Todo empezó en el año 1998, escribió Gomito en su sitio web, pero la escena que voy a narrar sucedió uno, quizás dos años después, póngale en el 2000, en una terraza de un edificio de tres pisos en Manrique, específicamente en la calle 83 con carrera 42A, donde también había un salón de videojuegos con cuatro Plays, cuatro televisores barrigones y un Ultra 64 en el mismo garaje donde hoy funciona la Droguería Nuevo Siglo.
Cuando no estaba atendiendo el negocio de los Plays, que se mantenía tetiado de muchachitos que pagaban quinientos pesos la media hora, Jaime González, Gomito58, estaba en la terraza de la casa maquillando a los jugadores extranjeros de las películas de fútbol para que se vieran más colombianos.
Los mismos pelaítos que frecuentaban el negocio le dieron la idea: empezaron a pedir que les pusiera “la del Pibe” y después ya solo querían jugar esa.
“La del Pibe” era una película basada en Winning Eleven 3 de Konami que en vez de clubes tenía a las selecciones que jugaron el Mundial del 98: el Pibe versus Ronaldo al alcance de sus dedos. “Y veíamos que los pelaos eran jugando ahí lo más de bueno, lo más de bueno”, recuerda Gomito, y entonces pronto, como es natural, comenzaron a preguntarse por qué si estaban el Pibe y el Tino y el resto del combo del 98 no estaban René Higuita o el Camello Serna, y Jaime tuvo que explicarles que es que esos juegos los hacían en Japón y que los japoneses ni sabían qué era Nacional y mucho menos Medellín: a lo sumo conocían a Colombia y eso que porque había ido al mundial.
“Pero los japoneses dejaron las puertas abiertas”, dice Gomito, lo que significa que el código era lo suficientemente accesible como para que un tipo de treinta años que vivía en Manrique lo pudiera editar.
Claro que eso no lo sabía Gomito cuando los niños le preguntaban si tenía una película con El Poderoso, ni lo sabía el profesor de programación que le dijo que lo que quería hacer era imposible, que cómo se le ocurría, que mejor se dedicara a vender empanadas, ni tampoco los amigos con los que hablaba en la terraza bajo el cielo llenito de estrellas, con Medellín allá al frente, amplia desde Manrique, brillando sobre las montañas; y el Chanfle, el Mello, Turbo —que era el más hábil con los botones de mando—, el Coflán, el Negro, Barcelona, todos ellos le decían que si se había embobado, que era muy difícil crear un juego.
“Sin embargo, yo pensaba”, dice Gomito, “si los japoneses lo hicieron, ¿por qué nosotros no?”.
Las primeras respuestas
Tras indagar aquí y allá sin ningún resultado, Jaime fue al único lugar del mundo donde podría encontrar una respuesta, si es que la había: internet.
Estamos hablando de una búsqueda en Google cuando el internet acaparaba la línea telefónica de la casa y se demoraba eternidades en cargar una página con muchas imágenes. Y estamos hablando de que en esa época Gomito58 ni siquiera tenía computador.
“Un hermano mío que trabajaba en EPM me prestaba el internet. Yo llegaba a las ocho de la mañana a la casa, cuando él estaba saliendo para el trabajo, y me iba a las cinco de la tarde”, recuerda Jaime.
Lo primero que encontró fue una técnica para modificar las memory cards, y eso le dio algo de esperanza. Después supo de una gente que logró mejorar la potencia de las armas que disparaban contra los dinosaurios que invadían el mundo en Dino Crisis, un juego de supervivencia de Capcom que vendió 2,4 millones de copias en 1999.
Y fue por el hack de Dino Crisis que escuchó por primera vez del código hexadecimal: un conjunto de números y letras que, dispuestos de determinada manera, un carácter tras otro, consiguen que en la pantalla Ronaldo pierda la pelota en una gambeta al Pibe, o que Colombia gane una final de un mundial y por goleada, si es que el control está en manos del pelao más teso de la cuadra.
Finalmente, tras meses de leer foros de gente que estaba en las mismas que él, pero en otros lugares del mundo, Gomito58 consiguió su primera modificación: logró cambiar las franjas negras de la camiseta del Juventus por las verdes del Nacional. Y aunque nadie entendió muy bien la naturaleza de su logro —Juane, su hermano, le dijo que qué tan teso, y su mamá lo felicitó sin comprender del todo lo que veía en la pantalla—, Jaime sabía que con ese código las posibilidades eran casi infinitas.