Número 139 // Mayo 2024

Tres luces sobre metal

Por THIAGO ROSAS A.K.A VENENO
Fotografías por el autor

¡Quietos, quietos!, gritó el policía con una voz que se perdió entre el rumor del río y los chasquidos que producían nuestros pasos en trote por las piedras sueltas de las vías. Chasquidos en recua como pezuñas, respiraciones convulsas, sonido de ropa frotándose contra el viento, suelas de tenis deportivos, sonidos revueltos, mezclados. Seguro estaba apuntando su arma de dotación a alguno de nosotros, pensaba que podría disparar y lo justificaba en el hilo narrativo de su cabeza, al mismo tiempo que nos veía correr. No le iría a pasar nada, rumiaba, porque la escena ameritaba un disparo. Pero no hubo ningún disparo. Desistió, pues sería un problema explicar con detalle los hechos ante la Fiscalía, los cuerpos inertes o los heridos, las latas de aerosol. Sin tiempo para implantar un arma, tejer una coartada. Ya había precedentes. Vio pasar los titulares de los noticieros por sus ojos, se miró en el espejo de la culpa, embalado y entonces, pensé yo, la mente se le hizo un pantanero. Y no accionó su arma por alguna razón que agradezco y desconozco. Siguió con sus gritos: ¡Quietos, gonorreas, quietos o disparo! La voz se desvanecía y nosotros la dejábamos atrás. Había que correr lo más rápido posible, trepar una malla, atravesar un puente abandonado sobre el río y encontrar el roto que abrimos con la cizalla, buscar el carro que nos esperaba. 

Iba de último con la Go-pro en mi pecho, perdí una cámara análoga Olympus en la huida, con unas buenas tomas, pero aún conservaba mi Canon digital en la mano derecha. Saqué unas imágenes que pensé podrían publicarse en algún medio, y la Go-pro grabó juiciosa la escena completa. La entrada a las vías del tren, el movimiento de los aerosoles, las letras que emergían en el costado metálico del tren: BSK Y KRC, los estilos coloridos y bien cortados, estampados en el vagón, precisos. Los minutos de la acción completa ahora en una memoria SD para la posteridad y la gloria de mis amigos, también la mía. En este caldo de imágenes estaba mi cabeza cuando sentí una mano que intentaba agarrarme de la chompa mientras trepaba la malla metálica. Y otra vez la voz. ¡Quietos, perros hijueputas! El policía estaba rojo de la maratón y frisaba mi chaqueta, era chiquito y el uniforme le quedaba muy apretado, parecía un muñeco empacado al vacío con las prendas de uso privativo de la Policía Nacional de Colombia, Dios y Patria. Por alguna razón no logró agarrarme y gritaba como si eso ayudara a estirar sus cortas manitos. Gritos, sonidos de la malla metálica en movimiento, los balines de los aerosoles adentro de los morrales y yo de último, el guardián de las imágenes, por unos cuantos centímetros casi capturado. Sentí un jalón, pero era de Terror, uno de los grafiteros. Caí al puente y reboté contra el pavimento. ¡Vamos, vamos!, me gritaron mis amigos. La Canon cayó a un lado y botó su batería. Logré agarrar el cuerpo y corrí hasta el roto de la reja, volteé unos segundos y vi el policía resignado, un muñequito frustrado. Ya no gritaba. Corrimos las cuadras que nos separaban del carro y nos perdimos entre las calles del norte con una sensación de victoria. Casi, casi nos agarran, dijo Chinaski, pero coronamos. Y hay video y fotos, rematé yo, en la cinco con cincuenta: gol. Empezó a caer una brisa menuda que hizo que el piso y las luces se vieran acuosas, impresionistas. Y celebramos la acción del agua en el momento exacto, en el instante necesario como para disipar la tensión que había quedado en nuestros cuerpos después de la carrera y los golpes. 

***

Dos días atrás había recibido una llamada de un número desconocido. Vamos por el metal, el martes a las 7 p. m., necesitamos que nos acompañe para grabar y hacer unas fotos, dijo la voz que luego reconocí. Era Terror. Más que una invitación el mensaje cargaba una especie de exigencia. Yo podría declinar, decir que no podía, excusas me sobraban, pero sentí que era la posibilidad de entrar a las vías, hacer un registro que pocos se pueden dar el lujo, algo que posiblemente solo tendría un fotógrafo como yo en esta ciudad. Las fotos del metal pintado por dos de las crews más ácidas del país, los famosos BSK, y la cuota local, los KRC, dos combos que ya habían pintado el tren en varias oportunidades y tenían un acumulado de experiencia en materia de accionar sus aerosoles en los vagones.

Los conocí en parches de rap. Primero en esquinas en las que en algún momento alguien empezaba a improvisar sus barras en contra de otras barras y luego los acompañé en los escenarios, en los que cada vez había más gente interesada en lo que decían las letras de sus canciones. Yo soy el fotógrafo de varios de quienes están rompiendo la escena, que seguramente ustedes han escuchado en las emisoras, y que no me voy a poner a explicarles cuáles son, porque ya se sabe. Y si no saben, estaría bueno que averiguaran. Ahí está la información. En fin. Preparé las cámaras, alisté las baterías y dejé listas las memorias, debían estar limpias, sin información que me pudiera delatar, por si algo pasaba. 

Nos reunimos un día antes a planear cada uno de los pasos de la misión. El ingreso a las vías, los tiempos cronometrados, el número de latas de aerosol; tenían contemplados los recorridos de los guardias que vigilan las vías y las ubicaciones de las cámaras de seguridad, un mapa muy preciso de los lugares en los que se podría ingresar con la cizalla para hacer el corte de las rejas, con los minutos precisos de cada desplazamiento. Bocetaron, incluso, un plan alterno por si el primero presentaba fallas. Para mí fue extraño verlos tan concentrados en la misión, parecían otras personas a las que yo estaba acostumbrado. Ahora no se hacían chistes, había una metodología estricta, precisa, que requería de un rictus de seriedad que hasta ahora les desconocía. En otros momentos actuaban tranquilos, no perdían media oportunidad para hacer un chiste y burlarse del prójimo en cada ocasión. En este encuentro eran otros, con algo de un misterio indescifrable en sus gestos, cautos y afilados y una concentración que me hizo acompañarlos en el ritual. Era algo serio, no un juego, que podría tener consecuencias desastrosas, por decir lo menos.

Yo debía cumplir un papel importante dentro del esquema: el de producir archivo, imagen. Generalmente los trenes son borrados, después de ser intervenidos, una vez llegan a las cocheras y por eso pocas veces la mayoría de las personas se dan cuenta de las intervenciones. Este Metro metro ya fue pintado más de cuarenta o cincuenta veces, por eso, me parece, tener un registro de la acción se hace relevante, por el signo que encarna pintar uno de los metales más difíciles de Latinoamérica, por su esquema de seguridad y porque solo tiene dos líneas, además es el único en Colombia. Debía conservar esta memoria canalla. 

Ellos ya habían hecho el trabajo duro, la investigación de los tiempos, el tránsito de los trenes, las rondas de la policía, lo que el tren se demoraba en un espacio muerto, unos minutos, antes de retomar su marcha de nuevo. Yo solo debía entrar con ellos, disparar mi cámara mientras pintaban y escapar con el rosario de imágenes que pudiera capturar de la acción. 

Eran las 6 y 59, no había luz. El cielo estaba encapotado y las lámparas naranjadas eliminaban pobremente sus espacios. Rompimos la malla a un costado de un barrio de invasión por el que cruza la vía del Metrometro. Ingresamos en silencio. Pasamos el puente abandonado y trepamos por la segunda malla. Estábamos en el sistema. Uno de los nuestros estaba adentro de uno de los vagones, accionó la palanca de emergencia, sin que nadie se percatara y detuvo el tren en el espacio que habíamos acordado. Cada segundo de este momento era importante. El plan seguía su marcha. El vagón llevaba bastantes pasajeros, eso no nos intimidó. Ellos sacaron sus aerosoles y yo mi cámara. Teníamos pocos minutos mientras el tren retomaba la marcha. ClickClic, click, click. Saqué fotos con ambas cámaras y dejaba momentos para que la Go-pro bebiera de la luz, los movimientos y los colores. El olor dulce y metálico del aerosol inundó la atmósfera, el gas y las partículas de plomo se expandían en el aire oscuro y colonizaba con sus visos plateados la distancia del largo de las letras, cada una de dos metros. Seis multiplicado por dos: medio vagón pintado. Mientras uno trazaba las líneas, otro rellenaba con dos aerosoles a la vez. Algunos pasajeros se dieron cuenta del ambiente enrarecido de la escena y miraron por la ventana. Nosotros teníamos las caras cubiertas para evitar problemas. Sacaron celulares e intentaron grabar, pero no era fácil por su posición y por la oscuridad. Algunos golpearon las ventanillas, como retándonos y alzaron la voz, que se escuchaba tan solo por hilachas por fuera de los vagones. Las letras emergieron del costado del vagón: BSK-KRC. Plateado el fondo, una línea gruesa y negra de corte y el powerline rojo. Incluso hicieron decorados de estrellas y de puntos. Y un prop para mí: “Neno”. 

Pasaron siete minutos exactos. En ese momento se abrió la puerta de un vagón y un par de tipos se bajaron. Nosotros éramos cinco, entonces los contuvimos mientras nos insultaban. ¡Malparidos, vinieron a dañar el Metrometro! ¡Se ganaron una pela!, rebuznó el otro. Recogimos los aerosoles y logré unas tomas de las piezas terminadas mientras los dos tipos intentaban acercarse, pero, reconociendo su inferioridad numérica, no se atrevían más que a gritarnos, advirtiendo sobre el problema en el que nos metimos, recordaban el símbolo que representaba el Metro metro para los antioqueños que nosotros destruíamos con nuestros garabatos, enfatizaron sobre la paliza que nos esperaba, por vándalos. Otros dos tipos bajaron a las vías y se acercaron, ahora sí, mucho más seguros y decididos. El primer puñetazo lo recibió el estómago de Sharks, pero se repuso y logró esquivar el segundo que iba directo a su quijada. Terror se lanzó y le dio una patada al que se atrevió a mandar el primer golpe. Le conectó el tiro libre en el estómago. Yo intenté intervenir pacíficamente, levanté las manos con mis cámaras y dije: tranquilosTranquilos, a la vez que recibí un golpe en el pecho que hizo que la cámara Olympus volara por los aires. Hubo un revoltijo de insultos y de golpes que iban y venían. Terror, Chinaski, Sharks y Torke contra los cuatro tipos. Yo alcancé a pegarle a un señor gordo de camisa de rayas, por la espalda, se escuchó cómo se revolcaron sus carnes, un chasquido acuoso, y luego un pequeño alarido seco, el tipo se desplomó y quedó de rodillas, quejándose. Intenté buscar la Olympus en medio de la confusión y la penumbra, pero no la encontré por ninguna parte. No la podía perder. Recibí una patada en el abdomen que me dejó sin aire y casi me hace irme de bruces, pero logré reponerme y empujar al tipo que cayó contra el costado recién grafiteado del vagón. El tren cerró sus puertas de pronto y segundos después emprendió la marcha. Los cuatro tipos se quedaron quietos, perplejos. El tren los dejaba después de sacrificarse por el mayor símbolo de la antioqueñidad, quizá un frío traicionero recorrió sus espinas dorsales y se quedaron quietos, quietísimos, como si su papel en la escena perdiera, de repente, cualquier sentido práctico y fueran personajes mal dibujados en medio de un sinsentido. Chinaski nos gritó: Plan b. Corrimos por la vía contraria a la del ingreso. Los tipos se quedaron varados, sin saber qué más hacer. No nos persiguieron, perdieron sus ímpetus vengadores de repente, como si sus ánimos bélicos partieran con el movimiento del tren. Huimos con la adrenalina rebosando. La pelea había agudizado nuestros ya bastante agudizados sentidos. Adentro de otro adentro, una fiesta química en nuestra sangre. La mitad del plan resultó paso a paso, con algún imprevisto, pero con las bombas bien pegadas en la superficie metálica del tren. 

¡Quietos, quietos!, gritó el policía con una voz que se perdía entre el rumor del río. Miré al pequeño tombito, un minipolicía que seguía nuestros pasos, con la cara roja y apuntaba con algo que parecía una pistola pero que no identifiqué por la falta de luz y de tiempo. ¡Quietos, gonorreas, quietos o disparo!, pero no se oyó ningún disparo y nosotros seguimos nuestro avance, raudo, por la noche, entre las mallas metálicas que abrían su boca para dejarnos pasar a través de sus entrañas hasta la salida del sistema.

Celebramos el éxito de la misión. Tomé unas fotos más desde el carro hacia la calle lluviosa y las risas distorsionadas por la velocidad de mis amigos y luego en la casa en la que celebramos con un par de botellas de wiski y recreamos los puños, las patadas, las caras de los tipos y las nuestras. Una sola risa, una alegría chispeante que solo puede sentir un cuerpo después de coronar un tren. 

***

Descargué los archivos en mi computador y vi las imágenes. Parecía mentira, una película inverosímil. La escena de la pelea, la pintada, los golpes que iban y venían, las voces revueltas de insultos y crujidos de piedras, resbalones y, sobre todo, el viento que se coló en le micrófono en medio de las acciones como si acompañara con su cuerpo invisible la misión. Corté, edité, pixelé caras y tatuajes, puse la banda sonora con retazos de canciones de N. Hardem, No Rules, N.W.A y una descarga de la Sonora Ponceña. Edité las fotos y las guardé finalizadas. Sentía el regusto en la boca del trabajo bien hecho. Algunas daban para exposición. Pero sentía que algo me faltaba para cerrar el video, para que las fotos habitaran un ecosistema que yo definiría como completo, pero faltaban unas imágenes que sabía que había capturado, no estaban por ninguna parte. La Olympus, me reclamé. Las fotos análogas. La tenía que recuperar.

Por razones que no vienen al caso comentar, decidí que debía recuperar la cámara solo, sin ayuda de mis amigos. Y grabar la hazaña, también. Ese era el golazo, lo que haría este video distinto a los demás videos de grafiteros que pintan trenes. Si lo conseguía sería parte del performance, y podría armar una mitología distinta de la misión. Recuperar las imágenes perdidas por la pelea. Una mitología personal. 

Ingresé a la media noche por otro de los rotos del plan inicial. Sabía que la seguridad del Metrometro, después de cada acción, se incrementaba, pues le mostraba sus puntos débiles al sistema, por lo que debía extremar mi cuidado. Lo más probable es que pusieran un nuevo equipo a vigilar la entrada por la que accedimos. Caminé entre los pedruscos y las líneas oxidadas. A esta hora no había servicio comercial. Encontré uno de los trenes parqueados, lo que me permitía no ser visto desde el costado más iluminado cercano a una estación. Empecé a hurgar con una linterna, sin mucho éxito. Me sentí ridículo. Era absurdo que pudiera encontrar algo tan pequeño, que podría estar en cualquier parte, o que incluso, podría estar en las manos de la Policía, analizado como material probatorio para buscar a los culpables del vandalismo de la semana anterior. Caminé por el perímetro peinando cada posible lugar, pero no daba con la cámara. 

Me aferraba a una pequeña esperanza, era posible que la Olympus siguiera allí, cerca del lugar en el que había caído por el golpe del vengador de la limpieza. Las imágenes me esperaban, querían decirme algo, o sentía una fuerza gravitacional, quizá irracional, que me atraía a ese núcleo irremediable y peligroso. El corazón se me empezó a acelerar, escuchaba el latido en mis cienessienes, en la garganta.

Percibí una presencial detrás de mí, me agaché, y repté hasta quedar justo debajo del vagón, cerca de sus ruedas metálicas. La policía, pensé, pero no había nadie. Sentí otra presencia detrás de mí, debajo del vagón. No había nadie. Debían ser los nervios, me dije. Me quedé lo más quieto posible, pensé que me faltaba poco para ser capturado por la policía o los guardias de la estación. Respiré varias veces hasta calmarme. Vi una lucecita que empezó a titilar, mucho más grande que una luciérnaga, una especie de bola de billar que flotaba, luego apareció otra, del mismo tamaño y juntas empezaron a girar en un punto específico, luego emergió otra. Eran tres bolitas flotando en un punto fijo a un lado de las vías, cerca de las mallas que sirven de frontera. Por alguna razón pensé en Shuk, en Suber, en Skill. Me sentí acompañado por tres presencias que me indicaban el camino. Salí de debajo del vagón y caminé hasta las luces, sin miedo. Ahí estaba la cámara, intacta. La Olympus entera. Las tres luces desaparecieron al instante.

Sentí ganas de llorar, pero en vez de eso emprendí el rumbo al roto de la malla, para salir de las vías, hacia la autopista. Me sentí acompañado en cada uno de los pasos, casi invisible. Llevaba conmigo las fotos, las tres luces debían estar ahí, en la nueva toma. Ahora podría cantar victoria, pero no era el momento para celebrar. Caminé por las calles vacías, sin pensar en un rumbo claro, con la cámara en la mano, cavilé en las posibles imágenes que contenía y que llegaría a revelar toda la noche para verlas en la mañana. Y entender bien, si lo podríapudiera llamar así, lo que acababa de ocurrir.