Consumidor final
por FEDERICO ARTEAGA • Ilustración de Mariana Parra
Número 150 Agosto-Septiembre de 2026
Es mejor recordado que sabido que la plazoleta de la Nueva Villa de Aburrá fue construida por el desaparecido Banco Central Hipotecario. El BCH era el guardián de la Unidad de Poder Adquisitivo Constante, o Upac, el Univac de las crisis inmobiliarias.
La plazoleta es un anfiteatro sin relieve a la orilla de la avenida 80. Existen dos clases de negocios en su contorno: los establecimientos de siempre y los locales que no prosperan. Hay dos cajeros, dos estanquillos y una administración que determina los horarios sociales del espacio y las actividades que hacen sostenible su mantenimiento.
Tienen suerte porque La Villa es el foro favorito de todas las generaciones en este lado de Belén. Están las y los sexagenarios que traen sillas plegables y se emborrachan con los amigos de toda la vida discutiendo los temas de siempre. Está la adolescencia gótica y emo (¡Alabado sea El Bajísimo!) yendo de los puestos de salchipapas a los parques en Miravalle, donde opera La Villa after dark: licor, sustancias, moda, pretensión y juventud, bendita y hermosa juventud.
De noche, las familias llevan a sus pequeños a montar en bicicleta, esquivan pícnics y sortean perros sueltos persiguiéndose los anos. Este tránsito nunca colapsa. Hay una benigna indiferencia que se convierte en camaradería entre los asistentes de La Villa, y harto de ella podrían aprender los promotores pagados del civismo oficial. Esta plazoleta privada deja de estar abierta al público a las 11:00 p. m.; los viernes a las nueve arman los toldos para el mercado campesino del sábado en la mañana.
Una de las formas que tiene la administración de mejorar la sostenibilidad del sitio es aprovechar su tráfico nocturno programando actividades que estimulen el comercio local. Si el sábado en la mañana el cilantro está fresco, ¿cuánto más no lo estará la noche del viernes? Con esta lógica seductora se lanzaron los Trasnochones Campesinos, la nueva tendencia que causa furor en los escenarios públicos de la ciudad. Desplazaron a las sillas plegables y recibieron a los compradores que entienden la necesidad de ganarle tiempo al tiempo, que invierten la noche en tareas domésticas como hacer los almuerzos de la semana para no interrumpir durante el día la marcha del progreso.
Los Trasnochones Campesinos fueron hechos pensando en ellos. También en quienes no pueden asomarse a la luz del sol, como los vampiros.
A diferencia de su antecesor cárpato, nuestro vampiro mestizo puede comer otras cosas además de sangre, que sigue siendo su principal sustento. El vampiro latinoamericano camina, compra y cocina. Es seguro encontrarse uno entre las frutas y verduras de un supermercado 24 horas, usando gafas oscuras y apretando aguacates como si fueran piernas muy amadas, separando el perejil liso del cilantro por su olor, pidiendo kilos y kilos de hígado sin tajar. No se miden con el gasto, tienen paciencia con las cajas de autoservicio y traen sus propias bolsas de lona negra (parecen hechas con las velas de los barcos que sus ancestros usaron para venir al trópico).
Hace mucho sabemos que están entre nosotros y que tienen hábitos de consumo. He seguido a un par en el Carulla de El Poblado y nunca salen con menos de medio millón de pesos en mercado para la semana. Sabemos que gastan a dos manos en productos para el pelo, skincare y morcilla española. También sabemos que prefieren el consumo ético porque no se pierden los Trasnochones Campesinos.
Como dije, he seguido a un par para llenar reportes de tendencias, estudios de mercadeo, e infografías de coolhunting. En los Trasnochones Campesinos es donde el vampiro latinoamericano se revela como segmento: demuestra emociones, interactúa con productores/vendedores y relaciona la experiencia comercial con su rutina diaria. Es decir, nocturna.
Compran todas las variedades de miel disponibles. Es un producto animal cuyo sabor es antónimo al de la sangre. La sacan de la gaveta al amanecer y se meten cucharadas enteras a la boca mientras contemplan el ascenso del sol, que no es sino la Tierra inclinándose ante la estrella. Juran que este ritual les garantiza dulces sueños. Los vendedores de miel celebran la confidencia del vampiro latinoamericano entre hipnotizados por su vampirismo y encantados por la venta de sus frascos.
La noche de mi último encargo fue el jueves 4 de diciembre de 2025. Luna llena por supuesto. Un intelectual medellinense exiliado en Santa Elena estaba haciendo y empacando su propia mayonesa de ajo negro, y entre la vampirada de los Carullas 24 horas corrió el rumor de que este ajo negro no era el blanco de Rumania, y, siendo ellos vampiros de otra tierra con sangre de otro olor y color, esta mayonesa de ajo negro era la respuesta química a la prohibición que limitaba la eternidad gastronómica del vampiro latinoamericano.
Vinieron vampiros de otras ciudades a hacer su compra. Una delegación peruana estaba realizando un documental sobre la aventura para la comunidad internacional (el director era Werner Herzog, quien habla español y vive de beber sangre humana).
Este sería el primer Trasnochón Campesino del intelectual. De hecho, sería la primera vez que participaba en algo así, y lo tranquilizaba que fuera en La Villa. Allá lo habían llevado sus papás a montar en la bicicleta que le trajo el Niño Dios. Desde los días del BCH hasta la actualidad, tener una bicicleta es una unidad de poder adquisitivo constante entre los amiguitos de la plaza. Una vuelta en bicicleta se canjeaba entonces por manejar el carro a control remoto. Una vuelta en bicicleta se canjea hoy por pilotear el dron y publicar la foto. Poder adquisitivo constante. Seguramente empezar su venta de mayonesa de ajo negro en este laboratorio comercial de la niñez sería de buena suerte.
Lo fue. Usando métodos vampíricos que no puedo revelar por este medio, la concurrencia escogió un delegado local para recibir la media galleta Tosh con mayonesa negra de ajo y probarla en nombre de los siglos malditos y malgastados sin el sabor del ajo en el aliento, en el corazón. Podría salir mal. El rumor podía ser falso, el delegado podía evaporarse al primer mordisco en una nube de dolor y cenizas sulfurosas que alertarían a sexagenarios, adolescentes y parvulario por igual.
No pasó nada. O sí: el mundo cambió. El delegado local fue transportado de La Villa a un país de sabor ahumado con regusto a estragón, donde el aire era crema, y la única palabra pronunciada era el aliento del ajo consolando cualquier congoja del alma, por vieja o inmortal que fuera el alma o la congoja.
Salió bien para el intelectual medellinense y los vampiros latinoamericanos. El uno vendió todas sus existencias y los otros mejoraron su existencia. El perfil de consumidor que levanté esa noche es una maravilla del marketing moderno, y alcancé a enviarlo por WhatsApp minutos antes de que otra delegación local me interceptara.
Sabían que había seguido un par. Sabían que sabía que el Carulla de El Poblado era su versión de La Villa. Sabían de mi encargo, y sabían que acababa de enviar mi reporte. Entonces me quitaron el teléfono y me invitaron a subirme a un coupé blanco de vidrios polarizados.
Estoy en una de las lomas (El Indio o Las Brujas). El apartamento es moderno y limpio. Puedo hacer lo que quiera si permanezco adentro, pero al tocar las ventanas o las puertas, siento fuego en los ojos de mi madre. Ni mi voz ni mi imagen ni mi señal pueden salir del apartamento. Mi Anfitrión, Melitón IV, está usando un viejo sortilegio que me hace imperceptible al mundo.
Está bien así. Él ha honrado mi cuerpo bebiendo su sangre. Me permite escribir, me deja dictar. Dice que tenemos entre manos el primer perfil de lifestyle del vampiro latinoamericano. Junto con halagarme y mostrarme los paisajes prohibidos de la eternidad, Mi Anfitrión se encarga de editar este escrito, aprobar su tono y reenviarlo a los periódicos y semanarios del valle de Aburrá hasta que alguien le preste atención a todo lo que no ha terminado de pasarme.


