El 14 de junio de 1983, o sea hace cuarenta años, ocurrió un hecho que cambiaría el rumbo del país a largo plazo. Sin embargo, al día siguiente, solo se robaría la portada de un periódico, la de El Mundo, bajo este titular: “Muerto Alberto Uribe Sierra”. Quien, a continuación, sería identificado así: “Hacendado y ganadero, padre del exalcalde de Medellín Álvaro Uribe Vélez”.

Archivo EL MUNDO.
¿Cómo ocurrió ese hecho? Como escribiría dos días después El Colombiano, “sobre el asesinato de Uribe Sierra se han presentado algunas versiones contradictorias”, por ejemplo, la hora de su muerte: según El Mundo, a las 11:30 a. m. Según El Colombiano, a las 3:30 p. m. Y, según El Tiempo, a las 4:15 p. m. Periódicos que tampoco se pondrían de acuerdo en la hora a la que había arribado Uribe Sierra a su finca, la Hacienda Guacharacas, ubicada entre Cisneros y Maceo, a cien kilómetros de Medellín: para El Mundo y El Colombiano, en la mañana, y para El Tiempo y El Espectador, en la tarde, específicamente, a las cuatro p. m., o sea quince minutos antes de ser borrado del mapa en esa versión capitalina del asunto.
En cualquier caso, Uribe Sierra arribaría a Guacharacas en un helicóptero de su propiedad, un Hughes 500, “de color azul y blanco”, que a veces piloteaba él mismo, aunque, en esa ocasión, estaba al mando su piloto de confianza, el capitán Bernardo Rivera. Junto a ellos iban dos hijos del finado: Santiago y María Isabel Uribe, a quien El Colombiano, erróneamente, denominaría Maritza. A Santiago, de 24 años, tecnólogo agropecuario, ese periódico le atribuiría la administración de la finca. Un posible tercer acompañante, señalaría El Mundo bajo el subtítulo “¡Se salvó!”, no se subió al helicóptero a última hora, se trataba de Felipe Baquero, un amigo de la familia que había olvidado que esa tarde tenía un compromiso inaplazable: “Fue como una corazonada, porque se libró de lo que pasaría antes de dos horas. Y el helicóptero se encumbró sobre el cañón del Valle de Aburrá hacia el norte”.
Antes de aterrizar, Uribe Sierra le hizo una seña al piloto para que sobrevolaran las haciendas de sus amigos, era una tarjeta de presentación que se había vuelto costumbre, además quería pasar revista por la finca San Cipriano, productora de panela, de la cual conservaba el cincuenta por ciento de la propiedad, la otra mitad la había repartido entre varios trabajadores “que pedían reivindicaciones porque pasaban necesidades”. La repartición fue hecha el 7 de junio de 1979, y Uribe Sierra la llamaba “autorreforma agraria”.
El mayordomo de la finca San Cipriano y su ayudante habían sido asesinados en abril de 1983, al parecer por un grupo de las Farc que había sido desplazado del Magdalena Medio y se había tomado la localidad de Providencia. Por ese motivo Uribe Sierra no había vuelto a Guacharacas y tampoco había dejado que lo hiciera su hijo Jaime Alberto, el Pecoso, quien quería ir la semana anterior a la muerte de su padre: “No te vayás a asomar mijo a Guacharacas por nada del mundo, por allá hay guerrilla, es muy peligroso”.
Luego de sobrevolar San Cipriano y las demás haciendas amigas, el helicóptero aterrizó a cien metros de la casa de Guacharacas: “Una vivienda campesina reformada, con sus piezas amplias, sus balcones y sus cuartos para avíos y zurriagos”. Una vez allí, Uribe Sierra se sentó en un banco del corredor principal a desacalorarse y a conversar con Santiago. María Isabel, por su parte, siguió de largo hacia el interior de la casa y el piloto se recostó sobre unos bultos en un granero anexo, “con la intención de pegar los ojos por unos minutos”.
En el itinerario del día estaba volver a Medellín antes de que cayera la tarde, pues a Uribe Sierra ya no le gustaba pasar la noche en Guacharacas, “por temor a la guerrilla que le había enviado boletas varias veces”. Ese itinerario, sin embargo, se vería truncado cuando un grupo de hombres armados ingresó a la finca: “18 guerrilleros de las FARC”, según El Mundo. Y catorce menos para El Colombiano, esto es: “Cuatro hombres jóvenes que resultaron pertenecer al Cuarto Frente de las FARC”.
Sea cual fuere el número, apenas vieron a los invasores, el piloto y dos trabajadores salieron corriendo hacia el interior de la casa, donde estaban María Isabel y Santiago, quedándose afuera, en el corredor principal, Alberto Uribe Sierra y “una empleada del servicio doméstico llamada Fabiola Castaño”.
Uno de los dos trabajadores era Jimmy Adarve, quien le contaría la siguiente secuencia de la película a El Colombiano, ocurrida después de que Uribe Sierra gritara “las Farc, las Farc”, y el piloto le dijera a través de una ventana que no se enfrentara con ellos: “El hacendado esgrimió su pistola de uso personal, apuntó a los insurgentes y sin vacilar disparó, pero no hizo blanco. Entonces dizque uno de los sediciosos le manifestó: ‘Don Alberto, no lo queremos matar. Solo queremos hablar con usted’. Hubo más disparos y fue cuando los sujetos vaciaron sus armas contra el hacendado, quien cayó al piso mortalmente herido”. Versión distinta a la sostenida por El Mundo, El Tiempo y El Espectador, que escribirían que Uribe Sierra disparó para evitar que lo secuestraran, y fiel a su lema “primero muerto que secuestrado”, murió tras recibir dos balazos, uno en la cabeza y otro en el pecho. Tenía 50 años.
En ese momento, Santiago hizo varios disparos desde el segundo piso de la casa, pero al ver que su progenitor no se movía, buscó una salida por la parte trasera y se lanzó a campo abierto sin dejar de gritar: “La policía, la policía”. Esa carrera desesperada terminaría cuando se topó con las aguas del río Nus, las cuales tuvo que atravesar para alcanzar la carretera que comunicaba con el casco urbano de Yolombó y pedir ayuda. Sin embargo, no bien puso un pie en la otra orilla, “los alzados en armas le dispararon en numerosas ocasiones y una de las balas le impactó la espalda y le salió por el pecho, perforándole un pulmón”.
Santiago, por lo tanto, cayó malherido a la orilla del Nus. A su encuentro fueron dos guerrilleros, a quienes les pidió con voz desinflada que no lo mataran, que con ese balazo tenía para perder la vida, “que solo era un comprador de ganado sin vínculos familiares con el hacendado que iban a secuestrar”. Esa negación de la propia sangre, al parecer, convenció a los dos hombres, quienes se dijeron lo siguiente: “Se perdió el viaje”, y lo dejaron en paz.
Minutos después, Santiago se puso en pie, ganó la carretera, hizo autostop, un camión paró y lo transportó hasta la estación Sofía, donde no tenían los medios necesarios para atenderlo. Entonces un agente viajero llamado Octavio García lo subió a su carro y lo llevó al Hospital San Rafael de Yolombó. Allá, pasadas las cinco de la tarde, recibió los primeros auxilios, de parte del médico Jairo Castañeda.
Mientras le practicaban los primeros auxilios, alrededor de las 5:30 p. m., la noticia se comunicó a las autoridades de Medellín: “Santiago Uribe Vélez fue baleado y está mal herido [sic] en el hospital de Yolombó”. De inmediato, le transmitieron el mensaje a Álvaro Uribe y este comenzó la operación para rescatar a su hermano menor. ¿Qué hizo? 1) Pedir prestado el helicóptero más moderno que había en la ciudad, el cual era propiedad de Pablo Escobar, a quien El Mundo identificaría como hacendado y El Tiempo como parlamentario. Y 2) mover influencias en la Aerocivil para que dejaran circular el helicóptero después de las 6:30 p. m., lo cual no estaba permitido por ley.
Ambas cosas las logró concretar en menos de una hora, y así Álvaro Uribe pudo abordar el helicóptero de Pablo Escobar, piloteado por Jaime Sandoval, a las 6:45 p. m., cuando despegó del aeropuerto Olaya Herrera rumbo a Yolombó. El hecho sería narrado por El Mundo del 15 de junio de 1983 de esta forma: “Desde Medellín había salido a las 6:45 un moderno helicóptero, de propiedad de Pablo Escobar, al mando de Jaime Sandoval, con el propósito de traer de urgencia a Santiago a esta ciudad, para ser internado en una clínica. El permiso especial fue otorgado por la Aerocivil, a petición del exdirector de esa dependencia y exalcalde de Medellín, Álvaro Uribe Vélez, por tratarse de un caso de urgencia y porque el aparato está equipado con sofisticados equipos electrónicos y radar”.
Sin embargo, el moderno helicóptero prestado por Pablo Escobar no pudo aterrizar en Yolombó, debido al mal tiempo, razón por la cual tuvo que retornar al Olaya Herrera. Allí, en pleno hangar, apenas Álvaro Uribe pisó tierra, le comunicaron que su progenitor estaba muerto: “Hasta ese momento el exfuncionario solo sabía que su hermano Santiago estaba herido, pero ignoraba la suerte fatal corrida por su padre”.
¿Qué pasó después? Ante el fracaso de la operación para rescatar a Santiago por vía aérea, Álvaro Uribe organizó una por vía terrestre, la cual consistió en dos ambulancias, una de la Cruz Roja y otra de la Defensa Civil, que se dirigieron hacia Yolombó junto a una caravana de carros particulares con familiares y amigos de las víctimas. Estos últimos esperaron en Cisneros mientras las dos ambulancias seguían de largo hasta el Hospital San Rafael, donde recogieron a Santiago. De vuelta en Cisneros, le tuvieron que hacer una transfusión de sangre, “porque estaba muy mal”. Luego lo pasaron de la ambulancia de la Defensa Civil a la de la Cruz Roja y en ella llegó a Medellín alrededor de la tres de la mañana, siendo la última estación de todo ese viacrucis la Clínica Soma, “en la que fue atendido de urgencia y salvado del peligro de muerte”.
El cadáver de Alberto Uribe Sierra, por su parte, llegó a Medellín más entrada la madrugada, después de que le hicieran el levantamiento a las 8:30 p. m., y de que fuera trasladado desde Guacharacas en un vehículo de la firma Arinco, escoltado por otro de la Cuarta Brigada, en el que venían María Isabel Uribe y el capitán Bernardo Rivera, o sea el piloto del helicóptero Hughes 500, de color azul y blanco, en el que comenzaron la fatídica jornada.
Antes del entierro, programado para las cuatro de la tarde en Campos de Paz, y mientras la velación se desarrollaba en la capilla del mismo cementerio, Álvaro Uribe concedió varias entrevistas, por ejemplo, a Caracol Radio y El Tiempo, donde dijo, entre otras cosas, estas líneas: “Quienes tenemos que defender el orden democrático y el estado de derecho requerimos como mínimo igualarnos en forma general a la mística que para destruirnos acompaña a los malhechores… No hay equivalencia entre la eficacia de la acción guerrillera y la limitada eficacia de la acción de las autoridades… Se abandonó la vigilancia en muchas regiones del país y en donde se vigila no hay procedimientos eficaces de lucha antiguerrillera”. Líneas que esbozaban las futuras Convivir.

Archivo EL MUNDO.
Al entierro, según El Mundo, asistieron unas diez mil personas, “entre amigos, familiares, políticos, empresarios, algunos funcionarios del gobierno y hasta varios trabajadores de las fincas del conocido ganadero”. Era tal la multitud que el parqueadero de Campos de Paz colapsó y las filas de carros se extendieron por las carreras 80 y 81 hasta la glorieta de la Avenida Guayabal. El Tránsito envió refuerzos, pero quince guardas azules no fueron suficientes para controlar la situación. También hubo problemas de circulación entre la capilla y la tumba. El féretro, escoltado por un Álvaro Uribe de traje gris y corbata negra, tardó media hora en llegar a su destino tras la misa funeraria. Media hora en la que no dejó de sobrevolar una avioneta que lanzó una lluvia intermitente de claveles rojos y rosas blancas, los colores del Partido Liberal Colombiano, al que era afín el difunto, el cual fue sepultado en medio de aplausos: “Resultaba extraño ese palmoteo en un cementerio. Pero, a Alberto Uribe Sierra, hombre dicharachero y alegre, se le podía hacer hasta una despedida inusual”.

Archivo EL MUNDO.