Dije:
—Eladio: vos sabés una oración y me la tenés que enseñar.
De tanto molestarlo Eladio cedió. Se demoró varios días dizque buscando el momento oportuno: no debíamos encontrarnos sino él y yo; a menudo, insistía él en su deseo de enseñármela sin interés especial alguno, apenas por servirme. Sin embargo, a mí me daba que Eladio me estaba carameleando. A ratos me sentía defraudado. Al vernos, él me salía con el mismo cuento.
—Yo sí quiero enseñarte la oración… —repetía, pensativo.
—Ya te comprometiste, Eladio. ¿Hasta cuándo me vas a hacer esperar? —le suplicaba.
—No es eso, hombre. Lo que pasa es que yo quiero dártela sin interés —recalcaba él.
—¿Qué interés? Tú hablas siempre de interés, Eladio.
—Para serte franco: si yo te doy la oración regalada no te sirve. Tú lo sabes: la oración robada es la mejor. Y si uno no logra robársela, entonces, la debe comprar.
—Te la compro, Eladio.
—¿Vo tenés con qué?
—Consigo.
—Bueno, la oración debe pagarse con monedas de que no sean números pares sino nones: uno, dos, tres, siete, once; jamás ni dos, ni ocho, ni veinte… Yo te la vendo por siete reales… Yo no te quisiera cobrar; si no te cobro no te sirve, y encima de eso se me daña… Es la oración de san Jerónimo…
Eran más o menos las siete de la noche. Los dos estábamos sentados en la punta del andén de cemento de mi casa. Oscuro, no distinguíamos a los pasantes, estos sabían de quiénes eran esos dos bulticos acurrucados en la punta del terraplén. Yo no tenía en esos momentos los siete reales. ¡De dónde! Apenas los consiguiera, la oración sería mía.
Daba y requetedaba vueltas a mi cabeza estudiando la forma de obtener esa suma. Mi papá me daba de vez en cuando mis cinco chivos y mi madrina Elisea, al venir al pueblo a hacer el mercado, los sábados, me regalaba mecatos e incluso me deslizaba en la mano una peseta; naturalmente, mi madrina Elisea prefería hacerme regalos, creo no la halagaba mucho darme plata contante y sonante; dizque no era conveniente acostumbrar a los muchachos a manosear plata, el dinero era cosa mala y al fin de cuentas, podía corromper el corazón. El padrino era alguien sagrado escogido por Dios para velar por la pureza del ahijado. Al contrario, debía infundirse asco hacia el dinero, engendro del diablo. ¿Cuánto tardaría reuniendo siete reales? Mi papá no me los ofrecería de un golpe. Mi madrina Elisea me daría hasta más, pero si le decía, por ejemplo, que era para yo comprar una camisa, lo cual yo no me atrevería a proponerle, pues ella sabía que yo no necesitaba una camisa. Solo en caso de ver ella en una tienda una camisa que le gustara como para su ahijado, me la obsequiaba. Por propia iniciativa mía, jamás, sería una afrenta para sus compadres, ¡ni más faltaba!
Me dediqué a inspeccionar minuciosamente la casa, a efectuar con frenesí la cacería de monedas. A cualquier rehendija que brillara, cualquier ínfimo foco de luz, cualquier tapa de botella que dejara asomar el filo plateado le mandaba el zarpazo. Un papelito de color azulado-verdoso semejaba a un billete, llamaba mi atención.
Pensando, ingeniándome la manera de conseguir siete reales, gastaba bultos de energía. Me llegaban instantes de sentirme agotado. Sin embargo, lo veía muy claro en mi mente; costara lo que costara, necesitaba aprender a defenderme, lo cual implicaba ser apto para pelear. Sentado, caminando en cuatro patas, no podía pelear. Tampoco esto quería decir que yo no deseara ser una persona pacífica; al contrario, no pensaba hacer mal a nadie. Pero, desgraciadamente, ser yo el hombre más pacífico del mundo no era suficiente para defenderme. Yo sabía que uno podía verse en un momento dado metido en una trifulca. Tarde o temprano me vería manos a boca con alguno de esos individuos peligrosos, buscapleito, que le buscaban a uno camorra, en cuyo caso ser pacífico no servía más que para exponerse a ser asesinado o a que le perdonaran la vida por mera compasión. Yo no aspiraba a armar peloteras, ni a adquirir fama de matón; tampoco quería verme humillado a causa de que me tuvieran lástima. Únicamente necesitaba sentirme tranquilo, en el mundo, protegido por mí mismo, por mi propia ciencia; considerarme igual a cualquier hombre; más aún, superior. Y ahora se me presentaba la primera oportunidad concreta de prepararme con la ayuda de san Jerónimo. Siete reales; toda una fortuna; suma lo bastante para comprar hasta tres raciones de plátano. Le pedí a Eladio rebajármela. Me respondió con voz sincera:
—Si te la doy barata la oración en ese caso no te sirve para nada y a mí se me daña, pierde su poder. Para que una oración sea buena debe ser conseguida con sacrificio. Por eso lo más aconsejable es robársela. ¡Una oración robada es lo que no hay!