Es la tercera vez que pincho en lo que va del día. Un gomero al que compro parches y pega me ha explicado que las espinas diminutas que atraviesan mis cubiertas son las mismas que usan las cotorras para fabricar sus nidos. Cuando el viento sacude los árboles, y los enormes nidos comunales se mecen, el camino entero se llena de espinas.
De vientos, y de vientos fuertes como este, saben muy bien los eucaliptos. En lo alto de sus copas creo ver pequeñas expresiones coloridas asomando en esos nidos que se agarran con tenacidad de troncos y ramas. En el ventarrón que hace desaparecer mis guantes y arrastra mis herramientas las pequeñas aves parecen jugar.
Una mujer camina hacia mí.
El viento la empuja un poco, pierde estabilidad. Dice algo, creo que putea porque ha metido un pie en un pozo y se acerca mirando mi pequeño reguero de maletas y herramientas como si se tratara de un desastre aéreo. Tiene unos setenta años, lentes gruesos, ojos azules, y el pelo gris y lacio cayéndole sobre los hombros.
¿Necesitás ayuda?
Moni tiene un hijo que vive en Australia. Me dice que me le parecí a él y que por eso regresó. Se tardó un poco en volver, lo reconoce como con cierta culpa, pero es que los camiones, los muy pelotudos, no la dejaban hacer el giro.
¿Querés que te lleve a alguna parte? Tengo espacio suficiente en el autito.
Moni es profesora jubilada. Trabajó toda su vida enseñando artes en una escuela primaria en Leones. La escucho soltar una sarta de insultos en voz muy queda dirigidos al chofer de un camión que según ella nos ha pasado muy cerca, pero me da la impresión de que ha sido todo lo contrario. Antes de ponerse a trabajar en Melbourne, su hijo recorrió Australia haciendo autostop y vivió en una isla donde había tiburones. Es un aventurero. ¿Cuándo vuelve? Moni tuerce la boca. ¿Volver a Argentina? ¿A qué?
Moni mira en dirección a los campos, entre el maíz. Hay un aviso de prohibido cazar. Caracteres blancos pintados sobre una cubierta de tractor, y una hilera de carteles que publicitan un fungicida de BASF.
Cuando conduces por la ruta, ¿vas a algo de tu trabajo, un familiar?
Sonríe. No. Le gusta conducir y ya. Le gusta andar entre los campos, y también dar aventones a quien lo necesite o ayudar a alguien que se haya varado. Le apena un poco decirlo, pero es que no sabe qué hacer en su casa. Todo la aburre.
En el pueblo su conducción se vuelve aún más cuestionable. Se cruza, invade, no pone laterales y, lo mismo que en la ruta, parece ignorar los carriles. En ningún caso asume la responsabilidad de sus pequeñas infracciones. En cambio, la escucho putear con voz bajita. ¡Ay la concha tuya, al pedo inventaron la luz de giro, hijo de la gran…! ¡Eehhh, cornudo, mirá lo que hacés! ¡Forro!
Moni insiste en que pernocte en su casa. Alega que la noche va a estar fría y que no hay lugares apropiados en el pueblo para tirar la carpa. Está la habitación de Samuel, su hijo. Antonio, su esposo, va a estar de acuerdo.
*
Antonio es bajito, muy bajito, tiene la cabeza redonda y pelada y aspecto de comerciante curtido. Se queda junto a la puerta del garaje mirándome sin decir nada mientras entro y salgo de la camioneta cargado de maletas y bolsas que voy depositando en la vereda. Moni le explica la situación con gran economía de detalles. Antonio la mira sin parpadear, se encoge de hombros y me saluda sin decir mucho.
En la mesa de la cocina, Moni ha dispuesto varios recipientes con queso cortado en cubitos, aceitunas y un salami fuerte y muy aromático que atrae a un gato gordo que se queda quieto y muy cerca. Al parecer Moni se ha hecho una idea aproximada del tamaño de mi apetito y constantemente está instándome a que acabe con todo. Es como un reto. Antonio hace las preguntas de rigor, me advierte sobre los peligros que me esperan en la corrupta Buenos Aires, mira con cierto recelo cómo desaparecen los alimentos de la mesa. Luego viene el tema Rosario, más y más frecuente según me acerco a la célebre ciudad. Las historias de crimen, los narcos, la matazón.
Aparte de la cocina, todo parece dejado un poco al azar y como en medio de algo. Hay cajas apiladas, otras que comienzan a llenarse y cosas dejadas por ahí. Los muros están desnudos casi en su totalidad.
La selección Colombia de fútbol de mayores es un tema que entusiasma a Antonio. Recuerda muy bien al Tren Valencia y a otros jugadores colombianos, todos negros, que pasaron por el fútbol argentino de los noventa. Hay un problema de mentalidad en el fútbol colombiano, sostiene, y en sus jugadores, que Antonio asocia a la tradición esclavista del país. Aún pensamos como esclavos allá, en ese país subdesarrollado y tropical, dice riéndose.
Le cuento que antes que Moni me auxiliara, un ciclista del pueblo se detuvo a ofrecerme ayuda. Le dije que pensaba hacer noche en Leones y trató de disuadirme. Me aseguró que Leones es un caso especial, la gente más mierda y rancia de la región. Todo cambia en el pueblo siguiente y en el anterior, la gente vuelve a ser piola otra vez. Pero en Leones no te van a dar bola, me dijo. Mejor seguí. Puro gringo sojero en ese pueblo de mierda. Se llevan toda la guita. No dejan nada.
Antonio me escucha sonriendo y se toma un momento para responder. En Leones hay dos clubes, me dice. El problema con la gente de un club es que siente envidia de la gente del club al que no puede pertenecer. Habría que ver de qué club es el ciclista aquel para entender sus opiniones. Moni escucha mi referencia al ciclista y su visión de Leones con la mirada puesta en otra parte. La veo quitarse las gafas y limpiarlas y su rostro se tuerce más y más con cada palabra que sale de la boca de Antonio.
Me intriga el nombre del pueblo. ¿Por qué Leones?
Por los pumas, responde Antonio. Cuando construían la estación del ferrocarril junto a la que se fundó el pueblo, 150 años atrás, hubo ataques de pumas hambrientos. Atacaron a los trabajadores que tiraban las vías.
Moni niega. Es por León, un gaucho de apellido León que colaboró con el ejército cuando los indios aún peleaban la tierra. Cuentan que el criollo resguardó en su casa a una cuadrilla de soldados que huía de una emboscada. Los llamados malones indios. Se refiere a un episodio conocido como la batalla de la Cañada de los Leones. Moni es ávida consumidora de información, la obsesionan los mensajes ocultos de la masonería, las genealogías, y duerme en el sofá.
A la mañana siguiente, Moni ha hecho espacio en la sala para que yo pueda terminar de organizar mis cosas. ¿Necesitás comprar algo? ¿Te hace falta algún repuesto? En frente de nosotros hay una pequeña biblioteca que ya comienza a ser vaciada. Resisten algunas plantas y un par de objetos que llaman mi atención.
¿Nunca te animaste a producir arte?
Hace una mueca pequeñita. Dice que no, que los artistas son sus hermanos. A ella siempre le interesó más la enseñanza. Bueno, algunas cosas hizo. Se acerca a la biblioteca y de uno de los estantes inferiores saca una pieza tallada en piedra que pone frente a mí, entre sus manos. Una mujer desnuda, en posición fetal, los ojos cerrados. El objeto permanece unos pocos segundos ahí y regresa al estante, con Moni disculpándose por la inferioridad de su técnica.
Los últimos minutos los pasamos en el patio. Antonio siempre se las arregla para estar cerca y en el patio desaparecemos por un momento de su radar. Caminamos entre una hilera de naranjos bajitos. Hay un bonito lugar para hacer asados, con una parrilla y algunos muebles cubiertos de polvo. Moni lo mira todo con un gesto de resignación. Lamenta el mal estado de las cosas, pero reconoce que ya no tiene sentido limpiar y cuidar. Es un espacio obsoleto.
A Moni no le gusta el viento, le da la espalda, se agacha. Las plantas de su jardín viven duros tiempos. Los ojos azules y agrandados las miran, una mano muy blanca las acaricia. Hace un tiempo comenzaron a construir una nueva casa, Antonio y ella, al otro extremo del pueblo. Una casa más pequeña, con menos cosas que cuidar, que limpiar. Pero por alguna razón nunca está lista. Antonio dice que hay que hacer no sé qué cosa y que tienen que esperar. A los 75 años no queda mucho tiempo, dice. Le molesta esperar.
Moni ahora pasa revista a los naranjos. Retira una rama seca, arranca una enredadera. Es cierto lo que dijo aquel ciclista, la gente en Leones es dura como el orto. Sus hermanos hicieron mejor yéndose a Rosario. Ella no lo hizo, se la jugó en Leones. Toda la vida una lucha, por todo, por cada cosa.
De nuevo el viento.
Me pregunta si no me molesta el olor. Es cierto que hay una especie de tufo desagradable, pero no puedo definirlo. Moni se exaspera.
¿No lo sentís?
Me explica que se trata de la cloaca. El viento sur trae los olores de la cloaca que hay a las afueras del pueblo. Su voz bajita:
La puta que te parió…
Me dice que nos vayamos. No soporta el olor a bosta humana.