenta.

—¡Patiño! ¿Cómo amaneciste hoy? —le dice Mauricio, uno de los dueños del bar, y sale de la barra para atenderlo—. ¿Qué vas a tomar?

—Un refajito —le dice Orlando y Mauricio le sirve un vaso de cerveza mezclada con Coca-Cola.

A esa hora, Orlando se sienta y empieza a preparar el programa de ese día. Saca de la manicartera una hoja de papel tamaño carta doblada en cuatro. En dos columnas escribe respectivamente una lista de canciones a la izquierda, y los anunciantes y las personas a las que quiere enviarles un saludo, a la derecha. Saca un lapicero del bolsillo de la camisa y busca en la hoja un espacio libre para escribir. A mano mezcla los ingredientes de uno de los postres predilectos de estas montañas.

—Hoy es viernes. Vamos a hacer un programa sabroso. Almorzando, de Daniel Santos —dice y escribe el nombre de la canción.

Entre sorbo y sorbo del refajo frío, salen de su boca canciones y cantantes: Avemaría Lola, de Carlos Argentino; Sopita en botella, de Celia Cruz; Magdalena, de Boby Capó; Baila mi rumba, de Celio González… Así se va llenando la columna de las canciones.

—¡Quiubo ñiñiñiñiii! —le dice un hombre que lleva puesto un overol engrasado.

Orlando alza las cejas y el hombre sigue hacia la barra.

—Tengo que mandarle un saludito a Gladis, la secretaria de La Feria de los Taxis. Esta mañana estuve por allá cobrando una factura y me contó que una sobrina no le creía que era amiga mía. Cogió el teléfono y me la pasó. “Ay, esa voz suya es inconfundible”, me dijo la sobrina. Eso me alegró el día —dice Orlando.

El matanceromanoloco en los estudios de Caracol.
De fiesta con Celina y Reutilio Jr.

Y continúa recitando y escribiendo títulos de canciones: Mavi mavi, de Elliot Romero; El negrito del batey, de Alberto Beltrán; y Fiesta, de Jorge Maldonado.

Ha pasado una hora y Mauricio no ha dejado que el vaso de refajo se termine. Patiño se ve alegre, animado. Dice Palito de tendedera, de Bienvenido Granda, y baila moviendo los brazos.

—¡Palito e’tendedera, ah, palito e’tendedera, eh, para gozá! —canta y el bigote se le mueve sobre el labio superior.

Parece un “bigote que canta”, como le decían a Bienvenido Granda.

—Hoy voy a terminar con Timbalero, de Vicentico Valdés con Tito Puente —dice y escribe en la hoja.

Revisa los títulos anotados en días anteriores y hace tachones sobre tachones. Así se asegura de que en la semana no repetirá ninguna canción. Cada programa de una hora se compone de unos doce o trece temas, las menciones de los anunciantes y los saludos a los oyentes. Esa hojita es uno de los secretos del éxito de su programa. De hecho, Orlando dice que puede pasar un mes sin repetir tema. El universo musical que tiene en la cabeza le daría para llenar varios cuadernos de memoria.

Por si eso fuera poco, y en algún momento lo amenazara la monotonía, tiene a su disposición cualquier canción que haya grabado, con cualquier grupo, los más de sesenta solistas que ha tenido la Sonora Matancera. Y ese es otro de los secretos del éxito y de la permanencia de su programa durante cuatro décadas.

***

En 1949, en los inicios de la época dorada de la Sonora y el mismo año en que nació Orlando, Daniel Santos grabó El niño majadero, una canción con letra autobiográfica que habla de lo “inquieto” y “anacobero” (diablillo) que fue el Jefe desde pequeño: “Que niño más majadero / que niño más majadero / muchacho, muchacho / no juegues con vidrio que te vas a cortar / muchacho, muchacho / te voy a pegar / no, no, no, no me pegues papá / no, no, no, que yo no lo hago más…”.

—En la infancia también fui inquieto, pero no tanto como el niño majadero —dice Orlando con una sonrisa.

Majadero no, pero sí fue travieso y su padre, José de Jesús Patiño, le pegaba con lo que encontrara. Orlando fue el segundo de doce hermanos, criado por su abuela materna, María del Socorro Muñoz, su madrina y protectora.

José de Jesús, conocido como Jojpam, también fue locutor, recordado por su representación de Toñito el Gruñón en el legendario programa radial La ley contra el hampa, de Todelar. Orlando se crio a distancia de su padre, pero a los dos los uniría un lazo tan poderoso como sus cuerdas vocales.

A los quince años, Orlando se inició en la radio como operador de audio y lector de noticias en el noticiero El Mundo al Día de Radio Nutibara. A José de Jesús no le gustó que su primer hijo varón siguiera sus pasos, desconfiaba de la fama, el licor y las mujeres que presentía le llegarían a su hijo en la radio.

—Le voy a mostrar que voy a ser más de lo que usted fue —le decía Orlando desafiándolo.

En esos años murió su abuela y Orlando se fue a vivir al Barrio Antioquia, donde se consiguió una novia con la que se casó antes de cumplir la mayoría de edad.

—Ese matrimonio duró dos años, mientras nacieron los dos hijos que tuvimos.

Para ese momento trabajaba en Radio Ya de Todelar, donde fue “relojero” —encargado de leer la hora— y locutor. Luego pasó a la básica de Todelar como locutor de planta y encargado del programa de tango Amanecer en Buenos Aires, que hacía de doce de la noche a seis de la mañana. Antes de convertirse en una insignia de la difusión de la música de la Sonora Matancera, Orlando fue tanguero y descubrió su gusto por la noche y la bohemia.

En los años setenta llegó a la Sociedad Antioqueña de Radiodifusión (SAR), donde se convirtió en narrador deportivo. Además de la música, “la pachanga del fútbol”, como el título de la canción de la Sonora cantada por Carlos Argentino, sería otra de sus grandes pasiones.

Después de SAR dio el salto a coordinador de deportes de Radio Súper y más adelante llegó a Radio Visión de Caracol, donde hizo parte de dos programas emblemáticos de la radio antioqueña.

—En una oportunidad que vino la Sonora Matancera a Medellín, a un concierto en la Plaza de Ferias, hice amistad con Bienvenido Granda. A mí me gustaba la Sonora y con Paché Andrade inicié Una hora con la Sonora. Eso fue por allá en 1973 o 1974.

En 1977 estuvo en los inicios de Wbeimar lo dice, de Wbeimar Muñoz Ceballos, también en Radio Visión.

—Cuando Paché se fue para Bogotá pensé que todos los cantantes de la Sonora habían grabado con diferentes agrupaciones, y para que no se me cerrara el círculo lo puse Una hora con los solistas de la Sonora Matancera, y por eso el programa ha durado tanto.

Quedó a cargo del programa de la Sonora y como narrador deportivo de Caracol. A finales de los setenta, trasmitía fútbol, baloncesto, atletismo, tenis y carreras de carros. Había logrado lo que le prometió a su padre.

Con Nelson Pinedo de la Sonora Matancera.

***

La voz de Orlando era una de las más reconocidas de Antioquia. Una voz con sabor añejo, conservada en hielo y alcohol.

—Mi voz se la agradezco al Todopoderoso; por eso cada vez que despido el programa, digo: “Mañana, Dios mediante, estaré de nuevo presentándoles…”, porque me dio una garganta prodigiosa. Yo me subo a un taxi y le digo al taxista: “Por favor me lleva a tal parte”, y voltean y me preguntan: “¿Usted no es el del programa de la Sonora?”. Cuando yo trasmitía fútbol veía compañeros que no podían tomar sino tintico caliente, o brandy, o miel, yo pedía gaseosa y le echaba dos paletas al vaso. Mientras más helada estuviera mejor. A mí nunca me ha afectado el frío. En Latina Stereo se aterran porque soy feliz yendo a la nevera para echarle hielo a lo que me den para tomar. Otros me dicen que lo que me mantiene esta voz es el aguardiente, porque me ha gustado desde que me conozco.

Así como hicieron muchos cantantes del conjunto cubano cuando se volvieron estrellas, Orlando decidió independizarse y se convirtió en un “solista” de la radio. Ahí también surgió la tercera característica esencial de su programa: él es su único dueño y la pauta comercial corre por su cuenta.

—Me fui a alquilar los espacios al Grupo Radial Colombiano —dice Orlando—. Hacía el programa de la Sonora, narraba los partidos de visitante de los equipos antioqueños y empecé a vender pauta.

Para ese entonces, al decir de los salsómanos Sergio Santana y Carlos Deyvis Velásquez, Orlando era “el sacerdote mayor de la religión matancera en Medellín”. Cada vez que la Sonora o alguno de sus solistas venían a la ciudad, Orlando era el encargado de anunciarlos en las presentaciones y pasaban por su programa para darle entrevistas.

—El carisma es lo primordial en la vida. Yo tuve carisma con todos ellos, con Alberto, Nelson, Carlos, Celio, Yayo, Caíto, Laíto, con el mismo Rogelio. Cuando venían me decían: “Orlandito, ¿para dónde nos vamos a ir?”. Y nos íbamos para la casa de Fernando González en Belén, también muy matancerómano, a tomar roncito, escuchar musiquita y a contar historias y vainas, muy sabroso.

A principios de los ochenta llegó a vivir a la Estación Villa con Adriana Ruiz, su segunda mujer, una empleada bancaria veinte años menor que él. Patiño gozaba de su éxito y vivía como si Medellín fuera un pueblo caribeño, y él fuera el dueño de la rumba.

Lucía el pelo negro, brillante y liso, peinado de lado, y el bigote poblado, también negro y lustroso. Se vestía con camisas de estilo playero o con conjuntos de camisa guayabera y pantalón de colores eléctricos, azules, rojos, verdes. Lo conocían en los bares y discotecas de música cubana y de salsa, era buen bailarín, le gustaba el aguardiente y enamoraba a las mujeres con su pinta y, sobre todo, con su voz, templada y refrescante. A Patiño solo había que decirle “vámonos de fiesta”, como la canción cantada por Celio González: “Vámonos de fiesta, vamos de parranda / vámonos de fiesta, socio, que la noche es buena…”. Años de bohemia, fama y también de lágrimas.

—De la bohemia me ha gustado todo. Fui muy nocturno, ahora soy más de día. Voy a La Ceiba en el edificio Coltejer y allá me encuentro con intelectuales, la mayoría de ellos pensionados del magisterio y médicos. Me encarreto con ellos hasta cierta hora, no muy tarde, y de ahí me voy para la esquina del apartamento, me encuentro con amigos, me tomo otros traguitos y me voy para la casa.

Con el Grupo Radial Colombiano viajaba por Colombia narrando fútbol y así, con su estilo independiente e indomable, dejó a su mujer.

—La separación de Adriana me dio muy duro. Yo viajaba mucho y no estábamos llevando una vida de familia. No sé qué se me vino a la cabeza un día y se lo dije. Regresé al apartamento después de un viaje a Cúcuta y ya no estaba. Me senté en la cama y se me salieron las lágrimas.

Y desde ese día ha vivido solo en su apartamento de la Estación Villa.

—Yo he vivido como Daniel Santos, “como me da la gana”.

Así dice La vida, cantada por el Jefe: “Como me da la gana, soy yo / a ti qué te importa si vivo la vida / si tengo una china / si tengo dinero / si bebo aguardiente / si como caliente / si yo monto en guagua…”.

Regresó una vez más con su programa a Caracol y luego pasó a Radio Metropolitana, donde conoció hasta dónde lo podía llevar la fama: recibió el bautizo inmortal de la Sonora Matancera y se convirtió en el narrador exclusivo del torneo de fútbol “Medellín sin tugurios”, que realizaba Pablo Escobar en Envigado.

***

En 1984, después del asesinato de Rodrigo Lara Bonilla, Escobar entró en la clandestinidad y se acabaron los torneos de fútbol y sus días de gloria. Orlando, por su parte, encontró el hogar del que no se movería más: una casa campestre de dos pisos en Envigado, con piscina, perro y jardín, donde funciona Latina Stereo.

En 1986, después del año de prueba con el que la emisora consiguió su licencia de funcionamiento, Alfredo de la Fe, el primer director, convenció a Orlando de incluir su programa en la programación de Latina y así se convirtió en uno de sus primeros locutores. Hasta el día de hoy, ya convertido en una “institución” de la radio antioqueña.

Y como cualquier institución que se respete, Orlando Patiño Valencia tiene himno propio. Su programa inicia con un saludo en su honor, entonado por la Sonora Matancera en la voz de Yayo El Indio. En la mitad de la canción El tornillo hay una Orden de Caballería que le da a Orlando Patiño la bienvenida al universo mítico de los amantes de la Sonora Matancera en todo el mundo. Después de “El tornillo”, la primera de las ocho canciones que componen el álbum Tradición, grabado en Nueva York en 1983, Orlando nunca más sería un simple mortal llamado Orlando Patiño Valencia. En adelante, sería miembro oficial de una “tradición” con visos de eternidad.

—Fue idea de la mujer de Elpidio Vásquez, bajista de la Sonora. En una grabación, le dijo a Rogelio Martínez que le hicieran un homenaje a la gente que había difundido la música de la Sonora en el mundo. En la canción mencionan a varias personas de Colombia, pero el más sobresaliente es el saludo mío. Elpidio me lo mandó y con ese saludo grabé el cabezote de presentación y de despedida del programa cuando inicié en Latina Stereo —cuenta Orlando sentado frente al micrófono de trasmisión, con su hoja de papel tamaño carta, un vaso de jugo helado, y un teléfono inalámbrico sobre la mesa.

A las dos de la tarde, en los bares del Centro de Medellín, en las chazas de los vendedores callejeros, en los pasacintas de los taxis y de los buses de los barrios populares, en los locales de las plazas de mercado, en los talleres de mecánica, en las casas de estrato uno y seis de los amantes de la salsa y la música cubana, se oye su himno con una solemnidad muy natural, como si esta ciudad hubiera sido fundada a ritmo de son cubano.

Una voz masculina dice: “Este espacio registra la más alta sintonía en la montaña, Una hora con los solistas de la Sonora Matancera”. Luego, una voz femenina: “Una hora con los solistas de la Sonora, las mejores voces del primer conjunto tropical de América con el mejor…”. Y en ese momento, la voz de Yayo El Indio canta: “Y un saludo en Medellín, al gran Orlando Patiño, mételo, sácalo…”. Una vez más entra la voz masculina del inicio: “Una hora con los solistas de la Sonora en los 100.9 FM de Latina Stereo, una distinta matanceromanía en radio”. Y de fondo se oye el coro de la canción: “La Sonora Matancera ya lo toca sabrocito, mételo, sácalo, como el tornillo”.

Patiño espera a que la luz roja de AL AIRE se encienda y a que Pamela le dé la señal para empezar a hablar.

—Pati, ¡listo!

—¡Buuueeenas tardes, mi gente!, ¿qué tal? El saludo cordialísimo para todos los matanceromanolocos y todas las matanceromanizadas de Antioquia, Colombia y el mundo, cuando vamos a presentarles Una hora con los solistas de la Sonora Matancera…

Y a continuación lee la lista de sus anunciantes que, como él mismo, son un reflejo de su audiencia: gente trabajadora, rumbera y de la vieja guardia. Uno puede intuir que el anuncio de Funeraria La Esperanza y su oferta de ser “la única que te asegura hasta los noventa años” está dirigida a una generación que se hizo vieja con la música de la Sonora; Ventaxis, Max Capital o La Feria de los Taxis están dirigidos a los taxistas; Estrumetálicas y Forjas El Titanic, para los oficiales de construcción y los cerrajeros; Borinquen Salsa Bar y el Bururú Barará, para los rumberos. No siempre son los mismos, a veces unos salen y otros entran, y así Orlando mantiene un promedio de diez anuncios que le permite garantizar una cantidad constante de canciones.

El letrero de AL AIRE se apaga, Orlando toma un sorbo de jugo y mira la hoja de papel.

—¿Todavía tenés la Casa del Candelabro? —dice Julio Restrepo, director actual de la emisora.

—No, esa terminó.

—Después de que hiciste un canje por candelabros, ¿o qué? —dice Kco Builes.

—Para mí el anunciante estrella de Patiño es Forjas El Titanic —continúa Julio.

—¿Cuáles han sido tus anunciantes más legendarios? —dice Kco.

—Funeraria La Esperanza, “una luz que te guía” —dice Orlando.

—¡La Torre Show! —dice Julio.

—Ese era el estriptís a donde ibas vos… —dice Kco.

—No, ¡yo iba a El Montijo!

—“El Montijo, lindas chicas con nueva administración” —dice Julio con voz de locutor.

—¿Cómo era que decías? —pregunta Kco.

—Vaya dele de comer a los ojitos que se los van a comer los gusanitos… —dice Orlando con picardía.

—¡Y eso era puro canje!

—No, no, ¡me pagaban!

—Y la de ese colchón, ¿cómo era? Uno la escuchaba y terminaba con ganas de revolcarse… “para que hagas las maromas que quieras” —dice Kco entre risas, imitando la voz de Orlando.

—Colchones Adorables.

—¡“Los únicos indeformables”! —dice Kco a carcajadas.

Durante todo el programa se la pasará contestando el teléfono, anunciando las canciones, complaciendo a los oyentes, cumpliendo con los avisos de los clientes y saludando a los amigos: a Cachama y Totono en La esquina del movimiento; a sus seguidores en la Plaza Minorista; a los matanceros del bar La Ceiba.

—¡Al aire, Pati! —dice Pamela.

—Hombre, por aquí se reporta Elkin González desde las Empresas Públicas, que hace rato estaba perdido. El Loco, madrugó hoy al reporte. John Conejo, del barrio Caicedo… Gustavo Granda y la gente chévere en Frenos y Bandas en Barrio Triste. El Gato en la Rectificadora Amiga, allá con Jennifer. Lina María Franco en Sánchez Polo, empresa de transporte. El saludo para doña Gladis en La Feria de los Taxis, que está de cumpleaños, de quinceañera, felicitaciones, la vi muy florecida hoy, allá de parte de todos los compañeros. Y aquí está, Carlos Argentino Torres, la Sonora Matancera, Avemaría Lola

Faltando unos diez minutos para las tres de la tarde, Orlando empieza a preparar el final de su programa.

—A Pati se le siente cuando es viernes porque termina en candela —dice Julio—, y cuando está muy enrumbado pone Mi mami me quiere, que dura como diez minutos.

—Se va a escucharse a él mismo a La Ceiba. El primer guaro es a las tres en punto —dice Kco.

—Pati, ¿cuál fue el primer disco de la Sonora que pusiste en tu programa? ¿Te acordás? —le pregunta Pamela, todavía riéndose.

—Creo que fue El sofá, cantado por Daniel Santos.

—¡Al aire!

—¡Aaay, qué lástima, mi gente! El tiempo se nos vino encima y esto se acabó. Mañana, Dios mediante, estaremos de nuevo presentándoles Una hora con los solistas de la Sonora Matancera. Pamela Henríquez estuvo en la sala de operación del sonido. Quién les habló, Orlando Patiño Valencia, licencia 3653 del Mincomunicaciones de la República de Colombia y quién sale cantando, ahí está, con la orquesta de Tito Puente, Vicentico Valdez, Timbalero… ¡Chao, mi gente!

***

Así como El tornillo es un himno a la medida de sus casi cincuenta años como locutor de radio; a la altura de su voz añosa y de color de acetato que se recuerda como un disco de colección; Cualquiera resbala y cae sirve para describir los traspiés que Orlando ha dado en la vida y que le han causado el que considera su peor fracaso como locutor: alejarse de sus oyentes. “Pa’lante, pa’lante, no sigas más / Oye, mira, la zanja está llena de agua / y cuando está lloviendo, cualquiera resbala y cae…”, dice la canción grabada en 1954 con la voz de Stanislao ‘Laíto’ Sureda, en el meridiano de la época dorada de la Sonora Matancera.

La madrugada del miércoles 6 de mayo de 2015, el mismo año del trigésimo aniversario de Latina Stereo, El-Gran-Orlando-Patiño resbaló y cayó. Tarde en la noche se tomó los últimos aguardientes en La esquina del movimiento y Cachama lo acompañó hasta la puerta del edificio. Agarrado de un pasamanos subió con cuidado las primeras dieciséis escalas, estrechas y empinadas. En la segunda tanda de escalas, tanteando la pared con las manos, en la mitad del ascenso, Orlando trastabilló, se fue para atrás y rodó hasta caer tendido en el rellano del segundo piso.

El ruido del golpe despertó a su vecina. Se lastimó la rodilla derecha —que le habían operado cuatro años atrás después de que tuviera un accidente de tránsito— y no fue capaz de ponerse en pie. La vecina llamó a un hermano de Orlando para avisarle y ya con el despunte del día, y la ayuda de varios mecánicos del sector, lograron montarlo a un carro y llevarlo a urgencias al hospital. Por fortuna, no volvió a fracturarse la rodilla, pero sufrió una distensión muscular que lo incapacitó por varias semanas.

Sin prisas, y esperando a recuperarse, Orlando pasa los días en el balcón de su apartamento tomando malta y jugo de algarrobo, que le han dicho que es bueno para el calcio de los huesos. Escucha Latina Stereo a buen timbal y lee lo que se le atraviese, en especial el Q’hubo que le lleva Totono por las mañanas y de donde saca el crucigrama que llena por las tardes. Repasa viejos libros de la Sonora y folletos de música tropical que todavía conserva, y escucha casetes con grabaciones de entrevistas a Leo Marini o Nelson Pinedo y otros con sus narraciones de partidos de fútbol. A los dos en punto, con la hoja carta en la mano, escucha su programa, que envía grabado desde su casa. Por un desliz de la vida, el gran solista matanceromanoloco se ha convertido en su más fiel oyente. Lástima que por ahora no pueda ponerse en pie para entonar su propio himno.