La nave cubrió su primer trayecto entre Nueva York y Jacksonville (Florida) donde esperó que mejoraran las condiciones del clima para continuar hacia Cuba, país al que llegó el 24 de noviembre (los datos del trayecto de Méndez forman parte de la bella reconstrucción que hace Isaías Peña en La extraña carrera entre el poeta y el aviador: José Eustasio Rivera y Benjamín Méndez Rey).
El 29 de noviembre voló hacia Puerto Barrios (Guatemala) en un trayecto que estaría lleno de fallas técnicas: el 30, dirigiéndose hacia Colón (Panamá), se percató de que no tenía combustible suficiente lo que lo obligó a hacer un acuatizaje forzoso en Puerto Cabezas (Nicaragua). Justo después de resolver este problema, el 1 de diciembre, las condiciones del clima dejaron inservibles un ala y un flotador del hidroplano, que terminó siendo rescatado por una lancha en Puerto Limón (Costa Rica). Ese mismo día murió Rivera quien, sin sospecharlo, estaba a punto de revivir la carrera entre el avión y los barcos.
Eran días de viajes, unos por aire, otros por mar. Así lo vivía otro amigo de Rivera que se encontraba de paso por Europa, y al que le habría servido mucho el tiempo de vuelo del zepelín, pero que se embarcó en el vapor Hamburgo, desde esa misma ciudad, el 30 de noviembre de 1928. Por paradojas de la temporalidad, de la noticia no inmediata de aquellos tiempos, conservamos una tarjeta postal, enviada quince días antes de zarpar (tiempo probable de la duración marítima de un correo de la época) en la que le pedía al escritor y viajero José Eustasio Rivera (Tacho, Tachito, el Negro), que saliera al muelle de Nueva York a esperar al remitente, Antonio Martínez Delgado. Transcribo el mensaje de la postal enviada el 14 de noviembre de 1928 desde Oberhausen, con sellos del Reich alemán:
“Oberhausen, nov. 14/28
Carísimo Tacho:
El 30 me embarco en Hamburgo en el vapor del mismo nombre con rumbo a esa tu ciudad -Espero salgas a encontrarme- (…)”.
No sabemos si Martínez Delgado (quien luego sería cónsul de Colombia en Chicago) se enteró de la muerte del poeta estando en altamar (el barco tenía telégrafo), lo que sí es cierto es que ese Hamburgo era, seguramente, el Hamburg American Line (en inglés) o el Hamburg Amerika Linie (en alemán); una rica fuente para entender la migración de Europa hacia Nueva York. Hoy contamos con listas, listas y listas de nombres de migrantes que estaban iniciando su diáspora hacia América en ese vapor. Repito, todos migrantes, pero algunos “emigrantes” y otros “inmigrantes” como lo habían propuesto los delegados de México en la Sexta Conferencia Internacional sobre Emigración e Inmigración del 15 de febrero de 1928 en Cuba, para diferenciar a los que llegaban a trabajar y a los que salían (huían). Una condición más de la dura vida, para contrastar con los “endeudados” presos en la selva amazónica, que no pudiendo huir por el río, o perdidos en la selva, pasaban sus días habitados por la eterna imposibilidad de picurearse. Para ellos buscaban Arturo Cova y Clemente Silva la intervención de algún cónsul en ese otro profundo mundo extranjero de entre ríos y no de ultramar. De ese viaje de estupor, delirios y fiebres, trataba también la novela La Vorágine que iba volando entre Colón y Puerto Cabezas, el día en que Martínez partió de Hamburgo.
Cuando Martínez Delgado llegó al puerto en Nueva York, Velasco lo esperaba en el muelle y el cuerpo de Rivera viajaba ya hacia Colombia a bordo del vapor Sixaola de la United Fruit Company. Alguien podría pensar que esta forma de conectarse a todos los eventos para morir es un arte. Pues ahí iba Tacho, compitiendo con el primer aviador que volaba desde Estados Unidos hasta Colombia, aviador al que él mismo despidió con un discurso apenas un mes después de haber visto llegar al zepelín Graf, y, por si fuera poco, viajando en el vapor de una empresa que quedaría por siempre ligada a la masacre de las bananeras, acto de atroz violencia, que estaba teniendo lugar el mismo día en que el cuerpo del escritor zarpaba en esa nave, de Nueva York hacia Barranquilla: el 5 de diciembre de 1928.
El Sixaola, como lo sabemos gracias a las notas de prensa guardadas por Velasco, navegó desde el puerto estadounidense hacia Kingston, en Jamaica, a donde llegó el 10 de diciembre, para seguir su curso hacia Cristóbal (Panamá). De allí, en fecha que no está marcada, salió para Cartagena a donde llegó el 14 de diciembre, para terminar su viaje marítimo en Barranquilla el 17 de diciembre, en un total de doce días de viaje desde su partida de la ciudad de Nueva York. De esta manera Rivera llegaba primero a Colombia que el aviador. Aunque, faltaba el trayecto hacia Bogotá.
El día 28 de diciembre, luego de casi un mes de espera para reparar el hidroavión, Méndez pudo llegar a Cartagena y pasar al siguiente día por Barranquilla. El 30 acuatizó en Girardot adelantando por seis días la llegada de Rivera a la misma ciudad en un vapor-correo por el Magdalena. Apresurado, el capitán quiso seguir hacia Bogotá para llegar el 1 de enero, pero sufrió un accidente y el Ricaurte (así se llamaba la nave, seguramente bautizada por el escritor) tuvo que ser reemplazado por otro avión en el último tramo de la carrera, por fortuna no “en átomos volando”. Finalmente, llegó a Bogotá el 2 de enero, mientras el cuerpo del autor de La Vorágine arribaría cinco días después, el 7 de enero de 1929.
En el discurso de despedida que Rivera había pronunciado cuando al aviador partió el 23 de noviembre de Nueva York, se imaginaba su llegada a la capital de Colombia. Es un discurso con dos finales distintos. En el primero, más intimista, el poeta ve al avión volar sobre la “multitud aclamadora” como una mariposa de raso que desciende a “nuestro corazón”:
“Y cuando al término de la jornada, revuele su avión sobre la multitud aclamadora como una mariposa de raso, y haga soplar sobre sus cabezas el aire de las alturas, esté seguro de que esa misma onda llegará a nuestros pechos como si el Ricaurte descendiera a nuestro corazón”.
Pero luego tachó esa versión, que se conservó en un papel que Velasco encontró en el bolsillo del frac del escritor luego de su muerte. Parece que era un discurso hecho para ser memorizado, pues los testigos dicen que Rivera lo “improvisó”. En todo caso, en la que parece su versión final transforma el aplauso feliz de quienes observan la maniobra en parte misma del aterrizaje:
“Y cuando al término de la jornada, revuele su avión sobre la multitud aclamadora, y haga soplar sobre sus cabezas el aire de las alturas, esté seguro de que esa misma onda llegará a nuestros pechos como si el Ricaurte fuera descendiendo sobre nuestros brazos”.
Como si la imaginación de los dos finales ameritara un doble vuelo, el aviador Méndez volvió a darse a los aires para acompañar el cuerpo de Rivera en el cortejo fúnebre del 9 de enero de 1929 entre la Catedral Primada de Colombia y el Cementerio Central de Bogotá, esta vez volando con la forma de la versión tachada, sobre su corazón, con trazos de mariposa como los que hiciera Helí Mesa en la arena para contar la historia de la indiecita Mapiripana, “como exvoto propicio a los muertos y a los genios del bosque”.
La muerte repentina de Rivera produjo una sorpresa llena de incredulidad y una sensación de que la vida se acababa antes de tiempo. Fue como la repentina muerte tecnológica del zepelín, que ardió años después sobre los aires de Nueva Jersey, el 6 de mayo de 1937, para luego precipitarse sobre el Lakehurst. Dos trayectorias de una vida efímera.
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Pasada la conmoción, los amigos de Rivera alzaron en grupo y al cielo sus cabezas locas, y alelados oyeron llegar el retrasado viento, para darse cuenta de que los proyectos del escritor (la impresión de su novela, su traducción y su idea de filmar una película) seguían flotando como tres zepelines transatlánticos que se negaban a desaparecer de la vista. No se los podía dejar arder. Porque es muy diferente morirse al vuelo y naufragar.