Tomás, Bárbara y Emilia

por JUAN CARLOS ORREGO • Ilustración de Jenny Giraldo

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

La Marquesa de Yolombó, de Tomás Carrasquilla, apareció por entregas en el diario vespertino Colombia, entre junio de 1926 y febrero de 1927. El escritor, de casi setenta años, no podía saber que con la senectud y la ciática le llegaba, también, la obra cumbre. Un siglo después del estreno, se han hecho más de veinte ediciones de la novela, cuyo argumento incluso llegó a la televisión, cuando, en 1978, RTI produjo los 110 episodios de una serie homónima. Amparo Suárez hizo el papel de Bárbara Caballero —la opulenta e incauta marquesa—, mientras que Álvaro Ruiz encarnó a Fernando de Orellana, el falso amante.

Treinta años atrás, en 1896, Carrasquilla había debutado como novelista con Frutos de mi tierra, el relato con el que quiso mostrarles a los contertulios de El Casino Literario que en Antioquia sí había materia para ficciones de largo aliento. Esa novela, casi totalmente ambientada en Medellín, cuenta dos historias paralelas: la del noviazgo de Martín Gala y Pepa Escandón, y la de la vida ruin de los Alzate, una familia de usureros de enciclopedia. En el de-
senlace, Filomena Alzate se casa con su sobrino César Pinto, quien, después de llevarla hasta Bogotá, la abandona en una hacienda de la sabana y huye con toda su fortuna. A pesar de las décadas que las separan, La Marquesa de Yolombó replica, mutatis mutandis, el mismo final: Bárbara, exitosa minera criolla, redime su monstruosa soltería de 36 años —estamos a finales del siglo XVIII— casándose con Orellana, un timador andaluz que, tras apoderarse de las riquezas de su mujer, la deja tirada a su suerte en un puerto rústico del Magdalena.

Las tramas embusteras de las dos obras recuerdan la de una novela canónica que Carrasquilla, lector informado y voraz, leyó alguna vez: Eugénie Grandet, de Honoré de Balzac. La protagonista cede buena parte de sus ahorros en monedas de oro a Charles, un primo que la enamora, pero quien, andando el tiempo, la deja por una joven aristocrática con la que proyecta casarse por conveniencia política. La novela se publicó por entregas entre 1833 y 1834, un cuarto de siglo antes de que naciera el escritor de Santo Domingo, y muy pronto fue aclamada en Europa; tanto, que Dostoievski la tradujo al ruso en 1844, y, de paso, hizo su entrada al mundo de la literatura. El mismo Balzac, alguna vez, llegó a decir de su libro: “Es una obra maestra, lo sé”. Carrasquilla menciona al “tío Grandet” —Félix, un tonelero próspero y avaro, padre de Eugénie— en uno de los “Discos cortos” que publicó en la revista El Bateo, en noviembre de 1922. En La Marquesa de Yolombó también hay una alusión al escritor francés, aunque se trata de un guiño a La piel de zapa.

En la Casa Museo Tomás Carrasquilla, en Santo Domingo, entre los volúmenes que sobreviven de la biblioteca de la Sociedad de El Tercer Piso —cofradía lectora a la que estuvo afiliado el escritor— se cuentan dos ejemplares de Eugénie Grandet. Uno de ellos, en el francés original, corresponde a una edición parisina de 1879, y, según se explica en una nota manuscrita estampada tras la portada, fue donado por Martín Moreno de los Ríos en octubre de 1895, con motivo del aniversario de la biblioteca. Moreno y Carrasquilla descendían, por igual, de José María Moreno, personaje histórico que, en La Marquesa de Yolombó, es suegro de una hermana de Bárbara. Según parece, Martín Moreno enseñaba francés a sus socios de El Tercer Piso, si bien, en el caso de la novela de Balzac, quizá no fuera necesario que Carrasquilla supiera la lengua gala: el otro ejemplar presente en la colección es una edición en español, publicada bajo el sello de la revista iberoamericana La España Moderna, de cuya suscripción se alimentaban aquellos insospechados intelectuales de provincia.

Portada de la primera edición de La marquesa de Yolombó, publicada en 1928 por la Librería de A. J. Cano.

Don Tomás, en todo caso, sí tuvo libros en francés. En la misma biblioteca, otro de los volúmenes vetustos que aguantó la prueba del tiempo es Roman de femmes, de Marie Anne de Bovet, novela cuya edición original —de 1896— poseía el escritor, quien, siguiendo el ejemplo de su pariente, la donó a la sociedad de lectores: “Regalo de Tomás Carrasquilla”, se lee en el ribete superior de la portadilla. Si el escritor leyó el libro o no, y si lo regaló por altruismo o por descarte, es difícil saberlo; lo cierto, sin embargo, es que su contenido era de su interés: Bovet retrató las imposiciones y abusos que la sociedad francesa del siglo XIX infligió a las mujeres, para quienes la vida matrimonial era, apenas, pérdida de la autonomía y degradación de los sentimientos. Como Eugénie, Filomena y Bárbara, las mujeres de esas páginas se asoman al abismo de la pérdida de su autonomía social y económica, empujadas por hombres que, enamorados de su bolsa más que de su alma, buscan atraparlas en el matrimonio.

Ahora bien, todos los caminos conducen a La Marquesa de Yolombó. También los españoles. Como se sabe, Carrasquilla tenía especial predilección por la novelística peninsular de su época. Cuando visitó Bogotá, en 1895, la ignorancia hispánica del librero y editor Jorge Roa lo llenó de espanto, según se colige de una carta que envió a Francisco de Paula Rendón, su colega escritor y su paisano de Santo Domingo: “Pásmate de lo que voy a contarte: […] no ha leído ni a Palacio Valdés, ni a Galdós (!!); de doña Emilia sólo conoce el San Francisco […]. No ha visto La España Moderna, ni sabía de El nuevo teatro crítico, de doña Emilia. Parece que te estuviera mintiendo; pero ‘mi verdá’, ‘mi verdá’, como dice Jesusa Aristizábal”. Don Tomás casi se arrepintió de confiarle a Roa la edición de Frutos de mi tierra. A diferencia del desprevenido librero, Carrasquilla era lector devoto de la narrativa ibérica, especialmente de Pedro Antonio de Alarcón, José María de Pereda, Armando Palacio Valdés, Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán. Dueño de sus culpas, Roa le propuso al antioqueño escribir, para la revista de la librería, una nota crítica sobre la escritora gallega; sin embargo, el visitante se negó por exceso de fervor: “Yo le he dicho decididamente que la cosa ‘me queda muy fundillona’, y que en lo que yo escribiera no hablaría el crítico sino el sectario”.

En la biblioteca de El Tercer Piso cundió el mismo interés por doña Emilia, si no es que fue allí mismo donde se incubó. Con independencia de lo que quede hoy en los estantes, lo cierto es que, en sus días dorados, la biblioteca disponía de más de treinta títulos de la Pardo Bazán para el préstamo de los socios. Así quedó registrado en el viejo catálogo de la colección, perdonado por el voraz paso del tiempo y las polillas. Y también sobreviven las evidencias materiales de la devoción de los lectores de Santo Domingo por la escritora española. En la portadilla del ejemplar de la novela La piedra angular se lee, bajo el título impreso, esta anotación manuscrita: “¡Muy buena!”. La misma caligrafía, redondeada y preciosista, reaparece en la última página, bajo el “FIN” estampado, donde pone: “¡Bravo, Da Emilia!”. Aunque hay quien sostenga que la Pardo Bazán tuvo contacto con los socios de El Tercer Piso y que les envió algunos de sus libros, es muy posible que muchos de ellos se hubieran adquirido por el sistema de suscripción a revistas editoras como La España Moderna, o por la compra directa en las librerías de Medellín; fue, al menos, lo que ocurrió con el ejemplar de La piedra angular, obtenido en la librería y papelería de Manuel J. Álvarez.

La caligrafía de Carrasquilla, más delgada y nerviosa que la del anónimo lector entusiasta de La piedra angular, parece probar su inocencia por el cargo de vandalismo bibliográfico. Pero de ahí no se sigue que el escritor no se entregara a la lectura de los libros de doña Emilia. Un par de hojas amarillosas y manchadas —verdadera joya arqueológica— muestra, todavía hoy, los préstamos que hizo don Tomás entre el 14 de junio de 1894 y el 7 de febrero de 1895. El primero de septiembre retiró Doña Milagros, que había aparecido en España ese mismo año; el 20 de octubre se llevó a casa los ensayos de La cuestión palpitante; el último día del registro prestó la Vida de la Virgen María, de sor María de Jesús de Ágreda, y cuyo prólogo había sido escrito por Pardo Bazán. Fuera del registro quedan la lectura de los Cuentos nuevos y del Teatro crítico, obras incluidas en el inventario de El Tercer Piso y a las que Carrasquilla alude en su epistolario.

Una novela de doña Emilia llama la atención: Insolación, publicada en 1889, y de la que existían dos ejemplares en la biblioteca. Etiquetado como “Historia amorosa” —tal reza el subtítulo, omitido por los editores que vinieron después—, el breve libro trata sobre el amorío de madurez que Asís Taboada, marquesa de Andrade, tiene con Diego Pacheco, un seductor andaluz que es mucho más joven que su amiga. Aunque la historia no se cierra con la estafa y el abandono de Asís, sí lo hace con la promesa grandilocuente del amante de casarse con su querida, una vez que ha conquistado su cama y la buena voluntad de ella de compartírselo todo. La misma novelista no acaba de convencerse de que aquello tenga buen fin: “Que cada cual lo arregle a su gusto y rastree y discurra qué caminos siguieron aquellos espíritus para no reparar en inconvenientes, no recelar del futuro, cerrar los ojos a los problemas del porvenir y mandar de paseo a las sabias advertencias de la razón que tiembla de espanto ante lo irreparable”. Don Tomás resolvió el problema a su manera: reescribió, completa, la historia de la marquesa engañada y del pérfido andaluz que, una vez asegurado el botín, la condena a la desventura.

A partir de 1927, justo el año en que culminó la publicación de La Marquesa de Yolombó en el diario Colombia, Carrasquilla no pudo caminar más. Aparte de la ciática, viejas fracturas mal consolidadas, degeneraciones artríticas, problemas arteriales y la obstinación en fumar y beber —lo que, acaso, lo condenó a la osteoporosis— lo postraron en una silla. Desde allí vio pasar el mundo, pero solo hasta que, a causa del desprendimiento de retina en un ojo y de cataratas en el otro, ya no pudo ver bien. Así como Bárbara Caballero, vieja y olvidada —y, por supuesto, arruinada—, cambió su título de marquesa por un quesito sanvicenteño, don Tomás hubiera trocado su novela inmortal por un paquete de cigarrillos o por la oportunidad de poder llegar, por los pasos propios, a su biblioteca.

 

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