Iván, el carpintero, o como él se hace llamar, el tornero, tal vez, termine algún día convertido en forma de aserrín. Qué se necesitaría para armar un pinocho en estos tiempos, tal vez, las medidas del tamaño del muñeco, luego un aglomerado cortado por una tercera persona de Homecenter, irse al taller sin ninguna cateadora y sin una sierra circular, juntar con tornillos de ensamble y sale pa´ pintura. Iván le añadiría al proceso final: esperar que venga el comején, la humedad y se coma al pobre Pinocho. Y si se reúnen los pinochos de estos tiempos con los pinochos de antes, se pelearían de cuál de los dos bandos están hechos de la madera más fina, Iván es un crítico de esto, él atestigua por lo arcaico, por el abarco, el comino, el canelo, lo que ha dejado de existir por la inmediatez en la creación carpintera. Les diría a los nuevos carpinteros, atascados por puro encargo, que les hizo falta jugar con el aserrín volando para entenderlo, aunque, los dos pinochos son de la misma hechura. En la carpintería todo tiende a desaparecer, el tallador de madera, el estilo rococó de los muebles, el acabado, el calado, la plantilla delicada con adornos cuadrados, los carritos de madera, el tiempo dedicado aproximadamente de quince días, la enseñanza con las manos. Iván mira su torno, mientras perfila un pedazo de tronco, de pronto llama a Nelcy, su compañía para lograr los modelos de las puertas, suelta el cigarrillo, tocan madera para evitar el mal presagio del pinocho.