1989
Atlético Nacional gana la Copa Libertadores
Atlético Nacional, campeón de la Libertadores. Fotografía de Henry Agudelo. Archivo Biblioteca Pública Piloto.
América venía de una racha increíble liderada por una legión de estrellas suramericanas, y secundada por la “maldición del Garabato”. Tres finales de Libertadores perdidas en línea. La esquiva gloria llegó con un Nacional que cambió el fútbol colombiano y lo llevó al momento de sus mayores logros y más tristes derrotas.
Todo comenzó en Manizales, en el Cristal Caldas de 1986 que dirigía un joven Francisco Maturana de 37 años. Luis Cubilla y Aníbal Ruíz, que habían sido técnicos de Nacional, lo alentaron a sentarse por primera vez en el banquillo. En el Cristal mostró un juego vistoso que lo clasificó al octogonal. Se comenzaba a hablar del lirismo de Pacho. Ocho meses más tarde ya estaba en Nacional, de Manizales se trajo a Alexis García, Chicho Pérez y Jimmy Arango. La hoguera prendida en el Palogrande se trasladó al camerino del Atanasio. Del Medellín Maturana llevó al Coroncoro Perea y Leonel Álvarez; del América, al Chonto Herrera y del Cúcuta, al Palomo Usuriaga. En la Casa Verde esperaba el combo de pelaos: Higuita, Andrés Escobar, Tréllez, J. J. Galeano.
Maturana tenía las mañas y la profesionalización de Oswaldo Juan Zubeldía que lo había dirigido en el Verde, el aire paternal y la libertad de Marroquín, la presión y la defensa en línea de Cubilla… Y verso, mucho verso. En el 87 Nacional salió cuarto en el torneo perdiendo la posibilidad de ir a la Libertadores en la última fecha del octogonal después de que Galeano y el Beto Sierra fallaran penales en los 90 minutos. En 1988 fue segundo detrás de Millonarios.
El primer partido de la Libertadores fue el 15 de febrero del 89 y se saldó con un 1-1 frente a Millonarios en El Campín. Comenzaba una rivalidad furiosa. Los colombianos formaban cuadrangular frente a los ecuatorianos Deportivo Quito y Emelec. Nacional fue segundo del grupo y recibió en octavos al Racing de Avellaneda que dirigía el Coco Basile y encabezaba Fillol desde el arco. Fue 2-0 en casa y 2-1 para Racing en El Cilindro. Pipe Pérez a los 86 puso el 3-2 a favor de los “puros criollos” en el global. Apenas cuatro años después Pérez fue detenido por el Bloque de Búsqueda de la policía por su relación con el Cartel y en 1996 fue asesinado en el barrio Fátima en Medellín.
Medellín sufría los peores años de la guerra entre el Estado y el Cartel, ese 1989 dio inicio al cuatrienio más sangriento que ha vivido la ciudad: 27 568 personas fueron asesinadas en Medellín entre 1989 y 1993 cuando cayó Escobar. Alexis García, capitán verde durante una década, recuerda lo que le dijo al joven René cuando llegaron al estadio de Racing entre insultos y escupitajos y pilas: “¿Con todo lo que pasa en nuestra ciudad ahora nos vamos a cagar acá?… ¡Nheeeee!”.
En cuartos de final se repitió el duelo de colombianos. La pelea venía cazada desde 1988: jugadores, hinchas y mafias se llevaban la remala. La batalla en el Atanasio se cerró con triunfo 1-0 para el local y la gresca en Bogotá fue empate a un gol. Millonarios alegó un penal claro contra Iguarán que omitió el chileno Hernán Silva. Trelléz puso el 1-1 y en la celebración fue descalabrado con un objeto volador no identificado que cayó desde la tribuna. Maturana se quitaba de encima la paternidad del Chiqui García que le había ganado 10 duelos de 12.
La semifinal frente a Danubio de Uruguay se resolvió fácil con un 0-0 en Montevideo y un baile 6-0 en Medellín. El Palomo marcó cuatro esa tarde en el Atanasio. La 70 se iba a reventar y la ciudad gritaba “matame, verde, matame”.
Final: Nacional vs. Olimpia de Paraguay. Luis Cubilla, el técnico de los paraguayos, había llevado a Maturana a dirigir las inferiores de Nacional en 1983, cuando dirigía al Verde. Alumno vs. maestro. La ida se saldó con derrota 2-0 en Asunción, partido flojo del Verde que tendría que remontar en El Campín, la casa de aquellos. Por reglamento de Conmebol el Atanasio no tenía capacidad suficiente para ser sede de la instancia definitiva, además no había luces por la construcción de las laterales sur y norte. Maturana, que había pensado en Barranquilla como sede, al final eligió a Bogotá pensando en la ventaja de la altura. El partido fue puro nervio, Olimpia pegaba, corría y hacía tiempo. Los primeros 45 se fueron 0-0. A los 40 segundos de la complementaria llegó el autogol del lateral Fidel Miño. El Campín se prendió y a los 64 el Palomo puso el 2-0 de cabeza tras un fallo del arquero Almeida. Llegaba la hora de los sustos.
Se cobraron 18 penales. Nunca había sido tan cierto el lugar común de la final de infarto. René tapaba y sus compañeros erraban: Alexis, Pipe Pérez, Perea y Gildardo fallaron su cobro. Leonel cobró y el país celebró. El narrador barranquillero Edgar Perea lo gritó en la TV: “Colombia campeón de América, Nacional campeón de América”.
Meses después Leonel narró su penal con la frialdad del vencedor: “Arranco, mi cuerpo se frenó y doy un paso de inmediato. Levanto la cabeza, Almeida ya estaba en un palo y pateé al otro lado. Pero donde yo iba a tirar el penal era donde Almeida ya estaba en el suelo”.
Pacho Maturana también dirigía la selección de la “rosca paisa” que tenía 12 jugadores de los “puros criollos” en la convocatoria y marcaba el inicio de una era que nos llevó de nuevo a un mundial. Era tanta la gloria de Pacho que en diciembre de 1990 fue elegido como uno de los setenta miembros de la Asamblea Nacional Constituyente en la lista del recién desmovilizado M-19. Unos meses después, dirigiendo al Real Valladolid, renunciaría a su curul para volver a una silla más brava: la del DT de la selección Colombia.
‘El Palomo’ Usuriaga, campeón de la Libertadores. Fotografía de Henry Agudelo. Archivo Biblioteca Pública Piloto.
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